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Domingo , 21.10.2018 / 07:59 Hoy

Tanto llorar y para qué

A fuego lento 

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Tres momentos componen Obra negra, una novela de descubrimiento y reinvención: la estancia de la narradora y protagonista en una ciudad anónima después de abandonar a una madre moribunda y a un padre que sueña con adquirir la casa ideal; la recreación de una infancia habitada por los ángeles y demonios del catolicismo y por el miedo al cuerpo y sus deseos; y la liberación definitiva. Trata entonces de la ausencia de claridad, de la imposibilidad de elegir, y de cómo los actos cobran por fin sentido.

Puesta así, Obra negra sugeriría una respuesta literaria a una crisis de identidad. Resulta, sin embargo, que no pasa de los cuadros de costumbres a la manera de la novela mexicana de corte realista en el siglo XIX. Una secuencia ejemplifica esta desgana. De vuelta a su niñez, la narradora recrea el día en que, junto a sus padres y abuelos, visita Ayotla para presenciar la representación del Viacrucis. Ya que solo hay cabida para una composición descriptiva, vemos una Brasilia color plata, botellas de Bacardí, una copia de La última cena, bolsas de Sabritones, cacahuates japoneses y cigarros Baronet; escuchamos a Pandora y aspiramos el olor del pollo en mole. No faltan, por supuesto, algunas vistas a la multitud que sigue el calvario de Jesús. De pronto, nos sentimos leyendo uno de esos relatos de El diosero, tan adecuados para expresar una sensibilidad mexicana, y en este caso de una colonia de clase media de la Ciudad de México: la Unidad Santa Fe. Qué queda: una estampa de viejas curiosidades que también semeja un catálogo de gustos y marcas comerciales.

Pero el costumbrismo rebasa fronteras. Cuando la narradora ha dejado ya de ser un rehén de las admoniciones religiosas, se muda a una pequeña ciudad canadiense junto a la familia de su novio, y con la misma disposición que mostró para recrear su pasado se lanza a retratar sus usos y costumbres. El colmo de la sorpresa bobalicona llega cuando asiste a un partido de hockey, que describe como un spring breaker lo haría frente a la celebración del Día de Muertos.

Si a la mirada costumbrista sumamos la facilidad para acuñar frases con un alto contenido de azúcar, no queda sino lamentar el viaje por 226 páginas: “Y es que uno nunca será todo para otro, para nadie, ni siquiera para sí mismo”; “todos huyen de lo que más aman”; “Tal vez el amor sucede sin que uno lo planee; quizá sin que uno lo espere”. Y luego está el llanto fácil que irrumpe en cualquier circunstancia. El dolor supremo se vuelve entonces el supremo poder de aburrir a los demás. La narradora llora porque no quiere ir a la escuela, porque está obligada a comer milanesas, porque se muere su perro, porque una bola de nieve golpea su oreja, porque su padre se ha ido quién sabe adónde… y a uno le invade un tedio ineludible.

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