CRÓNICA | POR FERNANDO ZAMORA/ MILENIO DOMINICAL

Una tatarabuela de Cartago

De México a Costa Rica

En busca de los rastros de su árbol genealógico, el cronista recupera la conmovedora historia familiar de Gertrudis Casimira Romero Sáenz y Vázquez de Quintanilla, descendiente de una estirpe de conquistadores y piratas mediterráneos llegados a Centroamérica.

Oficina de Turismo de Costa Rica
Oficina de Turismo de Costa Rica (Daniel Vargas)

Ciudad de México

Mi tatarabuela nació en Cartago, Costa Rica. De ello me enteré cuando tenía yo 13 años porque mi padre trajo a casa unos folios doblados como si fuesen papiros. Los abrías y ocupaban la mesa del comedor. Estaban escritos con letra menuda y redonda, llenos de fechas y nombres de sabor antiguo: Gertrudis Casimira Romero Sáenz y Vázquez de Quintanilla. “¿Qué es esto?”, le pregunté a mi papá. “Nuestro árbol genealógico”. “¿Y esa señora quién es?”. “Tu tatarabuela”. Ese nombre era el más misterioso de todo aquel árbol genealógico. Era el que me conectaba a mí con una ralea de conquistadores, piratas y bastardos que perdieron la suerte en el Mediterráneo y tuvieron que venir a América para que naciera yo.

Años después me inscribí por internet en la Academia Costarricense de Ciencias Genealógicas; pude seguir las huellas de muchos apellidos y personas, aunque el que más me gusta es el de Gertrudis de Cartago. La imaginaba viviendo en una encomienda gobernada por españoles venidos a menos, escapados de Sevilla para irse a morir al otro lado del mar. Sin embargo no conocía Costa Rica, aunque, claro, había escuchado aquello que dicen, que el país es “La Suiza de Centroamérica”, pero incrédulo como soy me era imposible imaginar a un suizo comiendo frijoles con arroz. Gertudis, pensaba yo, debe haber sido como aquella alumna costarricense que tuve cuando viví en Cuba: tenía un orgullo implacable, fumaba mucho y escogía a sus amantes. Era sarcástica hasta el dolor y una tarde de cigarros y copas me confesó que los mexicanos le caían mal. “¿Yo te caigo mal?”. “Bueno, tú no, pero los mexicanos llegan a Costa Rica y dicen: ‘Ah, esto en México se llaman gorditas’, ‘estos son buñuelos’ y lo peor: ‘¡tienen cines!’”. Me reí de la caricatura que mi alumna costarricense estaba haciendo del mexicano aunque no podía negar cierto sustrato de verdad. He conocido capitalinos que se sorprenden de que haya tiendas departamentales en Veracruz y europeos que creen que los mexicanos somos contumaces en aquello de sacrificar inocentes en honor de Tezcatlipoca. A mi tatarabuela de apellidos cuádruples la imaginaba como a esa alumna. En su versión decimonónica, se entiende: con corsé pero fumando y, eso siempre, escogiendo a sus amantes.

El año pasado recibí una invitación para un congreso en Turrialba, Costa Rica. “Hace frío”, me dijeron y yo metí en la maleta el abrigo relleno de plumas dispuesto a conocer, por fin, La Suiza de Centroamérica.

Turrialba es un destino agroturístico, concepto esquivo que consiste en vivir rodeado de animales y comer lo que produce el hotel. El volcán es una delicia que me persiguió durante todo el congreso, con su mechón de humo blanco cayendo por la las laderas de árboles muertos. No bien había un descanso en las conferencias, me echaba yo al pasto y me quedaba mirando el volcán. Pensaba: “tú seguirás aquí cuando yo ya no”.

En las noches de Turrialba no hay mucho que hacer. Mira uno las estrellas, descubre el rojo de Marte y charla de cosas sin importancia. “¿Cartago está por aquí?”, le pregunte a un compañero. “Más o menos, camino de San José pasaremos por ahí”.

Decidí entonces que cuando nos llevaran de regreso a San José yo bajaría a mitad de la carretera. Me sentí un aventurero aunque, claro, me aseguré de que había autobuses hacia la capital. Quería conocer la ciudad de mi tatarabuela, no quedarme a vivir con ella.

Un viernes a las cuatro de la tarde me aproximé al chofer de la guagua y le pedí que me bajara. Los compañeros del congreso me miraron medio dormidos. Yo bajé y fui luego por una calle muy larga hasta el centro de la ciudad. Llegué a Cartago, como san Agustín en sus Confesiones. Aquél nombre, más que a “tatarabuela” sonaba a Guerras Púnicas, a Norte de África. Tuvieron que pasar algunas horas para que “Cartago” adquiriera en mí otra imagen, la de mi bisabuelo hincado junto a su madre, mi tatarabuela.

