La crítica de teatro: Proyecto Ruelas /III

El trabajo con esta obra se desarrolla en la comunidad ya citada y en La Escondida, donde ha sido muy difícil reclutar actores por las distancias y los problemas que encarna la pobreza extrema ...
Raquel Araujo y sus actores.
Raquel Araujo y sus actores. (Especial)

México

Sueño de una noche de verano, de Shakespeare, resuena en voces niñas en un escenario de pasto y tierra que tiene por ciclorama un par de árboles de capulín muy bonitos y una cortina de cactus de los que conocemos como órganos. Son 23 niños y niñas de entre 6 y 13 años, siete jóvenes entre 17 y 25 años, y dos ancianos, una mujer y un hombre. Ese es el elenco que la directora Raquel Araujo ha reunido para el montaje que en el poblado de Pozo Blanco del Capulín, en el municipio de San José Iturbide, Guanajuato, hará parte del Proyecto Ruelas, que impulsan el Festival Internacional Cervantino, la Secretaría de Gobernación, varias instancias del gobierno del estado y la Universidad. “También hay dos señoras que nos ayudan con el vestuario, un grupo de músicos ciegos de 6 personas... En fin… No hay hombres adultos en el grupo porque o han migrado o no se atreven a hacer teatro”, nos comenta Raquel Araujo en breve charla.

El trabajo con esta obra se desarrolla en la comunidad ya citada y en La Escondida, donde ha sido muy difícil reclutar actores por las distancias y los problemas que encarna la pobreza extrema de las familias que suelen ser conformadas por entre 8 y 15 hijos. La planificación familiar es un concepto que no se conoce y casi todos los niños ayudan a sus papás en la ladrillera de la localidad, trabajo brutal para los niños a los que se les ha robado la infancia porque buena parte no estudia ni tienen un desarrollo como lo exige la Convención sobre los Derechos de los Niños que adoptó la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1989 y que ratificó México en 1990. Hay problemas de alcoholismo, violencia intrafamiliar y un alto índice de migración. Eso tanto en La Escondida y Pozo Blanco. No obstante, en esta última el trabajo infantil es en la milpa y se respira de otra manera. Ambas son poblaciones sin agua ni servicios.

“Muchos adolescente y adultos trabajan en las empresas agrícolas gringas que acaparan el agua, pagan un sueldo miserable (700 pesos a la semana) y cosechan con sus manos unos vegetales de exportación que nunca pasarán por sus paladares. Algunos de los jóvenes trabajan ahí pero sus padres están de sol a sol. No tienen opciones ni planes de vida.

La importancia tangible del uso del tiempo libre, de esparcimiento y desarrollo cultural a través del teatro ha sido la sorpresa para ellos y para nosotros. En esos poblados no hay mayor cosa que hacer que la tele, el alcohol y las drogas”, apunta Raquel, con los ojos iluminados no solo por llevar el teatro a estas comunidades sino por la enseñanza que recibe de ellas.