Teatro Royal

A pesar de su nobleza, abrir un teatro en este país es una empresa que tiene todo en contra: permisos, impuestos, inspectores que van tras la mordida, reglamentos.
Jorge Ortiz de Pinedo y sus hijos Óscar y Pedro echaron para adelante el proyecto.
Jorge Ortiz de Pinedo y sus hijos Óscar y Pedro echaron para adelante el proyecto. (Enrique Ordoñez/Cuartoscuro)

México

En la Ciudad de México, resulta obvio decirlo, uno de los factores determinantes de la crisis en el arte teatral radica en la falta de espacios. La urbe ha crecido de una manera descomunal al tiempo que la cantidad de profesionales se multiplicó considerablemente; sin embargo, el número de edificios teatrales no creció en proporción igual. Entre los teatros que han desaparecido y los que se han construido la cifra es escasamente mayor. Las instituciones de cultura tampoco modificaron al alza su infraestructura al ritmo de la ciudad y la demanda laboral del gremio. Esto ha generado que en los espacios institucionales se genere una olla de presión que lleva a satisfacer no tanto a la ciudadanía como a los propios artistas, que programan temporadas cada vez más cortas que no sirven ni a los procesos artísticos ni resuelven la economía de quienes trabajan en ellas, además de que no crean necesariamente públicos pues las obras tienen que bajar de cartel aunque sean un rotundo éxito porque hay fila de producciones en espera.

En un contexto que pinta muy difícil en términos económicos, la CdMx se engalana con la aparición de dos nuevos espacios teatrales: resultado de un sueño cumplido y un esfuerzo personal impresionante, Jorge Ortiz de Pinedo y sus hijos Óscar y Pedro echaron para adelante un proyecto que parecía la conquista del Everest: abrir dos teatros en el sur de la ciudad, con una programación diversa y con el fin de crear nuevas fuentes de trabajo para los compañeros del gremio. Los teatros fueron bautizados como Royal y Odeón, de 386 y 126 butacas, respectivamente. El proyecto demuestra además su generosidad, porque se inauguró en marzo pasado no con una producción de la familia Ortiz de Pinedo sino de Arturo Barba con la obra Jugadores, de Pau Miró, con las actuaciones de José Alonso, Juan Carlos Colombo, Héctor Bonilla y Patricio Castillo, bajo la dirección de Luis Eduardo Reyes. Y después de eso, Jorge e hijos se han dado a la tarea de abrir sus puertas a creadores jóvenes tanto del mal llamado teatro comercial como del cultural.

Pero el proyecto de Centro Cultural Royal, construido en lo que en los años noventa del siglo pasado fue una discoteca famosa, contempla aún un tercer teatro que posiblemente se habilite para el 2018.

A pesar de su nobleza, abrir un teatro en este país es una empresa que tiene todo en contra: permisos, impuestos, inspectores que van tras la mordida, reglamentos. Abrir un teatro es de valientes, y como los Ortiz de Pinedo son tres, van por el mismo número de salas. ¡Larga vida!