Los taxistas contra Uber

Es visiblemente injusto que, para prestar lo que básicamente es el mismo servicio, a unos se les exija transitar por un costoso infierno burocrático y a otros no.
Una batalla que no es trivial.
Una batalla que no es trivial. (Héctor Téllez)

México

Uno de los rasgos más dañinos del fundamentalismo de libre mercado que rige nuestra época es la idea de que cualquier arreglo que reduzca los precios para el consumidor final es benéfico como tal. Esta idea tiene efectos devastadores para pequeños y medianos productores o empresarios, que simplemente tienden a ser reemplazados por grandes corporaciones que acaparan el mercado mediante el poder que les confiere su tamaño. De ese modo, una de las consecuencias que tiene el credo de llegar a los precios más bajos a como dé lugar es, paradójicamente, el de concentrar la riqueza en corporaciones gigantescas como Walmart o Amazon, que ocasionan el cierre de las tiendas de abarrotes o las pequeñas librerías, que simplemente no pueden ofrecer precios tan bajos. Desde el punto de vista social, lo que gana el consumidor final al poder comprar más barato lo pierden los intermediarios que son borrados del mapa.

Por eso, no es trivial la batalla que libran los taxistas de la Ciudad de México contra empresas como Uber o Cabify, que ofrecen el mismo servicio sin necesidad de pasar por los infinitos requisitos reguladores que sí se les exigen a los taxis (por cierto: esta batalla no es exclusiva de la Ciudad de México, pues en Madrid y Barcelona ha habido protestas similares, que incluso han llevado a la prohibición de que Uber ofrezca sus servicios en dichas ciudades).

Por más que los taxistas y todo lo que huela a gremio gocen de mala reputación ante la opinión pública mexicana, es visiblemente injusto que, para prestar lo que básicamente es el mismo servicio, a unos se les exija transitar por un costoso infierno burocrático y a otros no. La innovación tecnológica no es una razón suficiente como para sostener dicho estado de cosas. Además, dado el descomunal volumen de negocio, ¿cuál sería el impedimento para que dichas empresas obtuvieran una especie de concesión por la cual tuvieran que pagar, como sucede con cualquier otro tipo de transporte público? No es descabellado pensar que existe suficiente margen como para que sean reguladas y paguen lo correspondiente. De lo contrario, los taxistas llevan toda la razón cuando advierten que entonces ellos ya tampoco se someterán a regulación alguna por parte de la autoridad.

En México existe el componente adicional de que, a causa de requerirse tener tarjeta bancaria y un smartphone, Uber está dirigido a un estrato poblacional selecto. Llegamos así a una paradoja peor: para que gente relativamente afluente ahorre un poco en transporte, pierde un estrato social desfavorecido como son los taxistas, que, generalmente y pese a trabajar jornadas larguísimas, se ven en dificultades para pagar la cuenta, y además ganar lo necesario para sostener un hogar.