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Viernes , 22.06.2018 / 17:17 Hoy

Un cristiano no puede ser antisemita: Jean Meyer

En su obra más reciente, el historiador relata los esfuerzos del judaísmo y el catolicismo por acercarse, algo que rindió fruto hasta la década de los sesenta.

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Jesús Alejo Santiago

Los orígenes de uno de los más recientes libros de Jean Meyer, Estrella y cruz: la conciliación judeo-cristiana, 1926-1965 (Taurus, 2016), están en su trabajo como historiador y en su pasado familiar, porque el volumen está centrado en Jules Isaac, un historiador francés con el que los padres de Meyer tuvieron una relación de amistad.

“Como historiador y como cristiano me sentí comprometido en dar un testimonio porque mis padres, católicos ellos, conocieron a Jules Isaac, cuyos libros de historia universal y de historia de Francia fueron libros de texto en secundaria y preparatoria.

“Resulta que este señor, francés por los cuatro costados, veterano de la Primera Guerra Mundial, condecorado y todo, era judío, lo que en la Francia republicana no representaba nada; pero cuando la Alemania nazi derrotó a Francia hubo un gobierno colaboracionista del régimen nazi e implantó un régimen antisemita, lo que hizo de los judíos franceses ciudadanos de segunda o de tercera”.

Así comenzó una historia que pareciera ser de novela: Isaac era alto funcionario francés en la Secretaría de Educación, pero el gobierno colaboracionista decretó que los judíos no podían estar en la función pública, y los judíos extranjeros refugiados en Francia fueron entregados a Alemania.

“Incluso arrestó y deportó a ciudadanos franceses, como fue el caso de la esposa y de algunos hijos de Isaac, quien sobrevivió de puro milagro, porque cuando la policía francesa arrestó a su familia, él había bajado al pueblo al peluquero.

“Al regresar a su casa se quiso entregar, pero por la burocracia alemana ya iban a cerrar el lugar en el que estaban, y entre el sábado
y el domingo lo convencieron de que no tenía caso entregarse, que podía ayudar a su familia libre, no encarcelado”.

Aunque pertenecía a una familia de judíos agnósticos no practicantes, como muchos judíos franceses, se dio cuenta del antisemitismo en toda su atrocidad, al grado de que se enteró de la muerte de su esposa y de su hija al final de la Segunda Guerra Mundial porque tenía la esperanza de volverlas a ver.

“Fue cuando decidió, como historiador, como ciudadano francés y como judío, luchar en contra del antisemitismo a partir de la búsqueda de su origen. Descubrió que hay muchas formas de antisemitismo, pero que hay uno que se puede curar por una autoridad superior: la Iglesia católica.

“Se puede enseñar a los católicos —con los protestantes es más difícil porque hay muchas iglesias— que un cristiano no puede ser antisemita porque es como dispararse en la pierna: Cristo nació judío, en una familia judía, su madre fue judía y los apóstoles fueron judíos”.

DIÁLOGO HONESTO

Meyer cuenta en el libro: los esfuerzos de Isaac por lograr una mayor comprensión sobre el tema, para lo cual logró entrevistarse con Pío XII y Juan XXIII. Éste incluso le encargó al Concilio Vaticano Segundo resolver el problema.

“Por eso, el libro termina en 1965, cuando se publica la declaración sobre las religiones no cristianas, con un capítulo breve dedicado a los judíos, pero contundente, donde se dice que el cristianismo tiene sus raíces en Israel y en el Antiguo Testamento, por lo que un cristiano no puede ser antisemita”.

Pero el historiador también hace una reflexión sobre las diferentes formas del antisemitismo, aunque su interés primordial estaba en tratar la única raíz que se puede cortar: la cristiana, “porque el antisemitismo racista o el político son difíciles de borrar”.

“El antijudaísmo de los árabes está ligado a los problemas entre Palestina e Israel, que es el antisemitismo político; luego hay un antisemitismo popular, medio delirante, donde corren los rumores de que los judíos están detrás de todo y controlan todo: la Bolsa y a Hollywood, o que el comunismo también fue a causa de los judíos”.

Para Meyer es muy importante voltear a esa reflexión, porque recupera los esfuerzos de un grupo de cristianos que, influidos por Jules Isaac —quien estimuló la labor intelectual de “esos franceses, muchos anónimos, gente del pueblo, pero también de la elite, intelectuales y religiosos—, dieron la vida para salvar judíos durante la Segunda Guerra Mundial”.

“Este es un libro positivo, no sé si optimista, porque por vez primera se dio un paso para establecer un diálogo honesto, que no significa renunciar a las creencias, que se puede discutir y pelear, pero hay un diálogo, al grado de que en la actualidad hay historiadores judíos que ya hablan de responsabilidades compartidas. Por eso hablo de conciliación, no de reconciliación”, concluye Meyer.

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