¡Fuera Toscana!

Toscandas.
Toscanadas
(Especial)

Ciudad de México

Cada semana debo entregar esta columna los días lunes o, a más tardar, el martes. Supongamos que se me pasan las fechas y el miércoles me escribe el editor para apremiarme a que le envíe el texto. Llega el jueves y todavía no se me ocurre un tema para la toscanada semanal. El viernes, ante la presión editorial, me viene una idea bajo la influencia de nuestro gobierno federal: en vez de escribir la columna, voy a redactar un decálogo sobre cómo escribir la columna.

Tiene que ser decálogo, pues el número nueve o el once suelen ser poco atractivos para quienes no gustan de las matemáticas, gente que si a las 2:11 se les pregunta ¿qué horas son?, responden: las 2:10.

Para completar los diez puntos, incluiría algo tan peregrino como: “Establecer un correo único para enviar mi columna semanal. En Gmail, por ser el más utilizado”.

O algo con lógica vacía: “En caso de percibir que no se han completado los tres mil caracteres requeridos, inflaré el texto cambiando palabras flacas por gordas. Por ejemplo, “actualmente” en vez de “hoy”, o títulos completos por apellidos, pongamos: “el actual secretario de Hacienda y Crédito Público, Luis Videgaray”, en vez del mero “Videgaray”.

Puedo proponer un cambio de unidades: “De ahora en adelante, en denuncias de corrupción, no utilizaremos monedas nacionales o extranjeras, sino ‘Casas Blancas’, cuyo símbolo es CB y equivale a siete millones de dólares. Solo en hiperdesfalcos se utilizará el Moreirazo, ya que 1M = 400CB”.

Siempre hará falta un gesto de honestidad: “Procuraré no plagiar textos ni contratar negros, tal como han hecho algunos de nuestros laureados escritores. En caso de que mi columna se parezca mucho a otra, cruzo los dedos para que nadie lo note. Y si alguien lo nota, me excusaré diciendo que no soy servidor público”.

Además: “Fortaleceré los principios de buena ortografía y clara redacción. En este rubro, apelo al buen funcionamiento del revisor ortográfico de Word y el buen ojo de mi editor”.

“Igualmente enviaré a la Real Academia Española una amplia agenda de reformas para el lenguaje cotidiano”. Aquí incluyo puras reglas ortográficas que ya existen, pero que quiero hacer pasar por iniciativas mías, o sea, por toscanismos.

Al final de mi decálogo, algunas personas de pocas luces y amor por la televisión sentirán que, efectivamente, escribí mi columna semanal, y ni siquiera notarán que este “efectivamente” fue un mero vocablo de relleno. La gente más avezada sabrá que ni siquiera completé el decálogo ni mis tres mil caracteres de rigor, que además todo fue paja, puro bla bla para ganar tiempo mientras llega la siguiente semana, para mantener mi chamba de columnista, y que mis detractores se cansen de decir “¡Fuera Toscana!”.