"El suplicio de Papá Noel" (1952)

Anticipo del libro Todos somos caníbales de Claude Lévi-Strauss

Ciudad de México

En Francia, las fiestas navideñas de 1951 habrán quedado marcadas por una polémica a la que tanto la prensa como la opinión pública parecen haberse mostrado por lo demás sensibles, y la cual introdujo en la alegre atmósfera habitual de ese periodo del año una inusitada nota de amargura. Hacía ya varios meses que las autoridades eclesiásticas, en boca de algunos prelados, habían expresado su desaprobación con respecto a la creciente importancia dada por las familias y los comerciantes al personaje de Papá Noel. Denunciaban una inquietante "paganización" de la Fiesta de la Natividad, la cual distrae al espíritu público del sentido propiamente cristiano de esa conmemoración, en beneficio de un mito sin valor religioso alguno. Esos ataques se desarrollaron en vísperas de la Navidad. Con mayor discreción sin duda, aunque con igual firmeza, la Iglesia protestante unió su voz a la de la Iglesia católica. En los periódicos ya habían aparecido cartas de lectores y artículos que daban testimonio, en diversos sentidos pero por lo general hostiles a la posición eclesiástica, del interés que este asunto había despertado. Por fin, el punto culminante se alcanzó el 24 de diciembre, durante una manifestación que el corresponsal del diario France-Soir relata en los siguientes términos:

PAPÁ NOEL FUE QUEMADO EN EL ATRIO
DE LA CATEDRAL DE DIJON, EN PRESENCIA
DE LOS NIÑOS DE LOS PATRONATOS[1]

Ayer por la tarde, Papá Noel fue colgado de las rejas de la catedral de Dijon y públicamente quemado en el atrio. Esa ejecución espectacular se llevó a cabo en presencia de varios centenares de niños de distintos patronatos y había sido decidida con el acuerdo del clero, que había condenado a Papá Noel por usurpador y hereje. Se lo había acusado de paganizar la fiesta de la Navidad y de haberse instalado en ella como un pájaro cucú, tomando un lugar cada vez más preponderante. Se le reprochaba, sobre todo, el haberse introducido en todas las escuelas públicas, donde el pesebre está escrupulosamente prohibido.

El domingo a las tres de la tarde, el desgraciado muñeco de barba blanca pagó, como muchos inocentes, por una falta de la cual eran culpables quienes irían a aplaudir su ejecución. El fuego abrasó su barba y el muñeco se desvaneció en el humo.

Al término de la ejecución, se publicó un comunicado del cual se reproduce lo esencial:

"Representando a todos los hogares cristianos de la parroquia deseosos de luchar contra la mentira, doscientos cincuenta niños, agrupados frente a la puerta principal de la catedral de Dijon, quemaron a Papá Noel.

"No se trataba de una atracción, sino de un gesto simbólico. Papá Noel ha sido sacrificado como holocausto. A decir verdad, la mentira no puede despertar el sentimiento religioso en el niño y no es, de ningún modo, un método de educación. Que otros digan y escriban lo que quieran, que hagan de Papá Noel el contrapeso del Père Fouettard.[2]

"Para nosotros, cristianos, la fiesta de la Navidad debe seguir siendo la fiesta del aniversario del nacimiento del Salvador."

La ejecución de Papá Noel en el atrio de la catedral fue apreciada en distinto grado por la población y provocó vivas reacciones, incluso entre los católicos.

Por lo demás, esa intempestiva manifestación podría tener secuelas no previstas por sus organizadores.

"El asunto divide a la ciudad en dos bandos.

"Dijon espera la resurrección del Papá Noel asesinado ayer en el atrio de la catedral. Resucitará esta tarde, a las 18 horas, en el edificio de la municipalidad. En efecto, un comunicado oficial anunció que, como cada año, Papá Noel convocaba a los niños de Dijon a la plaza de la Liberación y que les hablaría desde lo alto del tejado de la municipalidad, donde circulará bajo las luces de los reflectores.

"El canónico Kir, diputado y alcalde de Dijon, se habría abstenido de tomar partido en esta delicada cuestión."

