¿Para qué teatro aquí y ahora?

Durante la asamblea de la comunidad teatral del martes pasado, un representante de los egresados de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa fue invitado a intervenir.
Teatro social: una experiencia enriquecedora.
Teatro social: una experiencia enriquecedora. (Especial)

México

La pregunta que nos ronda las cabezas a muchos en los últimos meses ha resonado con enorme intensidad en las semanas recientes. En la develación de placa, el lunes pasado, de la obra El hijo de mi padre, de, por y con Adrián Vázquez —extraordinario retrato de los mundos de terror que puede haber en la infancia— se volvió un acontecimiento doble al dar voz a uno de los padres y a un compañero de los 43 desaparecidos de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa. A la dureza de la obra se incorporó el dolor de un padre que no se resigna a la ausencia de su hijo, y que pide con una voz queda, cansina, que la sociedad y los artistas tampoco nos resignemos, que no seamos indiferentes. Y cada noche, en los teatros institucionales e independientes del país, multiplicados, eventos similares se desarrollan. Al final de cada función “algo” ocurre en torno a este ¡ya basta! que buena parte de la sociedad ha gritado.

En esta columna he escrito fragmentaria aunque prolijamente sobre experiencias de teatro social y comunitario; también en torno a aquel que se ha construido ante dictaduras como la argentina, o bien sobre cómo ha respondido el teatro en el contexto de la guerra en Colombia. Y supongo que muy pocos tendrán dudas respecto a la capacidad sanadora del teatro (y las artes). Sin embargo, la pregunta inicial plantea un cuestionamiento más allá de la labor de las instituciones de cultura del país, a quienes siempre habremos de reclamar porque es la costumbre y porque es cómodo. A pesar de los muchos compañeros de gremio que ya han tomado el camino de hacer un teatro para los públicos no consumidores habituales de cultura, estaría bueno que aquellos instalados en una zona de confort nos preguntáramos qué tenemos que hacer por todos aquellos mexicanos que no tienen acceso a su derecho constitucional a la cultura. El campo es vastísimo porque el 90 por ciento de nuestros conciudadanos carecen de servicios culturales. Es claro que las instituciones están rebasadas y no habrá presupuesto que alcance. Es por ello que nuestro papel no puede ser el de esperar su acompañamiento pasivamente en la alta tarea de construir una mejor patria por medio del arte.

Durante la asamblea de la comunidad teatral del martes pasado, un representante de los egresados de la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa fue invitado a intervenir. Y él nos convocó a sumarnos a las Brigadas Culturales por la Paz que consistirán en talleres y presentaciones de teatro y danza en distintas comunidades de Guerrero. Llamado urgente, llamado solidario, llamado por la paz. ¿Qué esperamos?