“Tengo supersticiones de torero gitano”: Pacheco

Para celebrar al escritor mexicano recuperamos un fragmento de una conversación radiofónica de octubre de 2011.
El autor de "Las batallas en el desierto", siempre en la memoria.
El autor de "Las batallas en el desierto", siempre en la memoria. (Jesús Quintanar)

México

El 6 de octubre de 2011, a propósito de la obtención del Premio Internacional Alfonso Reyes, Gilberto Prado Galán entrevistó a José Emilio Pacheco para el programa Entre Paréntesis, de Ibero 90.9 radio. En ocasión del 77 aniversario del natalicio del literato recuperamos un fragmento de esa conversación.

Perdona la pregunta de cajón: ¿qué significa para ti este premio?

Una sorpresa y un agradecimiento. Yo pensé que ya nunca jamás tendría otro premio. Me alegra mucho y agradezco doblemente que venga de El Colegio de México. La línea que sigo es que yo acepto todo, pero no busco nada.

¿Ahora qué estás trabajando?

A mí no me gusta hablar de lo que estoy haciendo. Tengo supersticiones de torero gitano. Yo quisiera hacer una lista de todas las obras anunciadas que no se hicieron. No sé si te acuerdas de aquellos libros mexicanos de los cuarenta que tenían en la solapa “En preparación”. Obras en preparación, que jamás salieron. Una que a mí me gustaría haber leído: Biografía de Cuauhtémoc, por Xavier Villaurrutia. En los cincuenta, en una colección Obregón anunciaban una antología de la poesía española e hispanoamericana coordinada por Octavio Paz y Cintio Vitier que jamás salió.

“Pero sí te puedo decir lo que ya está terminado. Perdón, ya estoy hablando muchísimo. Vas a decir lo que dijo Borges de su conversación con Arreola. ¿Te acuerdas?”.

Ah, sí: “Me dejó intercalar algunos silencios”.

Te estoy dejando intercalar algunos silencios.

No hay problema. Yo aprendo.

Lo primero es que después de 25 años de trabajo he terminado al fin la traducción de los Cuatro cuartetos de Eliot, y me gustaría que lo vieras porque he tratado de hacer de las notas un género mínimo pero legible en sí mismo. Y las notas no van al pie, van al final. Uno siempre dice lo mismo y escribe lo mismo. Está casi terminado, pero me falta todavía algo, es un trabajo monstruoso, otra locura más grande todavía, que es un libro que me ha llevado 50 años desde que era un estudiante preparatoriano. No es una reunión, sino necesariamente una antología. Es un libro que inicia con los epigramas griegos y termina con los haikús japoneses, y en medio pues están los poetas románticos franceses, la vanguardia, los escritores ingleses. En fin, vamos a ver qué pasa.

“Eso es lo que tengo terminado. No está entregado a la imprenta, pero ya está acabado. No te hablo de proyectos que están al aire”.

Sorprende lo que has hecho en el terreno de la crítica: la exploración de territorios no hollados, de épocas y de autores que no aparecen en la vitrina especial. ¿Sigues con esta misma línea?

Sí. Vuelvo acerca de lo que dices de las cosas desconocidas: leyendo la edición de Francisco González León (la cual te recomiendo con fervor) encontré que, después de su fracaso con Margarita Quijano, Ramón López Velarde pretendió a una muchachita de Santa María quien también se llamaba Margarita y era sobrina de González León. Y es a quien le escribe ese poema tan hermoso: “Amiga que te vas/ quizá no te vea más”. Y entonces lo interesante es que, a pesar de que estaba en las obras de López Velarde, nadie se había fijado en una carta a Margarita precisamente en donde lo cuenta.

“Él era secretario particular de Manuel Aguirre Berlanga, que era secretario de Gobernación. Cuando avanza todo el ejército sobre la Ciudad de México, Carranza, como sabes, tiene que subirse al tren Olivo con la intención de llegar a Veracruz. Entonces se va el secretario de Gobernación y López Velarde trata de alcanzarlo. Y llega a La Villa, pero allí el tren recibe esto que llamaban en la Revolución ‘las máquinas locas’, que destroza completamente el convoy. Quien envía la máquina loca es nada menos que Jesús Guajardo, quien había asesinado a Zapata”.

Pero esta recuperación de los ángulos inéditos es magnífica.

Eso está a la vista de todos.

Sí, pero a veces lo que está a la vista de todos no lo percibimos como quisiéramos, como ocurre en “La carta robada” de Edgar Allan Poe. ¿Te acuerdas?

Claro, sí.

Sabemos que tienes un catálogo de actividades intenso.

Lo que pasa es que ahora estoy muy enfermo. No puedo caminar, es una cosa terrible. Eso me ha limitado mucho. También los premios llegan cuando ya estás muy avanzado en el camino de la vida. Imagínate cómo siento eso. Me impresionó mucho lo que dice Bioy Casares en su diario: “Los aviones están llenos de viejitos agonizantes que van a recoger premios literarios”. Imagínate cómo siento esto. Si no hubiera tenido el premio (Reina Sofía de Poesía Iberoamericana), no sé qué hubiera hecho. Porque todo se me va en hospitalizaciones y médicos. Fui al Issste moribundo, y me dijeron: “Su próxima cita es en agosto de 2012”. Y yo dije: en agosto de 2012 ya me habré muerto.