Ese mismo día, el suplicio de Papá Noel pasaba a los primeros puestos de la actualidad; no había un solo diario que no comentara el incidente, algunos —como el citado France-Soir, periódico de mayor tirada de la prensa francesa— incluso llegaron a dedicarle el editorial. De un modo general, se desaprueba la actitud del clero de Dijon; a tal punto, parece, que las autoridades religiosas juzgaron adecuado batirse en retirada o, por lo menos, observar una discreta reserva; se dice, empero, que nuestros ministros están divididos sobre la cuestión. El tono de la mayor parte de los artículos registra una sensiblería llena de tacto: es tan lindo creer en Papá Noel, no le hace daño a nadie, es motivo de grandes satisfacciones para los niños y los provee de deliciosos recuerdos para la edad madura, etc. En realidad, se escapa a la pregunta en lugar de responderla, pues no se trata de justificar las razones por las cuales Papá Noel place a los niños, sino aquellas que llevaron a los adultos a inventarlo. Sea como sea, estas reacciones son tan unánimes que no cabría dudar de que existe un divorcio entre la opinión pública y la Iglesia en este punto. A pesar del carácter mínimo del incidente, el hecho reviste importancia ya que la evolución francesa a partir de la Ocupación nos había hecho presenciar una reconciliación progresiva entre una opinión ampliamente no creyente y la religión: el acceso a los consejos gubernamentales de un partido político tan netamente confesional como el MRP (Movimiento Republicano Popular) constituye una prueba de ello. Por otra parte, los anticlericales de siempre se percataron de la ocasión inesperada que se les estaba brindando: son ellos, en Dijon y en otras partes, quienes se desempeñaron como protectores del Papá Noel amenazado. Papá Noel, símbolo de la irreligión, ¡qué paradoja! Porque en este asunto, todo sucede como si fuera la Iglesia quien adopta un espíritu crítico, ávido de franqueza y verdad, mientras que los racionalistas actúan como los guardianes de la superstición. Esta aparente inversión de roles basta para sugerir que el ingenuo asunto abarca realidades más profundas. Estamos en presencia de una manifestación sintomática de una muy rápida evolución de las costumbres y las creencias, en primer lugar en Francia, pero sin lugar a duda también en otros lugares. No todos los días el etnólogo encuentra de esta forma la ocasión de observar, en su propia sociedad, el súbito crecimiento de un rito, y hasta de un culto; de investigar sus causas y estudiar su impacto en las demás formas de la vida religiosa; de tratar de comprender, finalmente, a qué transformaciones de conjunto, mentales y sociales a la vez, están ligadas algunas manifestaciones visibles sobre las cuales la Iglesia —dueña de una experiencia tradicional en estas materias— no se ha equivocado, por lo menos en la medida en que se limitaba a atribuirles un valor significativo.

Desde hace unos tres años, es decir, desde que la actividad económica ha vuelto más o menos a la normalidad, la celebración de la Navidad ha cobrado una amplitud desconocida en Francia antes de la guerra. Es cierto que ese desarrollo, tanto por su importancia material como por las formas en que se produce, es un resultado directo de la influencia y del prestigio de los Estados Unidos. Así pues, hemos visto aparecer simultáneamente grandes pinos iluminados por la noche en los cruces de avenidas o en las principales arterias; papeles historiados para envolver los regalos; tarjetas navideñas con viñetas, además del hábito de exponerlas durante la semana fatídica sobre la chimenea del destinatario; colectas del Ejército de Salvación, quienes cuelgan sus calderos a modo de platito en plazas y calles y, por último, personajes disfrazados de Papá Noel para recibir las súplicas de los niños en las grandes tiendas. Todas esas costumbres, que todavía hasta hace algunos años el francés que visitaba los Estados Unidos consideraba como pueriles y barrocas, y como uno de los signos más evidentes de la incompatibilidad innata que existe entre ambas mentalidades, se implantaron y aclimataron en Francia con una holgura y una generalidad que representan una lección de estudio para el historiador de las civilizaciones.

En ese campo, como también en otros, estamos asistiendo a una vasta experiencia de difusión, sin duda no muy distinta de esos fenómenos arcaicos que estábamos acostumbrados a estudiar a partir de los lejanos ejemplos del encendedor de pistón o de la piragua con balancín. Pero es muy fácil, y a su vez más difícil, razonar sobre hechos que se están llevando a cabo ante nuestros ojos y cuyo teatro es nuestra propia sociedad. Más fácil, puesto que la continuidad de la experiencia se ve salvaguardada, con todos sus momentos y con cada uno de sus matices; más difícil también, ya que es en tales y demasiado raras ocasiones que uno se da cuenta de la extrema complejidad de las transformaciones sociales, aun las más tenues; y porque las razones aparentes que otorgamos a los acontecimientos de los que somos actores son sumamente distintas de las causas reales que nos asignan un papel en ellos.

De este modo, sería demasiado simple explicar el desarrollo de la celebración de la Navidad en Francia por la mera influencia de los Estados Unidos. La imitación es un hecho, pero no encierra sino de manera muy incompleta sus motivos. Enumeremos rápidamente aquéllos que son obvios: hay más estadunidenses en Francia, los cuales celebran la Navidad a su manera; el cine, los digests y las novelas, así como algunos reportajes de los grandes diarios, dieron a conocer las costumbres estadunidenses y éstas se benefician del prestigio del que gozan el poderío militar y económico de los Estados Unidos; no queda excluido que el Plan Marshall haya directa o indirectamente favorecido la importación de algunas mercaderías relacionadas con los ritos de Navidad. Pero todo ello sería insuficiente para explicar el fenómeno. Ciertos usos importados de los Estados Unidos se imponen incluso a los estratos de la población que no son conscientes del origen de los mismos; los sectores obreros, donde la influencia comunista tendería a desacreditar todo lo que lleve la marca made in USA, los adoptan con la misma facilidad que los demás. Por consiguiente, además de la difusión simple, cabe mencionar ese proceso tan importante que Kroeber, el primero en identificarlo, nombró difusión por estimulación (stimulus diffusion): el uso importado no está asimilado, sino que más bien desempeña el rol de catalizador; es decir que suscita, por su sola presencia, la aparición de un uso análogo que ya estaba presente en un estado potencial en el medio secundario. Ilustremos este punto mediante un ejemplo que concierne directamente nuestro tema. El fabricante de papel que va a los Estados Unidos, invitado por sus colegas estadunidenses o como miembro de una misión económica, constata que allí se fabrican papeles especiales para envoltorios de Navidad; imita esta idea, es un fenómeno de difusión. El ama de casa parisina que va a la papelería de su barrio a comprar el papel necesario para envolver sus regalos, nota en la vitrina un tipo de papel más bonito y de factura más prolija que aquél con el que se contentaba antes. Ignora todo acerca de la costumbre americana, pero ese papel satisface una exigencia estética y expresa una disposición afectiva ya presentes, aunque privadas de medios de expresión. Al adoptarla, no está imitando directamente (como el fabricante) una costumbre extranjera, sino que esa costumbre, ni bien la reconoce, estimula en ella el surgimiento de una costumbre idéntica.

