Terra ignota

SEMÁFORO
Nadie creyó que el brexit pudiera ganar...
Nadie creyó que el brexit pudiera ganar... (Reuters)

Que el mundo da giros y tumbos, lo sabemos. Pero angustia no poder siquiera imaginar cosas que luego se vuelven obvias. ¿Cómo no lo vimos? Quizá nos pasamos demasiado tiempo mirándonos el propio ombligo y supusimos que el entorno seguiría igual al levantar la mirada.

De unas décadas para acá venimos hablando y leyendo libros sobre la nueva revolución. No ya esa Revolución, con las mayúsculas irracionales de las ideologías —por ejemplo: casi todas las revistas y periódicos en que colaboro, me cambian la mención del “estado” por “Estado”, y puedo apostar a que, en una década, a ese palabro chocante le sucederá lo mismo que a “revolución”, o “presidente” y otros vocablos que los editores ya pueden dejar en minúscula sin que los acosen las Erinias de las ideologías gramaticales— me refiero a la revolución tecnológica, a la era de la información, la economía del conocimiento y demás definiciones de los tiempos actuales como radicalmente distintos de toda la historia: hoy, decíamos, el acceso a la información y al conocimiento implica mucho menos esfuerzo y, sobre todo, infinitamente menos costos que nunca antes.

Pero algunos fenómenos refutan nuestras suposiciones elementales. De pronto gana el brexit; Gran Bretaña vota por abandonar la Comunidad Europea. Nadie creyó, ni los animales que propulsaron la opción de la salida, que pudieran ganar el referéndum. No solo eso: en Estados Unidos (o el mundo, pues), no hallo un solo programa de tele, un maldito periódico o ninguna revista que haya respaldado a Donald Trump. No hay un solo intelectual, artista, personaje público que aprecie a Trump, ni como político, ni como empresario, ni como ser pensante. Y, al igual que en las encuestas británicas respecto del brexit, Trump lleva una desventaja, pero no se desploma. Parece que hay dos universos: uno está mapeado y abunda en información, análisis, opiniones expertas, científicos, intelectuales y líderes de opinión; otro, ignoto, bruto, poderoso y, por lo visto, mucho más grande de lo que supusieron incluso sus representantes políticos. La revolución del conocimiento no sabe ni puede dar razón de ese otro mundo, gobernado por el rencor, la desinformación, la estupidez que, a diferencia del pasado, no siente vergüenza de serlo y ni siquiera cree que la ignorancia sea una carencia o una inferioridad. (Recomiendo tres cosas: en el New York Times, de Dwight Garner: “Review: ‘White Trash’ Ruminates on an American Underclass”; otro artículo de Atul Gawande en The New Yorker: “The Msitrust of Science”, y el video: “My Stupid Girlfriend Explains Why She Vote Brexit” en YouTube).

¿Incluso las encuestas se hallan ante el mismo fenómeno, llamémoslo “anti-intelectual”? ¿Es desvío en la lectura de los datos; es decir, que los analistas simplemente no pudieron ver, o que las encuestas venían sesgadas con la suposición de que quien responde lleva a cabo un razonamiento? Es un enigma. Y habrá que resolverlo, pero de pronto resulta interesantísimo y aterrador darse cuenta de que, en plena “revolución del conocimiento”, las democracias pueden quedar en manos de los enemigos del conocimiento.