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Domingo , 24.06.2018 / 06:40 Hoy

El terror exige ciertos riesgos: Jorge Eduardo Ramírez

Entrevista

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Víctor González

En Guanajuato, después de que una chica desaparece dentro de una mina, dos expertos en seguridad viajan desde Estados Unidos para realizar una inspección sin sospechar que una oscura leyenda es la responsable de los s crímenes cometidos dentro de sus túneles. Inspirado en una leyenda de mediados del siglo XX, el realizador Jorge Eduardo Ramírez presenta la cinta de terror La niña de la mina.

La película parte de una leyenda guanajuatense. ¿Por qué tomar esta historia y no otras?

Guanajuato es un estado muy rico en este tipo de historias. Desde el principio, a mí y al escritor Ricardo Zárate nos pareció muy interesante filmar en las minas. No se trata de una leyenda conocida y por otro lado retomar la historia de una menor escondida en mundos subterráneos y de gente desaparecida plantea diferentes lecturas. Además, la mezcla de distintas épocas nos parecía un reto.

¿Qué tipo de dificultades planteó la mezcla de tiempos?

Trabajé el diseño estético con el fotógrafo. Las propias condiciones del género de misterio o terror permitían jugar con la oscuridad y la penumbra. La mina es un escenario perfecto en sí mismo. El resto fue encargarnos de cuidar los grises y ocres. Las carencias de locaciones no fueron tan importantes como sí lo fue la iluminación.

¿Para hacer un filme de género, qué es más importante, la historia, la estructura o los resortes del miedo?

Se suele hablar de muchas reglas a respetar. No es fácil apegarse a un esquema. En mi caso, he aprendido que hay que aferrarse al diseño original. En una película de terror importan la música, los efectos visuales, la corrección de color; solo con la mezcla de todo ello se genera el ambiente. Sin embargo, si no tienes una buena historia, estás perdido. En el cine de terror, como en el policiaco, el público siempre va a anticiparse y a descubrir el truco o misterio.

¿Cuáles son las reglas a las que se apegó con más rigor?

No soy una persona de referencias. Suena a cliché pero traté de ser original. Algo que creo que es muy importante es alejar al protagonista del ruido.

¿Por qué el cine de terror en México no despunta en cantidad y calidad?

Creo que ahí viene una oleada de películas de género. En México abundan este tipo de leyendas pero no sé por qué no se explotan. Aquí hay un público cautivo que gusta de este tipo de filmes. Entiendo que el terror exige ciertos riesgos porque es más complicado de hacer que una comedia romántica, incluso una mala película de miedo puede acabar en una buena comedia.

Es verdad que hay público, pero los asistentes a las salas no necesariamente buscan el terror mexicano. El parámetro suele ser estadunidense o japonés.

Es verdad, pero hay excepciones; el ejemplo más claro es KM. 31. Si al público le das un buen producto lo toma; el problema, en todo caso, es que lo hemos subestimado.

Con KM. 31 se habló de un renacimiento del género pero no pasó a más.

Hace poco platicaba con Billy Rovzar, productor de KM. 31, y recordamos que cuando se estrenó la película se pensó que por fin vendría una generación interesante pero no llegó por el temor de los productores a invertir. En nuestro caso, concretar el proyecto no fue nada fácil porque no tuvimos acceso a fondos públicos, todo fue con recursos privados.

¿Hay particularidades del miedo mexicano en relación al europeo o estadunidense?

Los españoles y los estadunidenses tienen cierta forma de transmitir el miedo a partir del cine. En México nos falta oficio para identificar estas características. Solemos tomar los ejemplos o las fórmulas de películas extranjeras. Esto cambiará el día en que tengamos una tradición importante de filmografía de suspenso o terror.

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