En segundo lugar, no hemos de olvidar que ya desde antes de la guerra, el festejo de la Navidad registraba en Francia y en toda Europa una marcha ascendente. Ese hecho está relacionado, ante todo, con el mejoramiento progresivo del nivel de vida, pero engloba también algunas causas más sutiles. Con los rasgos que le conocemos, la Navidad es esencialmente una fiesta moderna a pesar de la multiplicidad de caracteres arcaizantes. El uso del muérdago no es una pervivencia druídica, por lo menos no de modo inmediato, ya que parece haber vuelto a ponerse de moda en la Edad Media. El árbol de Navidad no se menciona en ninguna parte con anterioridad a ciertos textos alemanes del siglo XVII, pasa a Inglaterra en el siglo XVIII y a Francia recién en el siglo XIX. Littré parece conocerlo de manera errónea, o bajo una forma bastante distinta de la nuestra, puesto que así lo define en su diccionario (en la entrada Navidad): "Dícese en algunos países de una rama de pino o de acebo diversamente ornamentada, guarnecida sobre todo con dulces y juguetitos para ser entregados a los niños, quienes se hacen con ellos una fiesta". La diversidad de los nombres dados al personaje que tiene la tarea de repartir los juguetes a los niños —Papá Noel, San Nicolás, Santa Claus— también refleja que es producto de un fenómeno de convergencia y no un prototipo antiguo conservado en todas partes.

Pero el desarrollo moderno no inventa nada: se limita a recomponer piezas y trozos de una vieja celebración cuya importancia jamás ha sido del todo olvidada. Si para Littré el árbol de Navidad es casi una institución exótica, Cheruel, en su Diccionario histórico de las instituciones, los usos y las costumbres de Francia (por confesión del propio autor, una revisión del diccionario de antigüedades nacionales de SaintePalaye) señala de manera significativa: "La Navidad... fue, durante varios siglos y hasta una época reciente [el subrayado nos pertenece], la ocasión de festejos de familia"; sigue una descripción de los festejos navideños en el siglo XIII, que parecen no tener nada que envidiar a los nuestros. Estamos en presencia, pues, de un ritual cuya importancia ya ha ido fluctuando mucho en la historia; conoció apogeos y declives. La forma estadunidense no es sino el más moderno de esos avatares.

Dicho sea de paso, estas rápidas indicaciones bastan para mostrar cuán necesario es, frente a problemas de esta índole, desafiar toda explicación demasiado fácil que remita de modo automático a los "vestigios" y a las "pervivencias". Si no hubiera existido, en tiempos prehistóricos, un culto a los árboles que se mantuvo en diversos usos folclóricos, la Europa moderna sin duda no habría "inventado" el árbol de Navidad. Pero, como lo hemos demostrado antes, se trata definitivamente de una invención reciente. Y sin embargo, este invento no nació a partir de la nada. Porque otros usos medievales están perfectamente documentados: el leño de Navidad (convertido en pastel en París) hecho de un tronco lo suficientemente grueso como para arder toda la noche; los cirios navideños de un tamaño determinado para asegurar el mismo resultado; la decoración de los edificios (desde las Saturnales romanas a las que nos referiremos luego) con ramos que reverdecen: hiedra, acebo, pino; por último, y sin relación alguna con la Navidad, las novelas de la Mesa Redonda que hablan de un árbol sobrenatural enteramente cubierto de luces. En ese contexto, el árbol de Navidad aparece como una solución sincrética, es decir, que concentra en un solo objeto exigencias hasta entonces dadas en estado dispar: árbol mágico, fuego, luz duradera, verdor persistente. De manera inversa, Papá Noel es, en su forma actual, una creación moderna; y más reciente aún es la creencia (que obliga a Dinamarca a tener una oficina postal especial para responder a las cartas de todos los niños del mundo) que le atribuye domicilio en Groenlandia, posesión danesa, y que lo muestra viajando en un trineo tirado por renos. Incluso se dice que ese aspecto de la leyenda se desarrolló sobre todo en el transcurso de la última guerra, en razón de la permanencia de algunas fuerzas estadunidenses en Islandia y Groenlandia. Y sin embargo, los renos no están ahí por casualidad, puesto que algunos documentos ingleses del Renacimiento mencionan trofeos de renos que se exhibían con motivo de las danzas de Navidad, todo ello con anterioridad a toda creencia en Papá Noel y, más aún, a la formación de su leyenda.

