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Viernes , 20.07.2018 / 21:30 Hoy

Un caso difícil de resolver

Todos los habitantes masculinos están condenados, cargan la fatalidad, poseen una cualidad desgraciada pero irrisoria, casi esperpéntica.

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Jorge Gallardo de la Peña

El autor de la película y serie El pequeño Quinquin se regodea en los géneros dramáticos, juega con el humor negro, la comedia y hace hilarante hincapié en el absurdo; se complace en divertirse sin cuartel y en muchos momentos nos transmite su juego lúdico para sorprendernos y establecer que también se trata de una sátira bien ejecutada.

No sé qué tanto pueda funcionar como serie de televisión a la manera tradicional, como enganchan True Detective o Breaking Bad, pero puedo asegurar que como película se sostiene porque los acontecimientos son una payasada constante, fraguados con golpes de efecto que nos mantienen alerta —las buenas payasadas merecen un aplauso, como dijo Orson Welles de Chaplin—; buenos ejemplos de ello son las vacas asesinadas que tienen en su interior pedazos de cuerpos humanos que después se relacionan con un caso de infidelidad; la aparición estrambótica, surrealista de un niño disfrazado de hombre araña que trata de sujetarse a la pared para caer irremediablemente al suelo, hasta que en su último intento, para sorpresa nuestra, lo logra y después desaparece sin dejar rastro, o el funeral donde los clérigos juegan a hincarse y levantarse en una actitud irrespetuosamente divertida ante los rostros de los dolientes que escurren lágrimas.

La acción se desarrolla en un pueblo francés donde la campiña, vasta pero hermosa, se convierte en el universo; todos los habitantes masculinos están condenados, cargan la fatalidad, poseen una cualidad desgraciada pero irrisoria, casi esperpéntica: el labio leporino del personaje principal, los tics faciales del comandante que se convierten en un mapa de gestualidad, un enfermo mental que funciona como premonición a la violencia y la torpeza del teniente desdentado que hace un ridículo sutil. Todo ello los hace antinaturales y los transforma en demonios.

La historia nos atrapa con la única idea de exigirle al autor que continúe en el mismo tono hasta el infinito, pues los acontecimientos se desarrollan en una sola vista; imposible imaginarse un descanso y queremos que la acción siga retribuyendo a las emociones.

El pequeño Quinquin se pensó como una serie dividida en cuatro capítulos porque son 200 minutos. Como película cumple por el sinfín de ganchos que nos van amarrando para concluir exactamente como el comandante de los tics: “Jamás había tenido un caso tan difícil de resolver”.

La película serie continúa exhibiéndose en la sala 4 de la Cineteca Nacional. ¡Véala! Sus problemas dejarán de existir.

“El pequeño Quinquin” (Francia, 2014), dirigida por Bruno Dumont, con Alane Delhaye y Lucy Caron.

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