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Viernes , 19.10.2018 / 04:30 Hoy

Torito de Cortázar

El box y sus trampas 

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Una de las cosas más queridas por Julio Cortázar fue el boxeo; quizá por la pasión humana que entraña. Hemingway, por ejemplo, escribió Cincuenta de a mil, pero en Cortázar puede sentirse además el peso. García Márquez lo recordaba leyendo una historia relacionada con la realidad y el entorno social en un estadio de Nicaragua: “Su voz no parecía de este mundo, concentrado en la lectura del cuento La noche de Mantequilla Nápoles”, sobre todo, rememoraba “la asombrosa especie de embriaguez colectiva que se apoderó de albañiles, poetas, comandantes revolucionarios y sus contrarios al escucharlo con su voz hechicera”.

Aunque Cortázar nunca cayó en las trampas de la nostalgia, a pesar de llevar una vida cargada de desplazamientos —nació en Bruselas, pasó la infancia en Zurich, Barcelona y Buenos Aires y, tras un breve paso en el magisterio decidió marcharse a París—, de sus años como estudiante recordó siempre a su maestro Jacinto Cúcaro, un fan de las peleas de Justo Suárez, El Torito de Mataderos, ídolo mayor del pugilato argentino. Quizá éste fue el detonante que influyó en su gusto por el boxeo. Ya en su infancia, a los nueve años, Cortázar había escuchado por radio el combate del siglo entre el boxeador argentino que popularizó la típica guardia, Luis Ángel Firpo, El toro salvaje de las pampas, y el estadunidense Jack Dempsey. De ese mundo lleno de un sinfín de artes e infracciones toleradas o admitidas, Cortázar escribió el cuento magistral Torito, dedicado a su profesor Jacinto Cúcaro y aparecido en Final del juego.

La peculiar idea de escribir de un deporte brutal, en ocasiones duelo mortal, invita a desentrañar alusiones secretas de un mundo inquietante, violento. Justo Suárez inspiró la historia porque fue uno de los primeros ídolos del boxeo argentino, superando la expectativa que despertó Firpo. El periodista Carlos Rúa lo bautizó con el apodo de El torito de Mataderos, por haber nacido en ese barrio bonaerense, además de orientarlo por sus dotes físicas a ese mundo de arreglo, soborno, doping, preparación psicológica, métodos para reanimar rápidamente a un pugilista.

El cuento revela, en presente, una historia y fantasía íntima, densa, palpitante y el desarrollo de una atmósfera hondamente sentida de cosas que nadie dice del boxeo; pistas e insinuaciones, a través de los recuerdos de un hombre en desgracia; vislumbres de los entretelones del juego, el negocio, la inmoralidad, los apostadores, la publicidad, que privan en las peleas y donde no hay lugar para la compasión en el aficionado.

Con imaginación y sensibilidad, la mirada indagatoria de Cortázar retrata ese mundo sórdido y ofrece un conmovedor diagnóstico sobre la condición humana; lo alimenta entre el candor y la malicia, lo fabulado y lo cotidiano, la persona y el personaje, en un lenguaje excitante, sonoro, coloquial, en dialecto lunfardo:

Qué le vas a hacer, ñato, cuando estás abajo todos fajan. Todos, che, hasta el más maula. Te sacuden contra las sogas, te encajan la biaba. Andá, andá, qué venís con consuelos, vos. Te conozco mascarita. Cada vez que pienso en eso, salí de ahí, salí. Vos te crees que yo me desespero, lo que pasa es que no doy más aquí tumbado todo el día. Pucha que son largas las noches de invierno, te acordás del pibe del almacén cómo lo cantaba. Pucha que son largas…Más largas que esperanza’e pobre (…)

Cortázar no escribe a través de Torito la historia del boxeo. Su mirada muestra la soledad y miseria en la que queda reducido un hombre amado dentro y fuera del ring, que en la cumbre de su carrera encuentra el amor y los amigos, pero todo acaba cuando llega el infortunio. Frente a un testigo ciego se desarrolla un desenfrenado monólogo que envuelve con una evocación —más o menos ingenua— sus glorias: la presencia y saludo del príncipe de Gales Eduardo de Windsor, el público ruidoso, el aire de fiesta en el Parque Romano, la cancha del River Plate, el Luna Park, el viaje a Estados Unidos y con una frescura insólita recupera el sabor de la época; el asedio de la prensa; la música, el tango compuesto en su honor por Venancio Clauso, “Muñeco al suelo”.

Cuando pelié con el negro en Nueva York el patrón andaba preocupado. Yo lo juné en el hotel antes de salir. “Lo fajás en seis rounds, pibe”, pero fumaba como loco. El negro, cómo se llamaba el negrito, Flores o algo así. Duro de pelar, ché. Un estilo lindo, me sacaba distancia vuelta a vuelta. Áperca, pibe, metéle, áperca. Tenía razón el trompa. Al tercero se me vino abajo como un trapo… Mirá como uno se ensarta, al principio me pareció que el rubio iba a ser más fácil. Lo que es la confianza, ñato. Me barajó una piña que te la debo (…)

La narración viva fluye, el personaje repasa con nostalgia estampas, figuras lejanas, temporalmente ajenas (sus rivales Julio Morocoa, Tani Loayza, Herman Perlick, Bruce Flowers, Babe Herman, Billy Petrolle, Víctor Peralta); sin dolor ni amargura narra un pasado de heroísmo y gloria; recrea la irracionalidad del absurdo que vivió, triunfos y derrotas; lleva al lector delicadamente al corazón mismo de la inhabilitación física, soledad y desamparo.

Y bueno, es así. Pa peor la tos. Después te vienen con el jarabe y los pinchazos. Pobre la hermanita, el trabajo que le doy. Ni mear solo puedo. Es buena la hermanita, me da leche caliente y me cuenta cosas. Quién te iba a decir pibe […] Me quisiera olvidar de todo. Mejor dormirse, total aunque soñés con las peleas a veces le acertás una linda y la gozás de nuevo. Como cuando el príncipe, qué plato (…)

Cortázar tenía más de 20 años cuando Justo Suárez agonizó en Córdoba —escenario de su última pelea contra la muerte y donde el 10 de agosto de 1938 perdió por knock-out—; sin embargo, el escritor llevaba ya inoculada la pasión por el boxeo y lo incitó, no solo a escribir el cuento, sino también a grabar un disco en Uruguay, en donde mostró el terrible aislamiento en que el boxeador se debatió durante su larga agonía, su final a los 29 años y la idolatría de la gente. Torito es uno de los cuentos más intensos cuyo ritmo sutil le llega al lector. Cortázar con su devoción irracional por el boxeo tejió a través del perfil psicológico de su personaje una intrincada tela de araña: cada palabra tiene un sentido, una historia. Todo tiene peso.

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