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Martes , 23.10.2018 / 05:53 Hoy

El término contemplativo está muy manoseado: José Luis Torres Leiva

Entrevista



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La relación del chileno José Luis Torres Leiva con el cine nació de la atracción. En la adolescencia comenzó a pensar a partir de imágenes y poco después se convirtió en su medio de expresión fundamental. Hoy es de los realizadores chilenos más prominentes. Hace unos días visitó México para impartir un curso como parte del Festival Distrital, así como para presentar su nuevo filme, El viento sabe que vuelvo a casa, un falso documental en el que indaga sobre el proceso creativo de su colega Ignacio Agüero.

Es un realizador todoterreno: produce, dirige…

Hacía de todo porque soy tímido y casi no conocía gente. Fue un periodo formativo.

¿El tránsito del documental a la ficción se dio de manera natural?

Comenzar con el documental me ayudó a enfrentarme a la ficción. Sin embargo, hoy te puedo decir que las diferencias entre uno y otro son solo técnicas. El documental me ayudó para aproximarme a los personajes; es un género que suele llevarte a realidades desconocidas.

¿Es más detallada la construcción del personaje en el documental?

El proceso del documental necesita más tiempo. No es lo mismo convivir una semana con un personaje, que un mes; te exige aprender a lidiar con una realidad que no manejas y con personas que no tienen por qué admitirte en sus vidas.

Hay menos control de las situaciones.

Es engañoso pensar que en la ficción hay más control. Cuentas con más dinero e interviene más gente, pero de pronto tienes que lidiar con los cambios climáticos o algún problema con un actor. El documental te aporta las herramientas para resolver las eventualidades.

Después de moverse en ambas esferas es casi natural que su nueva película, El viento sabe que vuelvo a casa, fuera un falso documental.

Hice un falso documental porque por un lado me interesaba retratar la vida en las islas Chiloé, sus habitantes tienen un código propio de entender el mundo. Por otro, quería aproximarme al trabajo de Ignacio Agüero, director al que siempre he admirado. Le propuse hacer un proyecto donde él se interpretara a sí mismo, por eso me creé un dispositivo de ficción.

En términos literarios es un metarrelato.

Por un lado es mi mirada sobre el proceso de Ignacio Agüero y por otro su forma de acercarse a los personajes que entrevista. Quería mostrar el proceso cinematográfico para construir un proyecto de manera integral.

La crítica ha celebrado que, pese a su juventud, ha sabido construir una propuesta propia en términos de narrativa visual. ¿Siente que en verdad llegó a este punto?

Siempre ha habido una búsqueda. Los proyectos cinematográficos involucran un desarrollo. Si bien uno tiene un punto de vista y quizá una mirada, las situaciones propias de la vida marcan tu rumbo y evolución. Seguramente, si volviera a filmar una película de hace diez años, la haría de distinta manera. Eso es lo más interesante de construir una filmografía. Los directores que más me interesan son aquellos que definen su propuesta en cada obra.

Usted pertenece al grupo de realizadores latinoamericanos sobre los que Carl Dreyer tiene un peso importante.

A Dreyer lo descubrí en el último año de la escuela. Proyectaron una retrospectiva en Chile y vi casi todas sus películas. Me impresionó la intimidad de su cine, sus propuestas me calaron hondo. Después descubrí a Robert Bresson. Ambos realizadores tienen un sello particular, de modo que entiendo que su sensibilidad sea percibida por los directores latinoamericanos.

A quienes lo admiran les llaman contemplativos.

El término contemplativo está muy manoseado. Si uno retrocede a los comienzos del cine verá que desde siempre ha sido así. Casi todas las películas de Chaplin están narradas a partir de un solo plano. El cine se alimenta de los mismos lenguajes de siempre, puede evolucionar pero siempre tendrá la misma base.

¿Lo que estorban son las etiquetas?

Ya no hace falta plantearse qué es documental y qué es ficción. Al final son películas y lo importante es si conectas con ellas o no.

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