Estos son los colores que veían los mexicas en su arte

En la exposición 'Nuestra sangre, nuestro color: la escultura polícroma de Tenochtitlan' se recrearon los colores originales de algunas esculturas mexicas que el tiempo ha desgastado.

Ciudad de México

Los colores plasmados en las imágenes que se venden a los turistas en México —representaciones de los monolitos de Tlaltecuhtli, Coyolxauhqui y el Chac Mool—  no corresponden con la realidad. El Proyecto del Templo Mayor, iniciado hace 25 años, muestra los verdaderos colores de la antigua Tenochtitlan en la exposición Nuestra sangre, nuestro color: la escultura polícroma de Tenochtitlan, que se exhibe en el Museo del Templo Mayor.

TE RECOMENDAMOS: El colorido de la Gran Tenochtitlan

No es la primera vez que se realizan estas investigaciones en color: se hicieron en 1790, a cargo de Antonio de León y Gama, y más tarde, en 1939, por Roberto Sieck Flandes, quien realizó las primeras restituciones cromáticas que se han popularizado en camisetas, llaveros, tazas e infinidad de artículos que se venden con la imagen de estos monolitos.

"Hemos recreado los colores originales que, por desgracia, en las esculturas que hemos encontrado en el Centro Histórico no siempre se conservan en buen estado".

Leonardo López Luján, director del Proyecto Templo Mayor, dijo en conferencia de prensa que esta exposición —que estará abierta al público desde hoy y hasta agosto próximo— es el tercer evento de esta clase, con el que culmina la parte del Proyecto dedicada a las investigaciones del cromatismo en el arte escultórico del siglo XV y XVI.

"En esta ocasión no establecemos un diálogo entre el Viejo y el Nuevo Mundo, como se hizo en la muestra El color de los dioses, montada en Palacio Nacional, sino que nos adentramos específicamente en la civilización mexica y, en particular, en la escultura de su capital imperial; es decir, la antigua Tenochtitlan.

"Este es un viaje hacia el pasado en busca de esa estética tan particular y de ese arte en el cual el color jugaba un papel fundamental. Queremos ofrecer una nueva mirada a los visitantes, con la que podrán tener las mismas percepciones que los mexicas en los siglos XV y XVI. Hemos recreado los colores originales que, por desgracia, en las esculturas que hemos encontrado en el Centro Histórico no siempre se conservan en buen estado".



Las investigaciones han permitido identificar que hay dos paletas pictóricas de colores: la de los códices, que tiene una gran cantidad de pigmentos, casi todos de origen orgánico, y la de la escultura y la pintura mural. Esta paleta, con la que los mexicas pintaban sus esculturas hace más de cinco siglos, se limita a cinco colores: negro, blanco, rojo, ocre y azul, todos reunidos en la réplica del monolito de la diosa de la luna, Coyolxauhqui.

"Cuando nosotros vamos en la actualidad a los museos y vemos el arte mexica, generalmente lo que apreciamos son los colores de la superficie rugosa de las piedras volcánicas: basalto, tezontle y andesita, es decir, el gris, el negro, violáceo y rosáceo. Pero si hurgamos en los intersticios de las esculturas, en los poros de la piedra, vamos a ver que todas estaban pintadas con un colorido vibrante, no solo intenso sino muy saturado, muy plano, sin sombras y sin tonalidades que hacen que nuestra percepción cambie totalmente".



¿Cómo lo hicieron?

Además de los monolitos de Tlaltecuhtli, Coyolxauhqui y el Chac Mool, Nuestra sangre, nuestro color muestra dos cabezas de serpientes, un guerrero estelar, un cráneo humano —acompañado de una reproducción realizada en 3D— y 28 piezas originales, "que son las obras maestras del Museo del Templo Mayor, y que por primera vez se reúnen para una exposición. Son excepcionales porque han logrado conservar, como pocos, ese colorido que los distinguía hace más de 500 años".

Para descubrir los colores que con el paso del tiempo se han borrado de las esculturas y piezas prehispánicas de la gran Tenochtitlan, el equipo de investigación, en conjunto con investigadores de Italia, usó procesos como la difracción de rayos X, que permite —según explicó el director— ver los minerales de los cuales están compuestos los pigmentos; la espectrometría de masas, que les ayudó a ver la composición de los aglutinantes —pegamento que hace que el polvo del pigmento se cohesione y se pegue a la piedra— y que, en este caso, se trata del mucílago de orquídea. También se examinaron los poros de la piedra con un microscopio de 200 aumentos y un escáner 3D para tomar la topografía de las piezas sin tocarlas y fabricar con impresoras 3D las réplicas.


ASS