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Domingo , 27.05.2018 / 11:03 Hoy

Tropa de hermanos

Toscanadas

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David Toscana

Hay novelas sobre la Primera Guerra Mundial que nos hablan del heroísmo y la solidaridad de los hombres que están en las trincheras, y de cuán lejos se hallan de las intrigas, mentiras e intereses de sus líderes políticos y militares. Tenemos, por ejemplo, Sin novedad en el frente, de Erich Maria Remarque; Bajo fuego, de Henri Barbusse; Hombres en guerra, de Andreas Latzko; y Los generales mueren en la cama, de Charles Yale Harrison.

Los soldados en la novela de Harrison cantan un estribillo que dice: “Ah, los generales se la pasan muy bien, a ochenta kilómetros del frente”. Y solo cuando no hay riesgo, aparece uno de ellos para ver si las botas de los combatientes están bien lustradas. Con tales actos de presencia los jefes fingen que comparten los gajes de la guerra con sus subordinados. Y una vez que se quedan solos, los soldados hablan entre sí: “Tiene cincuenta medallas”. “Sí, pero nunca moriría en una mugrosa trinchera como Brownie y los otros”. “Claro que no. Los generales mueren en cama”. Y al final uno agrega con ironía: “¿Qué sería de nosotros sin los generales?”.

El narrador de Remarque, desilusionado, pero con determinación dice: “Lo más importante fue, sin embargo, que se despertó en nosotros un vigoroso sentimiento de solidaridad práctica que más tarde, en campaña, se desarrolló hasta convertirse en lo único bueno que la guerra produce: la camaradería”.

Y esa camaradería se nota sobre todo con los esfuerzos heroicos que realizan para rescatar a los heridos, así sean moribundos, así haya que echárselos a cuestas por largas cuestas y acabar cargando un cadáver al estilo de “No oyes ladrar los perros”.

También en la novela de Barbusse se presenta ese nosotros-soldados que antagoniza con el ellos-jefes, al punto de que en las trincheras se le pierde el respeto a los supuestos líderes. En plena temporada de aguaceros, el general prohíbe el uso de capuchas impermeables. “Yo hago oídos sordos”, responde un encapuchado. “En todo caso que el general ordene que se detenga la lluvia”.

Latzko es el que tiene palabras más duras contra los jefes militares y políticos y contra la prensa que los adula. El lector percibe su mofa cuando un jefe máximo justifica su lejanía del frente de batalla ante un periodista: “Ningún general se atrevería a emplear la severidad necesaria para dirigir una guerra si tuviese que atestiguar toda la miseria de las batallas”. Y el periodista sin criterio lo toma como palabras sabias y humanas, lejos de una declaración de cobardía.

Muy distinto es el Enrique V de Shakespeare. Él dice: “¡Por Júpiter! No codicio el oro. Pero si es pecado codiciar el honor, soy la más perversa de las almas vivas”.

“El que no tenga estómago para esta lucha, que se vaya; se le dará salvoconducto y hasta monedas para el viaje. No moriremos en compañía de quien teme morir con nosotros”.

Enrique V es un rey, es un general, pero también un soldado más. Por eso puede usar el “nosotros” sin empacho: “We few, we happy few, we band of brothers”. Por eso puede dar la cara delante de sus soldados. Por eso los soldados lo respetan y lo aceptan como líder.

Mas ay de aquellos que pierden la cara en tiempos de calma, pues a la hora de la tormenta serán escupidos. Suya será la vergüenza; el honor, de los soldados.

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