De traiciones y traicionados

La sobredosis de imaginación destruye cualquier realidad por apacible o impecable que pueda ser, y repercute en un insano empeño por consumar una venganza. Yago lo sabía muy bien. 

Ciudad de México

Voltaire explicó que para entender el amor hay que recurrir a lo físico porque se trata de un tejido de la naturaleza bordado por la imaginación, y esa idea no podía ser más acertada: la imaginación, generalmente en exceso, no solo es el elemento primordial del enamoramiento sino un compuesto infalible para conjurarlo, porque cuando se suponen intrigas, traiciones, ruindades o cualquier clase de delitos perpetrados por la persona amada, el instinto se dirige hacia el lado opuesto y enceguece, obnubila. La sobredosis de imaginación destruye cualquier realidad por apacible o impecable que pueda ser, y repercute en un insano empeño por consumar una venganza. Yago lo sabía muy bien. En el colmo de la arrogancia, se revela ante un Otelo que, hundido en el delirio, no se da por enterado: “¡Señor, cuidado con los celos! El monstruo de ojos verdes que se burla del alma en que se ceba. Es venturoso el engañado que su oprobio sabe, y odia a la engañadora; pero, en cambio, ¡qué ratos tan amargos pasa el pobre que adora y duda, que recela y quiere!”.

Tolstoi escribió en La sonata a Kreutzer (1889), esta rotunda apreciación: “Una de las mayores torturas para el celoso (y no hay quien no lo sea en nuestra vida social) es esa multitud de situaciones mundanas en que se admite una intimidad grandísima y peligrosa entre un hombre y una mujer”.

Tolstoi se refería, si observamos el contenido de su relato, a la connivencia que establecen traidor y traicionado, cuando los celos arrojan al segundo (entre el horror de sufrir un engaño y la vocación, por paradójica que sea, por experimentar tal sufrimiento), a una colaboración expedita para la consumación de la infidelidad. Los humanos, según Tolstoi, son criaturas cuya realización se sostiene en la desventura, donde el dolor es el grado ulterior de la pureza (Ana Karenina, por ejemplo), porque en ella se encuentra la redención y el fin, el diagnóstico y la cura de todos los males caídos en el alma.

La sonata a Kreutzer, historia de un asesinato, un adulterio y un infierno pasional, es el examen de conciencia de Posdnichev, especie de asceta y desequilibrado que luego de refutar todas las formas del amor a unos viajeros, se dedica a enturbiar con sus recuerdos, la serenidad de su último interlocutor en el vagón de un tren.

Posdnichev mató a su esposa. Pero no lo hizo una sino varias veces: primero, a partir de su personal entendimiento del dogma cristiano, donde el amor carnal, más que adoración, puede erigirse como el indicio de la corrupción o el vicio en la pareja, y después, cuando Posdnichev comprendió que el sexo no solo eterniza la pasión sino que la envilece porque lenta, progresivamente, entre él y su mujer creció la desconfianza, se consolidó la indiferencia y fue engendrado el odio, para completar el cuadro con la infidelidad y el uxoricidio.

Posdnichev, sin embargo, no obró mal. De acuerdo con Tolstoi, el defecto más terrible del amor se finca en la certeza de que la pasión entre un hombre y una mujer no es infinita ni recuperable. Todo lo contrario. Es transferible y ominosa, porque una vez que los amantes han agotado la sensualidad, solo queda esperar a que cualquiera de las partes busque la voluptuosidad en otra gente.

Y sí. Para el celoso es fundamental que el adulterio (quimera que en su cabeza, y solo en su cabeza, adopta una miríada de formas y tamaños, del mismo modo en que transforma las toxinas del dolor en una fórmula camaleónica y compleja) sea el resultado de un proceso metódico, donde él es pieza clave en el enamoramiento de otro hombre y su mujer porque el engaño también puede ser una liturgia, una farsa, ya que, en ocasiones, el traicionado juega un rol de comparsa o, en un lenguaje simple y llano, de alcahuete: en ciertos casos, el hombre que se cree, se sabe o es engañado, simplemente asume el cargo de una víctima propiciatoria.