La traición es un acto violentísimo: Guillermo Arreola

“Vivimos gobernados por las imágenes, pero quien reparte el queso es la palabra”, afirma.
El también pintor.
El también pintor. (MÓNICA GONZÁLEZ)

México

Guillermo Arreola divide su tiempo y sus pasiones entre la literatura y la creación plástica. El artista está convencido de que si aparece algún indicio de facultad, “no hay que echarlo en saco roto; hay que tomarlo muy en cuenta y crear”.

Ahora comparte su libro de cuentos Traición a domicilio (Joaquín Mortiz, 2013), en el que también se recupera su novela breve La venganza de los pájaros, publicada en 2006.

El pintor y el escritor comparten obsesiones, fantasmas, heridas…

Mucho, aunque es cierto que siempre he tenido una necesidad de expansión en intereses, porque igual me interesan mucho el teatro o la poesía. Todo tiene que ver con la disposición al naufragio en las intenciones, en el fracaso, esa palabra que a veces nos puede despertar tantos temores. Como decía Beckett, hay que fracasar y la próxima vez fracasa mejor. No hay que creer que puedes tener el control: hay que entregarse a la posibilidad del gozo, sin perder de vista que está lo otro: ya el simple hecho de estar en el mundo me parece algo terrible. Me parece doloroso.

¿Dónde encuentras más dicha: en la literatura o en la pintura?

En la pintura. No está exenta la escritura, pero sí te planteas otro tiempo, te impone temores, porque vivimos gobernados por las imágenes, pero quien reparte el queso es la palabra. Las leyes se deciden a través de la palabra, no de las imágenes. Y también a veces me ha parecido que en la recepción generalizada, la palabra tiene una jerarquía mayor, una mayor autoridad.

¿Qué papel juega la literatura en tu vida?

Es una herramienta de búsqueda constante en conexión con la pintura. Hubo un tiempo en que si las forzaba a las dos actividades o me forzaba a realizarlas, ponía mucha distancia entre ambas.

Ahora surge de un constante estarme chingando, porque tengo una conciencia muy fuerte sobre el poder de la palabra, pero también sobre su gran capacidad para la mentira. Las palabras mienten y requieren un gran esfuerzo entender su juego y saber cómo lo ejercemos.

El cuento que da título al libro, Traición a domicilio tiene referentes muy claros…

Nunca menciono el nombre, pero intenté encarnar a Elena Garro. Tenía un gran interés y fascinación: ella me provoca obnubilación, por su inteligencia y, obviamente, por actos que determinaron mucho de su vida: su carácter de escapista, a partir de ciertas acciones que realizó, y creo que aún no hay un esclarecimiento.

Tenía la intención de reproducir una actitud de Elena como personaje público, que podía ser muy truculenta y mentirosa, pero no por ello exenta de cierta genialidad.

Cuentos en los que aparecen diversas formas de violencia…

Sobre todo la violencia de vivir, no de un tiempo específico. Esta expresión de la violencia no está exenta de cierta culpa, creo que hasta por estar vivo; es una emoción que he experimentado por no poder identificar las maravillas de las que estamos rodeados, más allá del caos o la violencia. Existen motivos suficientes para la posibilidad del gozo y la culpa está en la imposibilidad de entregarse del todo.

Muchos de los relatos ocurren dentro de departamentos, con la intención de crear sensaciones casi claustrofóbicas. La traición misma me parece un acto violentísimo, y eso aparece mucho a lo largo de las historias.