Por lo tanto, se barajan y se vuelven a barajar elementos muy viejos, se introducen otros, se hallan fórmulas inéditas para perpetuar, transformar o revivificar antiguos usos. No hay nada específicamente nuevo en eso que uno quisiera llamar, sin juegos de palabras, el renacimiento de la Navidad. Entonces, ¿por qué suscita semejante emoción y por qué es en torno al personaje de Papá Noel que se concentra la animosidad de algunos?

Papá Noel está vestido de escarlata: es un rey. Su barba blanca, sus pieles y sus botas, el trineo en el cual viaja, remiten al invierno. Se lo llama "Papá" y es un anciano, por ende encarna la forma bondadosa de la autoridad de los ancianos. Todo ello es bastante claro, pero ¿en qué categoría conviene colocarlo desde el punto de vista de la tipología religiosa? No es un ser mítico, ya que no hay un mito que dé cuenta de su origen y de sus funciones; y no es tampoco un personaje de leyenda, puesto que no está ligado a ningún relato semihistórico. En realidad, este ser sobrenatural e inmutable, eternamente fijado en su forma y definido por una función exclusiva y un retorno periódico, tiene más bien que ver con la familia de las divinidades; por otro lado, recibe un culto por parte de los niños, en determinadas épocas del año, en forma de cartas y rezos; recompensa a los buenos y priva a los malos. Es la divinidad de una franja de edad de nuestra sociedad (franja de edad que la creencia en Papá Noel basta para caracterizar), y la única diferencia entre Papá Noel y una auténtica divinidad es que los adultos no creen en él, si bien alientan a sus hijos a hacerlo y alimentan esa creencia a través de una gran cantidad de mistificaciones.

Papá Noel es, en primer lugar, la expresión de un estatus diferencial entre los niños pequeños por un lado y los adolescentes y los adultos por el otro. En ese sentido, está relacionado con un vasto conjunto de creencias y de prácticas que los etnólogos han estudiado en la mayoría de las sociedades, a saber, los ritos de pasaje y de iniciación. En efecto, pocas son las agrupaciones humanas donde, bajo una forma u otra, los niños (a veces también las mujeres) no estén excluidos de la sociedad de los hombres por la ignorancia de ciertos misterios, o por la creencia —alimentada con sumo cuidado— en alguna ilusión que los adultos se reservan el derecho de revelar en el momento oportuno, para consagrar de tal modo la admisión de las jóvenes generaciones en la propia. A veces, esos ritos se asemejan asombrosamente a los que estamos examinando ahora. Por ejemplo, ¿cómo no sorprenderse de la analogía que existe entre Papá Noel y las kachinas de los indios del sudoeste de los Estados Unidos? Esos personajes disfrazados y enmascarados encarnan a dioses y ancestros; regresan periódicamente a visitar la aldea para bailar y para castigar o recompensar a los niños, ya que todo está dispuesto para que éstos no reconozcan a sus padres o familiares bajo el disfraz tradicional. Papá Noel pertenece ciertamente a la misma familia, junto con otras comparsas que hoy pasaron a ocupar el último plano: Croquemitaine,[3] Padre Látigo, etc. Es por demás significativo que las mismas tendencias educativas que hoy en día proscriben el recurso a esas kachinas punitivas hayan desembocado en la exaltación del personaje bondadoso de Papá Noel, en lugar de englobarlo en la misma condena —como el desarrollo del espíritu positivo y racionalista hubiera podido llevarnos a suponer—. En ese aspecto, no ha habido racionalización de los métodos educativos, ya que Papá Noel no es más "racional" que el Padre Látigo (en ese punto, la Iglesia tiene razón): más bien asistimos a un desplazamiento mítico, y eso es lo que se trata de explicar.

Es muy cierto que, en las sociedades humanas, los ritos y los mitos de iniciación tienen una función práctica: ayudan a los mayores a mantener a los menores en el orden y la obediencia. Durante todo el año, invocamos la visita de Papá Noel para recordarles a nuestros niños que la generosidad de él será proporcional a la docilidad de ellos; y el carácter periódico de la distribución de los regalos sirve para disciplinar las reivindicaciones infantiles, para reducir a un corto lapso el momento en que realmente tienen derecho a exigir regalos. Pero este sencillo enunciado basta para hacer ceder los marcos de la explicación utilitaria. Porque, ¿de dónde viene la idea de que los niños tienen derechos, y de que esos derechos se imponen de manera tan imperiosa a los adultos que éstos se ven obligados a elaborar una mitología y un ritual costoso y complicado para lograr contenerlos y limitarlos? Se nota de inmediato que la creencia en Papá Noel no es tan sólo una mistificación infligida con deleite por los adultos a los niños; es, en gran medida, el resultado de una transacción por demás onerosa entre las dos generaciones. Con el ritual en su conjunto, sucede lo mismo que con las plantas verdes —pino, acebo, hiedra, muérdago— con las que decoramos nuestras casas. Hoy lujo gratuito, otrora éstas fueron, por lo menos en algunas regiones, objeto de un intercambio entre dos clases de la población: en Inglaterra, en vísperas de Navidad, todavía hasta finales del siglo XVIII, las mujeres iban a gooding, es decir, hacían una colecta de casa en casa y, a cambio, abastecían a los donantes de ramos verdes. Encontraremos a los niños en la misma posición de regateo, y es bueno señalar aquí que para la colecta de San Nicolás, los niños se disfrazaban a veces de mujeres. Mujeres, niños, es decir, en ambos casos, sujetos no iniciados.

