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Domingo , 16.12.2018 / 12:11 Hoy

Trascender lo grotesco

Quizá los dos fenómenos políticos más preocupantes de la actualidad, al menos para las sociedades occidentales, sean Donald Trump y el terrorismo.

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Quizá los dos fenómenos políticos más preocupantes de la actualidad, al menos para las sociedades occidentales, sean Donald Trump y el terrorismo. Prácticamente no pasa una semana sin que, en alguno de los frentes o en los dos, tengamos una nueva noticia escalofriante, a la que sigue el usual horror y condenas en redes sociales, casi siempre con frases preconcebidas, cuya principal función es denotar el carácter biempensante y la honda preocupación social de quien la formula. Es evidente que son dos fenómenos espeluznantes, que ocasionan sufrimiento y dolor a grupos muy específicos (el terrorismo incluso evidentemente cobra vidas), y de ahí que el repudio sea la reacción natural. El problema es que el repudio no basta, y desgraciadamente tampoco agota el problema. Incluso podría argumentarse lo contrario: que tanto Trump como los yihadistas se nutren de la rabia que generan sus acciones para profundizar en ellas, de manera que nos encontramos en una rueda de hámster colectiva, aparentemente atrapados en el ciclo de noticias horrorosas y la condena a las mismas, sin que exista en el horizonte alguna manera plausible de escapar.

Pues incluso si finalmente se cumpliera el sueño de que Trump cayera de su cargo, o si las unidades policiacas fueran absolutamente efectivas para evitar cualquier tipo de atentado terrorista (cuestión que, frente a la técnica de utilizar vehículos contra multitudes, luce cada vez más difícil), eso no cambiaría el hecho fundamental de ambos fenómenos: que cuentan con una base de millones de personas enfurecidas, alienadas, que por distintas razones experimentan un agravio económico, histórico, cultural, religioso y demás, y que en ambos casos están dispuestas a comportarse de manera suicida, en un sentido literal en el caso de los terroristas, y en un sentido político en el caso de los votantes que eligieron a Trump, y que continúan yendo a sus mítines a gritar como enardecidos cuando promete que construirá un muro, o cuando ataca a los medios de comunicación simplemente por hacer su trabajo. Y el problema de centrar la atención en lo grotesco de Trump y del terrorismo es que a menudo dificulta el intento de profundizar en las causas que expliquen, evidentemente sin justificarlos, ambos fenómenos. Y no solamente eso, sino que también es plausible considerar que, más allá de los aborrecibles métodos elegidos para canalizar su rabia, ambos grupos tienen toda la razón en sentirse agraviados, en considerar sus vidas como un callejón sin salida donde los dados se encuentran cargados en su contra prácticamente desde el nacimiento, pues la entronización del neoliberalismo como único sistema sociopolítico viable ha producido una muy violenta polarización y desigualdad social, excluyendo de una vida digna a millones y millones de personas por todo el mundo, con lo cual es un caldo de cultivo inmejorable para incubar ideas o prácticas extremas o suicidas. Así que quizá, además de repudiar a Trump y a los terroristas, haríamos bien en preguntarnos de qué maneras contribuimos a sostener un orden social que después hace que la aparición de dichos monstruos parezca casi inevitable.

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