Tiempos de cosecha

Eduardo siembra mota para uso personal y asegura que de esa manera no es responsable del crimen en la colonia.
Cultivar mariguana en el balcón y despertar todavía puesto tras haber seducido a una casi-desconocida en la enorme cama sagrada en la que sus abuelos durmieron juntos durante 43 años de casados, es algo a lo que no termina por acostumbrarse…
Cultivar mariguana en el balcón y despertar todavía puesto tras haber seducido a una casi-desconocida en la enorme cama sagrada en la que sus abuelos durmieron juntos durante 43 años de casados, es algo a lo que no termina por acostumbrarse… (Ilustración: Alfredo San Juan)

México

Eduardo Diosdado hace crecer mariguana en el balcón de su casa y así, fumando sus propias flores, se droga en la Condesa sin cargos de conciencia.

—Al no tener tratos con dealers y no darle mi dinero al narcotráfico, ya no soy responsable del crimen en la colonia.

El “ya” es importante: antes (2013-2015), le compraba mariguana a Vomi, un franelero en la calle de Michoacán, que para entregar la mercancía se metía con los clientes en la parte de atrás de una vieja combi blanca estacionada en Atlixco o Cuautla. Vomi era el diminutivo de El Vomitadas, quien desapareció a finales de 2014 sin dejar rastro, y entonces Eduardo le compró —por intermediación de una amiga— a Leitor, cocainómano con aspecto de matón que le inspiró temor y no volvió a verlo.

—Me hice de semillas en Milpa Alta y aprendí (por internet) a darle vida a mi propia y queridísima María Juana.

Eduardo vive solo en un departamento sobre Michoacán que le heredó su abuela. Es programador y trabaja —casi siempre en piyama— desde la sala de su casa bajo los horarios que le vienen en gana (suele ser más productivo durante las madrugadas). A sus 30, ojeras indelebles son el rasgo más prominente de su cara.   

En año y medio ha tenido, en la antigua casa de su infancia, dos cosechas de mariguana. La primera salió rancia y la segunda aguada… su mota nunca ha sido mejor que la que conseguía afuera. Esa idea lo entristece. Aunque identifica el problema: no ha sido paciente para entender los exactos tiempos del agua. La tercera cosecha viene en camino (la espera en febrero) y Eduardo, como nunca antes, ha sido meticuloso y delicado en el cuidado. Adquirió una estilizada regadera metálica color rojo con un anticuario de la Zona Rosa y riega —lentamente, con delicadeza, como si la acariciara— dos veces por jornada, de lunes a sábado, después del mediodía y antes del ocaso. También cambió de territorio las plantas: antes las tenía en recipientes maltrechos sobre la mesa de la sala y ahora crecen afuera en dos macetas de barro negro que llenan el breve balcón que hay al fondo de su cuarto. Se ven sanas; pronto les saldrá resina a las incipientes florecitas blancas.

A Eduardo se le hace muy raro hacer su vida de jovenpachecosocialmenterresponsable en los mismos espacios en los que fue un niño mimado. Cultivar mariguana en el balcón y despertar todavía puesto tras haber seducido a una casi-desconocida en la enorme cama sagrada en la que sus abuelos durmieron juntos durante 43 años de casados, es algo a lo que no termina por acostumbrarse… aún le causa —a pesar de sí mismo, de que su feroz voluntad de coherente individualidad libertaria lo considere ridículo— ciertas sensaciones de vergüenza que no lo hacen sentir libre, sino culpable.