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Jueves , 18.10.2018 / 17:48 Hoy

Un absurdo insoportable

Rebeca Alba recuerda imágenes, sonidos, olores y una insoportable sensación que le congeló las emociones tras el sismo, pero no se desmoronó.

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—Mi historia del terremoto es aburrida: me agarró dormida.

Rebeca Alba —32 años— es una mujer nocturna con la arraigada rutina de cerrarse con algodones los oídos para tomar largas siestas al mediodía.

—Desperté hacia el final del movimiento. En mi cuarto se cayó un librero. La ventana estaba abierta. Escuché gritos. Salí a Tlaxcala (su calle en la Roma Norte) y corrí. Vi Obregón 286 destruido.

Rebeca Alba se instaló en un hostal en el Centro y cada tarde caminó hasta la Condesa para manejar la parrilla de una fonda ambulante que los vecinos instalaron en Ámsterdam con el propósito de dar comida gratis a los rescatistas.

—El humo y la carne; topos hambrientos que comen con el casco puesto y el polvo en las manos; los helicópteros y la lluvia…

De esos días —que no sabría decir cuántos fueron (¿7, 8, 10?)—, Rebeca Alba recuerda imágenes, sonidos, olores y una insoportable sensación de absurdo que le congeló las emociones y le permitió estar ahí, en medio de caos, útil frente a su parrilla, sin desmoronarse. El desmoronamiento vino después, ya en octubre, cuando se desmontó la fonda ambulante y bajo los escombros de Ámsterdam el censor térmico dejó de insinuar la esperanza de encontrar vida. Entonces, Rebeca Alba regresó a su departamento en el cuarto piso de un edificio de seis —construido en 1999— que resistió sin daños. Recogió el librero que el terremoto tiró en su cuarto.

—A eso se limitó la destrucción física en mi hogar: libros desparramados y un reloj roto.

Rebeca Alba retomó su trabajo —publicista independiente— y sus rutinas —incluida la siesta de mediodía—.

—Mamá (viuda de 58 que vive en Mérida) me llamaba constantemente, pero no pude tranquilizarla. Me faltaba el espíritu y la entereza.

Rebeca Alba se volvió hostil y monosilábica hacia su madre. Durante una conversación especialmente álgida, su madre lloró y ella la escuchó llorar por el teléfono sin inmutarse: permaneció en silencio, rígida e impasible

—Me aterró descubrirme insensible, casi cínica.

Una mañana Rebeca Alba leyó la historia de una joven embarazada que murió bajo los escombros de Obregón 286.

—De pronto el dolor me derribó.

Una mujer no puede morir de un instante a otro bajo las ruinas de lo que alguna vez fue su casa. Rebeca Alba se repite la frase a sí misma, en voz baja, una y otra vez: Una mujer no puede morir de un instante a otro bajo las ruinas de lo que alguna vez fue su casa.

—Y no he podido superarlo porque es un dolor que no tiene sentido. Un dolor insoportablemente absurdo.

Rebeca Alba, a un mes del terremoto, es una mujer demasiado triste y demasiado cansada.

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