Por más que no son ruinas fenicias, Cartago, la ciudad de Costa Rica tiene las suyas. Son las ruinas de la primera catedral que fundó Juan Vázquez de Coronado en 1563. Ahí me senté a mirar el sol que ya se apagaba. La catedral se vino abajo en 1841 con un sismo y un incendio. Junto a los muros desplomados resulta inevitable recordar La catedral sumergida de Debussy. “He llegado a Cartago y en aquella catedral sumergida mi abuela habrá ido a misa y habrá llevado a mi bisabuelo antes de partir al norte”. Poco antes de que terminara de atardecer, los pájaros escaparon de las copas de los árboles y volaron en parvada moviéndose como un humo negro que vigila la ciudad.

Como era noche y estaba cansado, me conseguí un hotel ecológico. Todo en Costa Rica es ecológico o pretende serlo. Están orgullosos de su naturaleza y tienen razón, es exuberante y diversa. A la mañana siguiente volví al centro de la ciudad con una cámara y un mapa, en franco cliché de turista. Me dispuse a mirar oler y saber. Desayuno: huevos con gallopinto. Comida: olla de carne y gallopinto. Cena, pescado con gallopinto. El gallopinto es lo que en Cuba se llama moros con cristianos aunque tiene su sazón y, claro, evité decirle al camarero: “!Ah! Eso que ustedes llaman gallopinto, en Cuba le dicen moros con cristianos y en México le decimos frijoles con arroz”. El gallopinto es un asunto serio en Costa Rica. Ya durante el congreso había escuchado una discusión en torno a la manera justa en que deben estar casados el arroz y los frijoles.

Siguiendo lo que pensé que era el espíritu de la tatarabuela me introduje en el mercado. Ahí adentro todos gritan y se desviven por vender, más por oficio que por necesidad. Me gusta el olor de los mercados, es lo más parecido a un “museo del olfato”, va uno por pasillos que huelen a carne, a pescado, a un guiso, flores, frutas, hierbas medicinales, especias. Al otro lado del Mercado Central de Cartago está la estación de ferrocarriles y en una esquina un local misterioso en el que miro a varios hombres lúbricos bebiendo cerveza Imperial a las 10 de la mañana. He llegado a la zona roja, por aquí las mujeres trabajan desde temprano. Le guiñan al pueblo e invitan a éste y a aquel a introducirse en la noche sea la hora que sea. Uno que otro disipado, además, mira el futbol custodiado por una chica.

Así dice Dostoievsky: “El corazón humano, el de la mayoría de los hombres, halla la belleza incluso en actos vergonzosos como el ideal de Sodoma. Es el duelo entre Dios y el diablo: el corazón humano es el campo de batalla”. Y tiene razón: esta zona roja tiene su encanto aunque decido perseguir a la tatarabuela, mejor, en otro lugar. ¿Dónde habrá vivido? Quiero pensar que cerca de la Basílica de Nuestra Señora de los Ángeles, que en Cartago es muy famosa. Así, como los personajes de Dostoievsky, decidí caminar desde “el ideal de Sodoma” hasta el “ideal de La Virgen”; desde la Estación Ferrocarrilera de Cartago hasta una hermosísima basílica que hoy se erige donde, en 1653, una mulata encontró una imagen de María.

Tal vez sea por una cierta nostalgia inventada en este trayecto por conocer el lugar en que vivió la tatarabuela, no lo sé, pero la Basílica de Nuestra Señora de los Ángeles me parece lo más hermoso de todo el país. Hay allá adentro un aire de religiosidad tranquila y desapasionada, pero que no deja de ser ferviente. Los pisos y los techos son de madera en contraste con la fachada muy blanca. Afuera, en la plaza, las nubes han comenzado a aglutinarse y parece que lloverá. Entonces la veo. Es una mujer de unos 30 años que trae de la mano a su hijo de 10. Primero se santiguan y luego se hincan y así, de hinojos, se mueven unos 100 metros desde la entrada de la basílica hasta la imagen milagrosa. Rezan. En ellos creo ver a la tatarabuela y a su hijo. Pienso: “vienen a pedir a La Virgen que les conceda un camino salvo ahora que huyen a Estados Unidos”. Fue salvo el camino, pero la Providencia, tal vez La Virgen, quiso que se quedaran en México y gracias a eso, nací yo.


@fernandovzamora

La Basílica de Nuestra Señora de los Ángeles me parece lo más hermoso de todo el país.