El sueño latinoamericano

Archivo hache.
Los escritores Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes.
Los escritores Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes. (AFP)

Ciudad de México

Uno de los secretos mejor guardados de la literatura mexicana es que realmente no se identificó con la literatura latinoamericana.

De no ser por el idioma, el escritor mexicano estaría tan aislado del resto del continente como el 99% de los autores norteamericanos.

El autor mexicano que más se identificó con la literatura latinoamericana —por más de una razón— fue Carlos Fuentes.

Si bien Paz tuvo perspectiva internacional (ausente en sus epígonos), debido a la disidencia geopolítica del latinoamericanismo no se identificó plenamente con ese proyecto. Paz era de derecha que no soportaba saberlo (ser paceano, ni siquiera sospecharlo).

Washington no aprobó la identidad post-nacional latinoamericanista asociada a un sentimiento de alianza intelectual con movimientos de liberación, socialismo, antimperialismo, indigenismo y rebelión popular.

USA (veladamente) y PRI (presupuestalmente) promovieron que el intelectual mexicano no se identificara con el latinoamericanismo.

Nacionalito se veía más bonito.

Así se evitó que fuera latinoamericanista y (ya caduco) fuese hecho (¡pidiera ser!) globalizado.

Diferencia: el mercado se sintió atraído por el Boom; el post–Boom se sintió atraído por el mercado. Similitud: el mercado.

Vargas Llosa es el puente entre ambos periodos (y editoriales y premios cada vez más irreales).

El post–Boom —estéril en grandes obras— ya no fue una combinación de identidad nacional-literaria y latinoamericana sino de identidad nacional-literaria y mercado.

El post–Boom ya no quiso ser parte del sueño bolivariano o la utopía socialista sino de la ilusión del mercado. El bajo nivel de esa aspiración colaboró con la inferioridad de su lenguaje.

Los intelectuales no son importantes en el proceso geopolítico real. Además, la derecha geopolítica tuvo mediana suerte: no generó un grupo de figuras intelectuales de talla suficiente. Los post-latinoamericanistas sirvieron de pausa, no de trofeo.

De todos modos, gobiernos norteamericano y mexicano consiguieron imponer su política intelectual. Este proceso lleva décadas.

A nivel individual, ganó el miedo y la cobardía (disfrazadas de cosmopolitismo y búsqueda de éxito).

A principios del siglo XXI en México, la intelectualidad se concibe en relación con la competencia interna, los medios (sobre todo Internet), el subsidio, condecorarse mediante la editorial anhelada o la (automatizada) identidad nacional-mexicana.

Buena parte de la grandeza que alcanzó la literatura en Latinoamérica se debió a que quiso ser literatura latinoamericana; la grandeza de ese sueño fue la fuerza que impulsó a la poesía, ensayo y narrativa de más de un siglo.

Pero el sueño latinoamericano era frágil y peligroso.

Estados Unidos decidió que cuando la literatura latinoamericana despertara de la ceremonia de premiación, el sueño ya no estuviera ahí.