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Miércoles , 12.12.2018 / 04:48 Hoy

Sueños de unidad

Desmetáfora


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Hace miles de años un grupo de hombres se propuso construir una torre que llegaría al cielo. Entonces Dios, sintiéndose desafiado, confundió sus lenguas para que se dispersasen y abandonaran la empresa.

La historia de Babel es la crónica del primer “sueño de unidad” y en su nuevo libro, El inconcebible Universo, Pepe Gordon nos narra la historia del más reciente propósito unificador. Éste también busca el cielo y lo hace juntando las aspiraciones de todos los pueblos.

Han pasado muchos años de aquel primer intento de la humanidad por alcanzar ese espacio infinito en el que se mueven los astros. El golpe de la discordia y la confusión que Dios asestó desde su morada celestial acabó con el proyecto de construcción y habría que esperar mucho tiempo para recuperar el camino y volverlo a emprender.

Muy a menudo, cuando se habla de la Torre de Babel, se cita una inscripción de aquella época que de manera evocadora dice:

“Marduk —Dios de Babilonia— ha ordenado colocar las bases firmemente buscando el mundo subterráneo para hacer de esta manera posible que la cúspide llegue al cielo”. Por eso resulta curioso que el proyecto que ahora nos lleva al cielo se encuentre cientos de metros por debajo la Tierra para reproducir ahí, en la profundidad de las cavernas experimentales, lo que ocurre en el límite mismo del espacio, más allá de las estrellas, en lo más alto del firmamento.

La voluntad divina se había expresado con claridad mucho antes poniendo ante la mirada de los hombres la vida y el bien, la muerte y el mal, para que anduviesen los mortales por el camino del estatuto y sus decretos. Todo esto lo entendemos con lucidez y precisión aunque el acatamiento nos resulte arduo y de difícil cumplimiento. Pero de la humilde ambición por alcanzar el cielo y del anhelo de unidad en todas las visiones, de esa no conocemos prohibición. No acabó Dios con la aspiración humana por el ascenso de sus pensamientos. Al menos no lo hizo cuando dividió a los hombres por la oralidad de sus ideas. Se limitó entonces a confundir las lenguas y sembrar desavenencia sin trastocar los deseos más profundos del espíritu humano.

De aquel celo divino desplegado con singular denuedo en Babilonia, cuando los constructores ya habían mostrado su capacidad para cocer ladrillos, quedó claro que habría una segunda oportunidad y quizá una tercera y una cuarta y cuantas fueran necesarias para alcanzar el fin.

Los deseos de unidad están ahora en el terreno de la ciencia y sea que resulte claro o no, en nuestros días los grandes proyectos para alcanzar el cielo son proyectos de Física. Son los físicos los herederos del mismo afán de quienes poblaban el planeta en una superficie desolada por el diluvio.

El Gran Colisionador de Hadrones es el acelerador más grande jamás construido. Con él se viaja al interior de la materia y en ese trayecto se explora al Universo temprano, al mismo que veríamos si pudiésemos mirar al cielo con un telescopio improbable. De tal manera que para subir es necesario bajar.

Este proyecto gigantesco se encuentra en el Centro Europeo de Investigaciones Nucleares (CERN) en Ginebra, Suiza. Es el proyecto internacional en que se mezclan todas las lenguas y culturas para construir la nueva torre que alcanza la cúspide más alta. Con éste podemos ver lo que ocurre a una distancia tan grande que equivale al tramo que recorre la luz en 13 mil ochocientos millones de años. Suficientemente alto como para llamarlo cielo. Suficientemente lejos como para ser la morada de los ángeles que nunca vemos.

El libro de Pepe tomó forma en un marco de unidad cultural y comunión de ideas. Se escribió en Ginebra, ahí donde se mueve en la brisa un espíritu borgiano teñido por sueños de coincidencia.

En Ginebra, el viento siempre sopla del lago y se mueve con delicadeza por entre las hojas de los castaños, esos árboles que están por todas partes, que viven muchos años y que florean en marzo. Ahí se desarrolla el proyecto científico de nuestros días y ahí se entrelazan pensamientos y reflexiones, los mismos por los que el escritor argentino es tan conocido de todos y especialmente apreciado por los físicos.

Jorge Luis Borges es el escritor más citado por los científicos. En su libro Borges y la física cuántica, Alberto Rojo, físico y escritor argentino, dice haber encontrado 4200 citas de Borges en artículos científicos serios, publicados en revistas que están registradas en el web of science y que forman parte de la discusión profesional, altamente especializada, de los círculos académicos.

La concordia entre la ciencia y la literatura es también metáfora de la unidad, quizá la misma que está encerrada en la multiplicidad de lenguas y en la mirada a las estrellas. En ese sentido Borges llegó muy lejos y José Gordon lo describe con claridad y bella prosa.

“El jardín de los senderos que se bifurcan”, escrito por el argentino en 1941, es una de las obsesiones de Pepe y es también una cavilación escrita. Borges decía: “A diferencia de Newton y de Schopenhauer, su antepasado no creía en un tiempo uniforme, absoluto. Creía en infinitas series de tiempo, en una red creciente y vertiginosa de tiempos, divergentes, convergentes y paralelos. Esa trama de tiempos que se aproximan, se bifurcan, se cortan o que secularmente se ignoran, abarca todas las posibilidades. No existimos en la mayoría de estos tiempos; en algunos existe usted y no yo; en otros yo, no usted; en otros, los dos. En este que un favorable azar me depara, usted ha llegado a mi casa; en otro, usted, al atravesar el jardín, me ha encontrado muerto; en otro, yo digo estas mismas palabras, pero soy un error, un fantasma”.

Es remarcable que en 1957, es decir, quince años después del texto de Borges, se publicase un trabajo científico que pretendía resolver el “problema de la medición” —en el que no entraremos aquí por limitaciones de espacio—. Ahí aparece por primera vez en el ámbito científico, la idea primitiva de los universos paralelos. Aunque el artículo no tuvo en su momento mucha repercusión, sí logró el impacto suficiente para que después otro físico que recopilaba las ideas relacionadas citara explícitamente los universos paralelos. El conocido John Wheeler, entre otros, acabaría por consolidar la idea que hoy goza de buena salud en los medios teóricos de la física contemporánea. Pepe Gordon retoma en el mismo estilo los paralelismos y lo hace de manera especial, cuando las paralelas se juntan. Para eso recurre al relato de una prosa poética que junta las ideas con armonía literaria. Para muestras un botón: “Y vi antiguos mapas del Universo hechos con círculos concéntricos en donde se insinuaban figuras de serpientes, ballenas, aves, tortugas y cangrejos. Y vi un mapa contemporáneo en donde se dibujaba la radiación del origen del Universo. Era una campana transparente, un embudo recostado desde donde salía de la parte estrecha a mano izquierda, una luz intensa que inflaba el cosmos y desprendía átomos, polvos celestes, galaxias y cúmulos estelares que se expandían hasta las oscuridades más lejanas”.

El inconcebible universo puede ser ahora más concebible. Hay que leer el libro que nos propone Pepe Gordon. Ahí encontraremos la formulación virtuosa en un lenguaje poético que describe desdibujando y dibuja al describir.

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