Ahora bien, hay un aspecto sustancial de los rituales de iniciación al cual no siempre se ha prestado suficiente atención, pero que aclara su naturaleza con mayor profundidad que las consideraciones utilitarias detalladas en el párrafo anterior. Tomemos como ejemplo el ritual de las kachinas propio de los indios Pueblo del cual ya hemos hablado. Si los niños son mantenidos en la ignorancia de la naturaleza humana de los personajes que encarnan a las kachinas, ¿será únicamente para que les teman o los respeten y se comporten en consecuencia? Sí, sin duda, pero ésa no es más que la función secundaria del ritual; porque existe otra explicación, que el mito de origen pone perfectamente al descubierto. Ese mito explica que las kachinas son las almas de los primeros niños indígenas, que se ahogaron trágicamente en un río en la época de las migraciones ancestrales. Las kachinas son, pues, prueba de la muerte y, a la vez, testimonio de la vida después de la muerte. Pero eso no es todo: cuenta el mito que cuando los ancestros de los indios actuales finalmente se asentaron en su aldea, las kachinas venían cada año a visitarlos y que, al irse, se llevaban a los niños. Los indígenas, desesperados por la pérdida de su progenitura, lograron que las kachinas se quedaran en el más allá, a cambio de la promesa de representarlas cada año por medio de máscaras y danzas. Si los niños son excluidos del misterio de las kachinas no es en primer lugar, ni sobre todo, para intimidarlos. Me atrevería a decir que es por la razón inversa: es porque ellos son las kachinas. Se los mantiene fuera de la mistificación porque representan la realidad con la cual la mistificación constituye una suerte de compromiso. Su lugar está en otra parte: no con las máscaras y con los vivos, sino con los dioses y con los muertos; con los dioses que son los muertos. Y los muertos son los niños.

Creemos que esta interpretación puede extenderse a todos los ritos de iniciación e incluso a todos los casos en que la sociedad se divide en dos grupos. La "no iniciación" no es puramente un estado de privación, definido por la ignorancia, la ilusión u otras connotaciones negativas. La relación entre iniciados y no iniciados tiene un contenido positivo. Es una relación complementaria entre dos grupos de los cuales uno representa a los muertos y el otro a los vivos. Es más, durante el transcurso mismo del ritual, los roles a menudo se invierten, y varias veces, pues la dualidad engendra una reciprocidad de perspectivas que, como en el caso de los espejos enfrentados, puede repetirse hasta el infinito: si los no iniciados son los muertos, también son súper iniciados; y si, como también sucede con frecuencia, son los iniciados los que personifican a los fantasmas de los muertos para espantar a los novatos, precisamente a ellos corresponderá, en un estadio ulterior del ritual, dispersarlos y anunciar su regreso. Sin ir más lejos en estas consideraciones, para no alejarnos de nuestro propósito, bastará con recordar que en la medida en que las creencias y los ritos ligados con Papá Noel se remiten a una sociología iniciática (y de ello no hay duda), ponen de manifiesto, detrás de la oposición entre niños y adultos, una oposición más profunda entre vivos y muertos.

Hemos llegado a la conclusión que precede a través de un análisis puramente sincrónico de la función de ciertos rituales y del contenido de los mitos que sirven para fundarlos. Pero un análisis diacrónico nos habría conducido al mismo resultado. Porque está generalmente admitido, tanto por los historiadores de las religiones como por los folcloristas, que el lejano origen de Papá Noel se halla en ese Abad del Júbilo, Abbas Stultorum, Abad del Desgobierno, que traduce exactamente al inglés Lord of Misrule, personajes que son, por una duración determinada, reyes de la Navidad en quienes se reconoce a los herederos del rey de las Saturnales de los tiempos romanos. Ahora bien, las Saturnales eran la fiesta de los larvae, es decir, de los muertos por violencia o dejados sin sepultura, y detrás del anciano Saturno, devorador de niños, se perfilan, como tantas otras imágenes simétricas, el muñeco Noel, bienhechor de los niños; el Jul escandinavo, demonio con cuernos del mundo subterráneo que lleva regalos a los niños; San Nicolás, que los resucita y los colma de presentes y, por último, las kachinas, niñas muertas de manera precoz que renuncian a su papel de matadoras de infantes para convertirse alternativamente en dispensadoras de castigos y de regalos. Agreguemos que, como las kachinas, el prototipo arcaico de Saturno es un dios de la germinación. En realidad, el personaje moderno de Santa Claus o de Papá Noel resulta de la fusión sincrética de varios personajes: el Abad del Júbilo, obispo niño electo ante la invocación de San Nicolás, el propio San Nicolás, a cuya fiesta se remontan directamente las creencias relativas a las medias, los zapatos y las chimeneas. El Abad del Júbilo reinaba el 25 de diciembre; el día de San Nicolás es el 6 de diciembre; los obispos niños eran electos el día de los Santos Inocentes, es decir, el 28 de diciembre. El Jul escandinavo se celebraba en diciembre. Eso nos remite de manera directa a la libertas decembris de la que habla Horacio y que, a partir del siglo XVIII, du Tillot había invocado para vincular la Navidad con las Saturnales.

