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Martes , 19.06.2018 / 18:36 Hoy

Súper punk

Si en algo estábamos de acuerdo todos era en que la Navidad apesta


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Raquel Castro

—Es la fiesta más cursi del mundo —dijo Javier.

—Peor: es la más hipócrita —respondí.

—¿Verdad, Ofe? No entiendo cómo puede haber gente talando árboles y llenándolos de madres para luego tirarlos a la basura —agregó el Ro.

Ofe soy yo y todos estábamos en La Biblioteca, una cantina de mala muerte afuera de la escuela. Habíamos llegado desde las once de la mañana y ya eran como las cuatro.

—A huevo. Si escucho un villancico más voy a vomitar —contesté.

Ni modo, ¿qué le hacemos? Somos góticos. Darks. Nuestra fiesta es Halloween.

—Deberíamos hacer una antiposada —dijo Mario, que había estado calladísimo.

—No mames, ¿qué es eso? —le pregunté.

—Pues una fiesta en la que nos burlemos de esas tradiciones huecas y sin sentido —respondió—. Chelas, música oscura, capaz que hasta una banda en vivo.

—Y drogas —dijo Boris.

En eso llegó la Roja. Ella no es dark, es una punk hecha y derecha, pero nos tolera porque es amiga mía desde que estábamos en la secundaria.

—A ver, culeros, ora qué pendejada están planeando —preguntó, y le plantó a Mario un beso clasificación C. Hacía poquito tiempo que habían empezado a tener ondas y, aunque al principio habían tratado de mantenerlo en secreto, ya habían renunciado a cualquier tipo de discreción.

—Estamos planeando una fiesta —le respondí, pero la Roja estaba tan concentrada en fajarse a Mario que no hizo caso de los detalles.

Solo cuando se separó de él para tomar aire, volteó y nos sonrió.

“Bonita” no era la palabra para describirla, pero “radiante” sí; por lo menos desde que andaba con Mario. Tenía la mitad de la cabeza rasurada y el resto de su cabello era una cascada de magma hecha de acuarela concentrada. Sus pantalones de plastipiel estaban tan pegados que parecía que se los habían cosido encima y su chamarra, llena de parches y estoperoles, apenas recordaba que había sido de mezclilla.

—Tenían que ser darketos —dijo con una sonrisa despectiva—. Yo por eso soy súper punk. Al rato van a hacer un intercambio, pinches cursis.

Mario trató de explicarle lo de la fiesta antisistema pero ella no lo peló.

—Si tienen ganas de romper una piñata, háganlo y ya. Es más ridículo disfrazarse de Satanclós que admitir que les gustan esas madres —dijo, le dio otro beso de antología a Mario y se fue.

Nos quedamos con cara de pendejos, un poco dándole la razón. Ya no organizamos la fiesta y cada quien se fue por su lado en cuanto acabaron las clases.


***

Días después vine a pasar las fiestas con mi abuelita. No me puse el suéter rojo y blanco que me tejió, pero acepté no vestirme de negro y venir al mercado a comprar fruta para el ponche. Al principio me digo que odio el mercado: tanto ruido, tanta gente, tantos olores me ponen de malas. Pero poco a poco lo olvido y comienzo a disfrutarlo, sobre todo cuando compramos una bolsa de jícamas piñateras y me como una a mordidas, así, sin lavarla ni ponerle sal, limón o chile, concentrándome en su textura dulce y jugosa.

Y justo tengo la boca llena de jícama cuando me encuentro de frente con la Roja. Apenas la reconozco: su ropa es la usual (unos pantalones a cuadros rojos, rotos; una playera negra y sus botas altas) pero entre la trenza y la sonrisa y la mandarina que se está comiendo, me parece como si fuera su gemela maligna. O bueno, benigna. Porque además viene tarareando un villancico.

Ella se me queda mirando mientras yo no puedo quitarle los ojos de encima.

Es rarísimo encontrarnos así, aquí.

Dudo entre seguirme de frente y detenerme, pero ella decide por mí y se me planta enfrente, bloqueándome el paso.

—Yo no digo nada si tú no dices nada, pinche Ofe —me dice.

—Feliz Navidad, Roja.

Y entonces nos reímos y nos damos un abrazo fuerte, súper punk.

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