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Martes , 17.07.2018 / 10:40 Hoy

Tlatelolco y el viento

Una serie dedicada a reflexionar sobre el significado del 68 mexicano con cinco evocaciones de escritores nacidos ese año, cinco momentos que invocan la memoria familiar y la experiencia personal 


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Juan Manuel Gómez

Tengo la impresión de que Tlatelolco siempre será una sucesión de corredores por los que silba un viento furioso. Crecí ahí, en esa aglomeración monstruosa de edificios que albergan una cantidad insólita de gente. A pesar de que el azar me ha llevado en varias ocasiones a instalarme temporalmente de nuevo en alguno de los cajones de su gigantesco panal, y he constatado que la fisonomía de esa ciudad dentro de otra ciudad no se ha alterado demasiado, cada vez que camino por esos pasillos techados me invade la sensación de ser un intruso. El temblor de 1985 dejó chimuelo el proyecto urbanístico de Mario Pani, y puso jardines donde antes había edificios. De las 70 mil personas que podían vivir ahí en la década de 1960, cuando se inauguró, ahora solo hay lugar para 40 mil. Pero aunque en esencia es lo mismo, nada queda del Tlatelolco de mi infancia, y no me refiero a las construcciones que conocí entonces, porque ésas ahí siguen. El edificio Miguel Hidalgo, por ejemplo, a un costado del puente de piedra que continúa haciendo una parábola para cruzar sobre la avenida Guerrero, ahí está. En alguno de los escondites que se forman entre sus vértices, besé por primera vez a una niña. Subí y bajé sus escaleras y entré y salí de sus elevadores al menos una docena de veces en días normales, ya que mi abuela tenía la costumbre de hacer sus encargos por partes. Había que bajar una vez a la recaudería por cilantro (y me daba una moneda), otra vez por unos bolillos (para lo cual siempre me proveía de una bolsa de papel —para ahorrar—), luego por un litro de leche o huevos. Cuando nadie se daba cuenta, sacaba otra moneda de su inagotable mandil y hacía un trato conmigo, con ese acento campechano que nunca perdió, a pesar de que llegó a vivir a la ciudad siendo una muchacha y aquí murió, 70 años después: “Manuelito, ¿quieres unos chocorroles? Anda, ve y me das uno”. Sobre los pisos de mármol del sexto piso de la entrada A aprendí a deslizarme sobre unos patines con ruedas de metal que se ajustaban a los zapatos. En uno de sus cuartitos de azotea, donde había sido exiliado mi tío Martín, asistí en absoluto silencio, tal vez a los doce años, al ritual de un grupo de vagos melenudos que colocaban acetatos sobre un tocadiscos y luego se ponían a mirar las cubiertas de cartón atenta y meticulosamente, como se mira una obra de arte abstracto. Ahí adquirí para siempre a Muddy Waters, a Deep Purple, a Led Zeppelin y a los demás autores del soundtrack que me mantiene con vida. Adquirí, se puede decir, “Simpatía por el diablo”. Venía en Beggars Banquet, el banquete de los mendigos, disco que tiene en la portada la foto de un baño amarillo pintarrajeado con letreros cochinos escritos con pluma sobre la pared (uno de ellos dice “Bob Dylan’s dream” y tiene una flecha hasta la palanca del WC), que salió a la venta el año en que nací: 1968.

La noche del 2 de octubre de ese año, por cierto, yo contaba apenas con siete meses de nacido cuando cientos de muchachos huían de la masacre que se había desatado en la Plaza de las Tres Culturas. Intervino el ejército para reprimir un movimiento estudiantil que había conquistado a la opinión pública y distintos grupos sociales. Nunca se supo el número exacto de muertos. Los medios de comunicación reportaron 26, pero una investigación de 2006 constató la existencia de 44 cadáveres (entre ellos tres militares) y más de mil heridos graves. La leyenda dice, sin embargo, que la sangre corría como un arroyo entre las ruinas prehispánicas de la plaza de las Tres Culturas. Durante toda la noche se siguió escuchando el eco de algún taconeo esporádico seguido de varios disparos, decía mi madre. Algunos de ellos pegaron en los muros del edificio Miguel Hidalgo, que se encuentra sobre la avenida Guerrero, en la primera sección, a kilómetro y medio de la plaza. “Te abracé y me tiré en el piso, recargada en el muro que daba a la calle. Hasta que amaneció me di cuenta”, así termina siempre la anécdota mi madre, lamentando haberse guarecido en la zona de más peligro. Veinte años después leí La noche de Tlatelolco y sentí que ese acontecimiento era parte fundamental de mi génesis. Fui a marchas y grité “¡2 de octubre NO se olvida!” con ganas de que aparecieran unos soldados para partirles su madre por haber matado a esos chavos. Pero nunca aparecieron, y al cabo de los años poco a poco ese grito se fue ahogando en mi memoria, hasta desaparecer por completo.

En aquella época leía a Sartre. Hoy, en cambio, a punto de cumplir 50 años, siento simpatía por el existencialismo, pero solo leo a Albert Camus. Cambié la militancia filosófica por la literatura a secas. Quizá es un poco absurdo pensar que el 68 tenga alguna relación con libros que se escribieron 20 años antes y que yo leí cuando tenía 20 años. Pero no es tan raro, porque estoy seguro de que esos jóvenes de Tlatelolco que corrían para evitar las balas represoras del Estado habían sido tocados (como todos los jóvenes que vivieron el Verano Francés del 68) por el alma rebelde de Meursault, el “extraño” (l’etranger) personaje de la novela de Albert Camus cuyo crimen no fue haber matado “porque sí” a un desconocido, sino no haber llorado en el funeral de su madre. Una idea como esa se queda girando en el interior de la mente, como un trompo suspendido en un movimiento perpetuo, y madura una rebelión vital que va más allá que cualquier teoría política.

Diez días después de la matanza de Tlatelolco se inauguraron las Olimpiadas en México, como si no hubiera pasado nada. Supe por los libros de historia que dos atletas negros se habían manifestado levantando un brazo, con el puño enfundado en un guante negro, mientras se escuchaba el himno de Estados Unidos. Eran estadunidenses, pero negros, es decir, ciudadanos de segunda categoría, porque en esa época los negros eran tratados como basura, aunque hubieran ganado medallas en la competencia de 200 metros planos, y ellos no estaban de acuerdo. Eso ocurrió el año en que nací, y quisiera pensar que de alguna manera una rebelión sutil como esa es mi marca de nacimiento. Recuerdo mis travesías en bicicleta rumbo al edificio de Banobras, que actualmente sigue siendo —como cuando se construyó y el gobierno de Bélgica donó la campana mayor de las 47 que tiene su carillón— un prodigio de ingeniería y modernidad, pero que durante mi infancia no era sino un inmenso y resplandeciente cohete, donde vivían docenas de gatos, que apuntaba al espacio. Cuando percibo el bullicio del kínder donde por primera vez fui a clase se me hielan los huesos. Dicen que no lloré, que simplemente me dejé llevar por la mano de una maestra y que me pasé todo ese día observando cómo jugaban los niños a través de un cristal. Mientras tanto, por los andadores de Tlatelolco, silbaba el viento.

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