Las explicaciones por pervivencia siempre son incompletas, ya que las costumbres no desaparecen ni sobreviven sin razón. Cuando subsisten, la causa de ello se encuentra menos en la viscosidad histórica que en la permanencia de una función que el análisis del presente debe permitir descifrar. Si hemos dado a los indios Pueblo un lugar predominante en nuestra discusión es, precisamente, porque la ausencia de toda relación histórica concebible entre sus instituciones y las nuestras (si se exceptúan ciertas influencias españolas tardías, en el siglo XVII) demuestra que estamos en presencia, con los ritos de Navidad, no sólo de vestigios históricos, sino de formas de pensamiento y de conducta que tienen que ver con las condiciones más generales de la vida en sociedad. Las Saturnales y la celebración medieval de la Navidad no contienen la razón última de un ritual que de otro modo sería inexplicable y estaría desprovisto de significado, pero brindan un material comparativo útil para extraer el sentido profundo de instituciones recurrentes.

No es de extrañar que los aspectos no cristianos de la fiesta navideña se parezcan a las Saturnales, puesto que contamos con buenas razones para suponer que la Iglesia fijó la fecha de la Natividad el 25 de diciembre (y no en marzo o en enero) para sustituir mediante su conmemoración las fiestas paganas que se llevaban a cabo primitivamente el 17 de diciembre, pero que, al final del imperio, se prolongaban durante siete días, es decir, hasta el 24. De hecho, desde la Antigüedad hasta la Edad Media, las "fiestas de diciembre" ofrecen los mismos rasgos. Para empezar, la decoración de los edificios con plantas verdes, luego los regalos que se intercambian o entregan a los niños, la alegría, los festines y, por último, la fraternización entre los ricos y los pobres, los amos y los sirvientes.

Cuando se analizan los hechos con mayor detenimiento, aparecen ciertas analogías de estructura igualmente sorprendentes. Como las Saturnales romanas, la Navidad medieval ofrece dos características sincréticas y opuestas. En primer lugar, es una reunión y una comunión: la distinción entre clases y estatus es abolida de modo temporal, esclavos o servidores se sientan a la mesa de los amos y éstos se convierten en sus siervos; las mesas servidas con abundancia están abiertas a todos; los sexos se intercambian las vestimentas. Pero al mismo tiempo, el grupo social se escinde en dos: la juventud se constituye en cuerpo autónomo, elige a su soberano, abad de la juventud o, como en Escocia, abbot of unreason; y, como indica ese título, se entrega a una conducta insensata que se traduce por ciertos abusos cometidos en perjuicio del resto de la población y de los cuales sabemos que, hasta el Renacimiento, cobraban las formas más extremas: blasfemia, robo, violación y hasta asesinato. Durante la Navidad, como durante las Saturnales, la sociedad funciona según un doble ritmo de acrecentada solidaridad y exacerbado antagonismo, y estos dos caracteres se presentan como una pareja de opuestos correlativos. El personaje del Abad del Júbilo efectúa una suerte de mediación entre esos dos aspectos. Es reconocido e incluso entronizado por las autoridades regulares; su misión es la de regir los excesos, enmarcándolos, a su vez, dentro de ciertos límites. ¿Qué relación existe entre ese personaje y su función, y el personaje y la función de Papá Noel, su lejano descendiente?

Aquí cabe distinguir con cuidado el punto de vista histórico del punto de vista estructural. Históricamente, ya lo hemos dicho, el Papá Noel de Europa Occidental, su predilección por las chimeneas y por los zapatos resultan pura y simplemente de un desplazamiento reciente de la fiesta de San Nicolás, asimilada a la celebración de la Navidad, tres semanas más tarde. Eso nos explica que el joven abad se haya convertido en un anciano; pero sólo lo explica en parte, ya que las transformaciones son más sistemáticas de lo que el azar de las conexiones históricas y del calendario podría hacernos admitir. Un personaje real se convirtió en un personaje mítico; una emanación de la juventud, simbolizando su antagonismo con respecto a los adultos, se tornó en símbolo de la edad madura de la cual traduce su disposición bondadosa para con la juventud; el apóstol de la mala conducta se ocupa de sancionar la buena conducta. Los adolescentes abiertamente agresivos para con los padres son sustituidos por éstos, que se esconden detrás de una falsa barba para colmar a los niños. El mediador imaginario reemplaza al mediador real y, al mismo tiempo que cambia de naturaleza, se pone a funcionar en el otro sentido.

