¿Quién le teme a Stephen King?

Los paisajes invisibles

México

A mediados del mes pasado, Miguel Mora entrevistó a Stephen King para El País con motivo de su nueva novela, Doctor Sueño, secuela o relato alternativo de El resplandor, y la agudeza, el sentido del humor y la ferocidad de ese autor menospreciado por la crítica de cuello blanco, los escritores serios y los lectores cultos, sacudieron mi aún inmutable escepticismo hacia la legitimidad de King como creador de tantos cuentos y novelas, muchos de estos grandes hits de caja registradora y de taquilla (¿actualmente hay quien que lo supere en cantidad de adaptaciones para el blockbuster?). Y es que siempre he pensado que Stephen King no es un solo hombre sino una empresa, y quizá ese tipo que lo mismo habla de Faulkner, Scott Fitzgerald, García Márquez, Bolaño, Franzen, Cormac McCarthy, Philip Roth o Anne Tyler, mientras se pitorrea del éxito inaudito de 50 sombras de Gray ("basura porno para amas de casa", dice, y tiene la boca retacada de razón), para luego pasar revista a la política de Obama y echar pestes contra el Tea Party, ese individuo que casi exige que le cobren más impuestos y relata su vida de pobreza y adicciones varias (de 25 latas de cerveza al día a tóxicos diversos que culminan en un frasco completo de jarabe para la tos), posiblemente sea un personero de alguna corporación libresca, pienso, y no porque a veces resulte un tanto extraña la apariencia de quien se aparta de la realidad para reconstruirla en la hoja en blanco.

Mi desconfianza hacia Stephen King radica en la velocidad para escribir novelones de más de un millar de folios (It es un ejemplo, la historia del tétrico payaso Pennywise que nos mantiene en vilo solo para que al final llegue a revelarse como una gigantesca araña al estilo de Louise Bourgeois) o moderadamente extensos pero, al fin y al cabo, mamotretos de calidad proteica (¿quién pone en duda la contundencia de El resplandor, Miseria o Shawsank Redemption contra productos fallidos como Carrie o Cujo?), aunque, claro, cualquiera puede opinar que con esas jugosas regalías hasta el más paleto forraría decenas de páginas por hora o tal vez, otros más avezados podrían argumentar que de tanto recorrer el mismo camino, el señor King ya se sabe los atajos (fórmulas narrativas, apuntan los especialistas), así que mi teoría de que ese hombre que aparece en ruedas de prensa no es más que un actor con buena labia y un guión bien temperado, quedaría completamente expuesta al desfiguro.

Prodigios aparecen por doquier. Del talante de Stephen King, aunque muchísimo menos fecundos, podemos mencionar a Tom Clancy, que de vendedor de seguros pasó a mercader de thrillers e incluso videojuegos, pero, una vez más, aquel señor que habla en la entrevista cautiva por su desparpajo, su ironía, su inteligencia y, sobre todo, por su cultura: quién diría que ese individuo contestatario, divertido, demócrata, filántropo, magnífico lector, sigue siendo el paradigma de la literatura light, el garbanzo de a libra del mercado.

El sentido común me sugiere que el firmante de The Green Mile no se preocupa por la prosa, tal vez redacta de un tirón y otros le corrigen, o que a lo mejor dicta sus historias a una mecanógrafa o a una hipercomputadora (¿si Graham Greene lo hacía con una grabadora, por qué otros no?). De todos modos, cuando pienso en la cantidad de palabras que Stephen King ha vertido como si padeciera de hemorragias, no dejo de imaginar una oficina colmada de simios fumadores encadenados al teclado. Un grupo de ejecutivos analiza cada texto. Al chango con mejores ocurrencias le dan una bolsa de maní, al malo un bofetón y lo castigan quitándole el paquete de cigarros. No obstante, la imagen es inútil: la conciencia impertinente y machacona me pregunta, ¿de verdad solo hay un Stephen King?...