Chet Baker: el dulce sonido de la languidez

Sin soslayar su cautivante forma de cantar, debe destacarse su legado como trompetista, con un estilo que contribuyó a dar vida al jazz de la Costa Oeste.
Antología preparada por Marcelo Montolivo.
Antología preparada por Marcelo Montolivo. (Especial)

México

Hablar del trompetista y cantante Chet Baker es enfrentarse con una leyenda que lo acompaña aun después de su muerte. En las primeras horas de la mañana del 13 de mayo de 1988 su cuerpo inerte fue encontrado metros abajo de una ventana por la que había caído. Las causas del accidente (o suicidio) nunca fueron aclaradas, y sus seguidores lloraron la pérdida de un músico que creó un estremecedor soundtrack para una vida atormentada (y atormentadora para quienes lo rodeaban).

Su estilo vocal, susurrante e intimista, figura inevitablemente en casi todas las antologías que sobre él se han editado y que, en su mayoría, son identificables con la existencia de un hombre que pretendió quemar su vida demasiado rápido —si bien llegó a vivir 59 años—. Sin soslayar su cautivante forma de cantar, debe destacarse su legado como trompetista, con un estilo que contribuyó a dar vida al jazz de la Costa Oeste y un ardoroso estilo en las baladas.

Con tantas grabaciones en el mercado, resulta difícil pensar en encontrar un álbum de Chet Baker para iniciar a las nuevas generaciones en su música. Una muy buena solución es The Hidden World of Chet Baker (Music Brokers/Sonny Music, 2016), antología de tres discos preparada por Marcelo Montolivo.

Aquí se le puede escuchar en varias facetas de su carrera, tanto sus colaboraciones con el saxofonista Stan Getz, como con el pianista Russ Freeman y el saxofonista Charlie Parker. También se incluyen varias piezas con el cuarteto que incluía al saxofonista barítono Gerry Mulligan —una de las duplas más increíbles de la historia del jazz— y su big band. El tercer disco incluye un concierto en Bolonia de 1962, que recoge la atmósfera que el trompetista lograba crear en vivo.

Si a lo largo de su vida Baker se caracterizó por un espíritu autodestructivo, al momento de tocar otorgaba a la música un sentido esperanzador, aunque no dejaba de tener sus momentos de creatividad lacerante. Un sabor agridulce rodearía sus últimas grabaciones, cuando la devastación física no impedía que su genio siguiera saliendo a flote.

Meses antes de morir, el trompetista explicaba lo que experimentaba en el momento de estar sobre el escenario: “Toco todas las noches como si fuera la última. Así ha sido todos estos años. No tengo mucho tiempo de vida, y es importante que muestre a los músicos con los que toco —más que a nadie—, que doy todo lo que tengo. Y que espero que ellos hagan lo mismo. La música viene de dentro y sucede gracias a los músicos con los que toco. Me encanta tocar y creo que esa es la única razón por la que he sido traído al mundo”.