Descartemos de entrada un orden de consideraciones que no son esenciales al debate, pero que podrían alimentar la confusión. La "juventud" prácticamente ha desaparecido de la sociedad como grupo de edad (si bien en los últimos años asistimos a ciertas tentativas de reconstitución sobre las cuales aún no podríamos pronunciarnos). Un ritual que otrora se distribuía entre tres grupos de protagonistas: niños pequeños, jóvenes y adultos, hoy en día ya no implica sino a dos (por lo menos en lo que atañe a la Navidad): adultos y niños. La "sinrazón" de la Navidad ha perdido ampliamente su punto de apoyo; se desplazó y, al mismo tiempo, se atenuó: en el grupo de los adultos, sobrevive sólo durante la cena navideña en el cabaret y en la noche de San Silvestre en Times Square. Pero examinemos más bien el papel de los niños.

En la Edad Media, los niños no esperan con paciente expectativa que sus juguetes bajen por la chimenea. Por lo general, van disfrazados y agrupados en pandillas, que el francés antiguo llama guisarts, a cantar y a expresar sus buenos deseos de casa en casa, recibiendo a cambio frutas y pasteles. Hecho significativo, aluden a la muerte para hacer valer su creencia. Así, en el siglo XVIII, en Escocia, cantan la siguiente estrofa:

Rise up, good wife, and be no' swier (lazy)
To deal your bread as long's you're here;
The time will come when you'll be dead,
And neither want nor meal nor bread.[4]

Aun cuando no dispusiéramos de esta preciosa indicación y de aquella no menos significativa del disfraz que transforma a los actores en espíritus o fantasmas, tendríamos otras, extraídas del estudio de las colectas de niños. Sabemos que éstas no se limitan a la Navidad.[5] Suceden durante todo el periodo crítico del otoño, cuando la noche amenaza al día al igual que los muertos se vuelven acosadores de los vivos. Las colectas de Navidad comienzan varias semanas antes de la Natividad, por lo general tres, estableciendo así la relación con las colectas de la fiesta de San Nicolás, que resucitó a los niños muertos, donde también se llevan disfraces; y su carácter es aún más pronunciado en la colecta inicial de la estación, la de Hallow Even —convertida en víspera del Día de Todos los Santos por decisión eclesiástica— donde todavía hoy, en los países anglosajones, los niños disfrazados de fantasmas y esqueletos persiguen a los adultos, a menos que éstos se rediman por medio de menudos presentes. El avance del otoño, desde sus inicios hasta el solsticio que marca el rescate de la luz y la vida, va acompañado, en un plano ritual, de un movimiento dialéctico cuyas principales etapas son: el regreso de los muertos, su conducta amenazante y persecutora, el establecimiento de un modus vivendi con los vivos a través de un intercambio de servicios y presentes y, finalmente, el triunfo de la vida cuando, en Navidad, los muertos colmados de regalos abandonan a los vivos para dejarlos en paz hasta el próximo otoño. Es revelador que los países latinos y católicos, hasta el último siglo, hayan hecho hincapié en la fiesta de San Nicolás, es decir, en la forma más mesurada de la relación, mientras que los países anglosajones con gusto la desdoblan en sus dos formas extremas y antitéticas de Halloween, donde los niños actúan de muertos para convertirse en exactores frente a los adultos, y de Christmas, donde los adultos colman a los niños para exaltar su vitalidad.

A partir de ahí, los rasgos aparentemente contradictorios entre los ritos de la Navidad se aclaran: durante tres meses, la visita de los muertos a los vivos se había vuelto cada vez más insistente y opresora. Para el día de su despedida, uno se puede permitir, pues, festejarlos y brindarles una última oportunidad para que se manifiesten libremente o, como dice el inglés en términos tan fieles, to raise hell. Pero en una sociedad de vivos, ¿quién puede personificar a los muertos si no todos los que, de una forma u otra, están incompletamente incorporados al grupo, es decir, participan de esa alteridad que es la marca misma del supremo dualismo: el de los muertos y los vivos? No nos extrañemos, pues, al ver que los extranjeros, los esclavos y los niños se convierten en los principales beneficiarios de la fiesta. La inferioridad del estatus político o social y la desigualdad entre las edades proporcionan, en ese sentido, criterios equivalentes. En realidad, tenemos un sinnúmero de testimonios, sobre todo en relación con los mundos escandinavo y eslavo, que revelan el carácter propio de la cena de Navidad, una comida ofrecida a los muertos, donde los invitados desempeñan el papel de los muertos, como los niños desempeñan el papel de los ángeles, y los propios ángeles el de los muertos. No es de sorprender, entonces, que la Navidad y el Año Nuevo (su doble) sean fiestas con regalos: la fiesta de los muertos es esencialmente la fiesta de los otros, ya que el hecho de ser otro es la primera imagen aproximada que nos podemos hacer de la muerte.

