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Martes , 19.06.2018 / 05:08 Hoy

Un conjuro

Basada en la novela de la danesa Janne Teller, Nada confronta al espectador con sus demonios e incertidumbres


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Alegría Martínez

Cuando tres mujeres y tres hombres de alrededor de los 12 y 13 años vuelven al colegio después de sus vacaciones, Pedro, uno de ellos, decide subir a un árbol convencido de que todo carece de sentido. Desde ahí grita constantemente su verdad, lo que irrita a sus compañeros, que se vuelcan en una búsqueda de elementos cargados de significado para demostrarle que no tiene razón.

El lado con mayor altura de una rampa es el frente del escenario; su declive natural continúa hacia el fondo. El espectador necesita mirar hacia arriba y los actores conseguir el equilibrio propio y el de sus personajes. Se percibe la aparición de un abismo por encima del ruido que los jóvenes hacen con su boca al semejar el motor de un carro de juguete en una mini carretera imaginaria. La obra se titula Nada.

Basada en la novela de la danesa Janne Teller, escrita en el año 2000, prohibida inicialmente en algunos países y posteriormente publicada en 25 idiomas, la obra es adaptada por Bárbara Perrín Rivemar para su puesta en escena, que dirige la también actriz y maestra Mariana Giménez.

Sobre el escenario vacío de objetos, los actores crean a sus jóvenes personajes, entregados a encontrar lo que es más importante para cada uno. Enganchados por completo a la voz y las sentencias de Pedro, que por más desalentadoras que se escuchen tienen sentido, a los pies de estos jóvenes se abre una especie de caída libre en la que cada paso los lleva más lejos.

Eduardo Abraham, Lila Avilés, Andrea Riera, Lucía Uribe y Leonardo Zamudio, crean una ficción estremecedora que conduce al espectador de un asombro a otro mayor por la calidad y cantidad de retos permeados de venganza que sus personajes exigen al personaje siguiente.

Aunque con pequeñas gotas de humor ácido y alguna de ternura, los personajes de Nada generan una extensa montaña de crueldad, en la que no hay objeto ni posesión, por valiosos que sean, que no merezcan ser sacrificados.

Los personajes llegan al extremo. El grupo, al que se adhieren más chicos, genera una especie de micro sociedad en la que crecen como monstruos el fanatismo, la indolencia, el espejismo de la fama y la notoriedad, la vacuidad, la falta de ética y la violencia. La toma de conciencia llega, en algunos casos, cuando lo hecho ha marcado de distinta forma la vida de cada uno y entonces la voz de Pedro se alza de nuevo con manchas de verdad.

La dirección de Mariana Giménez conduce a los jóvenes actores por un camino en el que cada uno debe echar mano del asombro adolescente, del temor y la osadía, de una fuerza que les permita la transgresión para avanzar en el objetivo grupal, meta que se consigue, aunque la necesidad de que algunos actores representen a gran velocidad más de un personaje genera instantes fársicos durante el tránsito por una situación trágica.

Con escenografía e iluminación de Patricia Gutiérrez Arriaga, creadora de diversos espacios y atmósferas, la directora logra, a partir del trabajo actoral, que el espectador perciba la densidad de las ofrendas exigidas y lo que padecen estos personajes a través de un registro amplio de emociones en breve tiempo.

El cuerpo, la expresión, la voz, son los vehículos de estos jóvenes actores para crear un universo aterrador. La energía, los movimientos raudos, la narración de lo que les aqueja, observan y viven sus personajes, es parte de un bombardeo de estímulos que viajan del escenario hacia el patio de butacas, para estallar en el espacio oscuro.

Quedan inquietudes en el aire, como esas briznas que apenas se ven a contraluz y que algún joven espectador, de la edad de los personajes, alcanza a externar como: por qué ningún personaje desistió de todo aquello, por qué no se acercó a su padre o a un adulto; cómo tuvieron los chicos todo ese tiempo sin que nadie se percatara de lo que hacían; por qué no cesaban los gritos. Es válido. Los signos de interrogación se yerguen con un filo de luz, que al parecer es lo que se espera de Nada: una especie de conjuro ante ese reflejo.

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