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Tres escenas chilangas

Toscanadas.

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Primera escena: fui a renovar mi credencial de elector en una lamentable sucursal del IFE en Tlalpan. Las filas salían hasta la calle. El edificio estaba sucio, deteriorado, no respondía a un diseño necesario para hacer cómoda la espera. Ahí sostuve esta conversación con uno de los empleados:

—¿Por qué no avanza la fila?

— Es que solo tenemos una persona para buscar y entregar las credenciales.

—¿Y por qué no ponen otra?

— Ahí hay un buzón para que se lo pregunte al IFE.

Segunda escena: ya con mi credencial fui a Coyoacán. Estoy comiendo un tamal oaxaqueño en la plaza. Se acerca un joven con una caja de cartón.

— Soy estudiante de Ingeniería Química y hago estos jabones para ayudarme con los estudios.

Veo los jabones de distintas formas y colores. No compro ninguno.

Pero ahí en la banca de la plaza me puse a pensar. Si el empleado del IFE no me hubiese enviado al buzón, y en vez me hubiese dado otra explicación; si hubiese notado desde hace mucho tiempo que el sistema de trabajo es ineficiente; si en vez de excusa hubiese buscado una solución, entonces ese hombre un día sería el jefe de la oficina, otro día sería el jefe de sección, llegaría a ser director de servicios al público del IFE y quizás algo más. Pero no. Dentro de diez años, cuando renueve mi credencial, me lo encontraré en el mismo escritorio dando las mismas excusas en una oficina todavía más deteriorada.

También pensé que si el estudiante de Química me hubiese hablado de las bondades de sus productos, de por qué son mucho mejores que una pastilla suave cual crema limpiadora en forma de jabón, si me hubiese hablado de su composición e incluso me hubiese contado una mentira como “las mujeres se sienten irresistiblemente atraídas por el aroma”, entonces le habría comprado al menos uno.

Concluí lo que ya se sabe: una gran mayoría de mexicanos no tiene ganas de comerse el mundo. Recordé aquel cuento de Chéjov que se titula “Poquita cosa”. Mentira que el país esté para niños Gates. Claro que alguien puede acumular una fortuna mayúscula, pero no a través de la innovación, sino mediante otras mañas; o sea, criamos niños Slim Fast.

Tercera escena: me pasé a la librería Educal. Un guardia me dice que deje mi mochila y señala una ventana.

—¿No me da la presunción de inocencia?

— Yo no sé si vienes a robar libros.

— Venía a comprarlos, pero mejor me voy a Gandhi.

El guardia, entonces, sale sobrando, pues no vigila sino que controla. En Gandhi sí me dejan entrar con mochila y yo, agradecido, compro un montón de libros.

Los defeños entregan en diversos negocios sus mochilas, bolsas y credenciales sin chistar; se extrañan de que yo me indigne y prefiera salir. Ya se acostumbraron a que los traten como ladrones. Tal como los viajeros nos acostumbramos a que nos traten como terroristas.

Pero mis escenas chilangas son pequeñeces delante de la escena nacional. Hoy lo relevante es que no hay Estado, no funciona el sistema de justicia, hablamos de 43 muertos aunque quizá sean 150 mil, los políticos ven la tempestad y siguen robando, los partidos quieren su hueso, se promueven reformas para que haya más rapiña y encima se vislumbra una buena crisis económica, de esas que sabe cocinar el PRI. Dios nos coja confesados.

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