Estamos ahora en condiciones de dar una respuesta a las dos preguntas planteadas al principio de este estudio. ¿Por qué se desarrolla el personaje de Papá Noel? y ¿por qué la Iglesia observa con inquietud ese desarrollo?

Hemos visto que Papá Noel es el heredero y a la vez la antítesis del Abad de la Sinrazón. Esa transformación es, en primer lugar, el indicio de una mejora de nuestras relaciones con la muerte; ya no juzgamos útil, para estar en paz con ella, permitirle periódicamente la subversión del orden y las leyes. Ahora, en el lazo predomina un espíritu de benevolencia un tanto desdeñosa; podemos ser generosos, tomar la iniciativa, puesto que se trata tan sólo de obsequiarle regalos, e incluso juguetes, es decir, símbolos. Pero ese debilitamiento de la relación entre muertos y vivos no se hace a expensas del personaje que la encarna: pareciera, por el contrario, que éste se desarrolla mejor. Esa contradicción sería insoluble si no se admitiera que otra actitud frente a la muerte sigue abriéndose camino entre nuestros contemporáneos: actitud compuesta no acaso del temor tradicional a los espíritus y a los fantasmas, sino a todo lo que la muerte representa, por ella misma y también en la vida, en cuanto a empobrecimiento, sequía y privación. Interroguémonos acerca del tierno cuidado con que tratamos a Papá Noel; sobre las precauciones y los sacrificios que consentimos para mantener su prestigio intacto ante los niños. ¿No será que, en el fondo de nosotros, todavía late el deseo de creer, aunque sea un poco, en una generosidad sin control, en una gentileza sin segundas intenciones; en un breve intervalo durante el cual quedan suspendidos todo temor, toda envidia y toda amargura? Sin duda no podemos compartir plenamente la ilusión, pero lo que justifica nuestro esfuerzo es que, al alimentarla en los otros, esa ilusión nos procura al menos la ocasión de calentarnos a la luz de la llama encendida en esas jóvenes almas. Esa creencia en que mantenemos a nuestros hijos de que sus juguetes vienen del más allá aporta una coartada al secreto movimiento que nos incita, de hecho, a ofrecerlos al más allá so pretexto de regalárselos a los niños. Por ese medio, los regalos de Navidad son un verdadero sacrificio a la dulzura de vivir, la cual consiste ante todo en no morir.

Con mucha profundidad, Salomon Reinach escribió una vez que la gran diferencia entre las religiones antiguas y las religiones modernas radica en que "los paganos rezaban a los muertos, mientras que los cristianos rezan por los muertos".[6] Sin lugar a duda, el rezo a los muertos dista mucho de ese rezo mezclado con conjuros que cada año, y cada vez más, dirigimos a los niños pequeños —encarnación tradicional de los muertos— para que, al creer en Papá Noel, consientan en ayudarnos a creer en la vida. Hemos desenredado, sin embargo, los hilos que dan cuenta de la continuidad entre esas dos expresiones de una idéntica realidad. Pero la Iglesia no se equivoca en absoluto cuando denuncia la creencia en Papá Noel como el bastión más sólido y uno de los focos más activos del paganismo en el hombre moderno. Queda por saber si el hombre moderno no puede defender él también su derecho a ser pagano. Para terminar, un último comentario: el camino es largo desde el rey de las Saturnales hasta el Muñeco de Navidad; en el trayecto, un rasgo esencial del primero —acaso el más arcaico— parecía haberse perdido de manera definitiva. Porque Frazer ya demostró hace años que el rey de las Saturnales es heredero de un prototipo antiguo que, luego de personificar al rey Saturno y permitirse todo tipo de excesos durante un mes, era solemnemente sacrificado en el altar del dios. Gracias al auto de fe de Dijon, he aquí al héroe reconstituido con todas sus características, y en este singular asunto, no es una paradoja menor que al proponerse dar fin a Papá Noel, los eclesiásticos de esa ciudad hayan restaurado en toda su plenitud, tras un eclipse de algunos milenios, una figura ritual de la cual, so pretexto de destruirla, terminan probando ellos mismos su perennidad.

Traducción de Agustina Blanco.

[1] Nota publicada en France-Soir el 24 de diciembre de 1951.

[2] El Père Fouettard, Padre Látigo, es un personaje imaginario que acompaña a San Nicolás y amenaza a los niños que se portan mal. [T.]

[3] Personaje utilizado para inspirar miedo a los niños, podría ser el equivalente del Coco entre nosotros. Literalmente, la palabra significa "comemitones". [T.]

[4] Levántate, buena esposa, no seas perezosa / A trabajar el pan mientras estés aquí / El tiempo vendrá en que muerta estarás / Y ya no querrás vianda ni pan [T.]. Citado por John Brand, Observations on Popular Antiquities, n. ed., Londres, 1900, p. 243.

[5] Al respecto, véase André Varagnac, Civilisation traditionelle et genre de vie, Albin Michel, París, 1948, pp. 92, 122 y pássim.

[6] Salomon Reinach, "L'origine des prières pour les morts", en Cultes, mythes, religions, Robert Laffont, París, 1905, t. I, p. 319.