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Miércoles , 12.12.2018 / 13:43 Hoy

‘Sucedió en La Habana’, una memoria de infancia

No son líneas de fuga, sino constantes: la música, el cine, la cubanía (o habanidad) y el acompañamiento gráfico. 'Déjame que te cuente' es la suma de todo esto.
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El nombre de “Nedda” viene de Pagliacci y es un homenaje familiar a la ópera de Leoncavallo. La “G” es la inicial de su apellido paterno; y el “de Anhalt” lo adoptó de su marido. De ello resulta un nom de plume sonoro, perteneciente a una escritora de inquietudes varias, originaria de Cuba, con más de tres décadas de presencia en los medios culturales mexicanos. Cuando los filmes significativos tardaban años en llegar (si es que lo hacían, en una época anterior a internet, el dvd y los complejos cinematográficos), como asidua al Festival de Cine de Nueva York ella avisaba en una columna periodística de lo que valía la pena esperar.

Entre sus libros de investigación destacan lo escrito sobre el caso Dreyfus y una revisión exhaustiva de la obra del veracruzano Sergio Galindo. En Rojo y naranja sobre rojo, publicado por Vuelta en 1991, conversa con personalidades del exilio cubano. Sus ficciones empiezan a aparecer no en 1980, como consigna el Fondo de Cultura Económica, sino en 1984, cuando se imprime la plaqueta El correo del azar, en Los Libros del Fakir de la editorial Oasis, colección artesanal a cargo de Luis Mario Schneider. Ese título venía con un dibujo de José Luis Cuevas, lo que marca otra línea de trabajo: a la hora de publicar, la autora suele convocar a los artistas plásticos para que dialoguen con sus historias.

No son líneas de fuga, sino constantes: la música, el cine, la cubanía (o habanidad) y el acompañamiento gráfico. Déjame que te cuente es la suma de todo esto. La movilidad del lenguaje tiene doble vía: lo habanero mezclado con lo mexicano (o chilango, que es la patria última), provoca una verbalidad muy vivaz. Hay palabras cuyo significado ignoramos, con valor en la Cuba de los años cuarenta (y quizá hasta hoy, como motungos, pitirres, gandingas, cocoriocos o pargos), indispensables porque son parte de una armonía que despojada de ellas perdería sus cantos y sus encantos.

Un libro para leerse y oírse. “Sucedió en La Habana”, por ejemplo, es una memoria de infancia en la que el crecimiento va de la mano con los ecos de la cultura popular: “En 1950, Cuba registra cuatrocientos cines, y yo naturalmente asisto al Rex, al Duplex, Variedades, Rodi, Trianón, y a muchos más, incluida la inauguración, tres años antes, de Radiocentro. En 1951, Tongolele es una Diosa Pantera en Tropicana, Olga Chaviano triunfa en el Sans Souci, Josephine Baker actúa en el Teatro Campoamor, y las Dolly Sisters alborotaban a uno que otro gallo en el gallinero habanero”.

Para Nedda G. de Anhalt la ficción también es memoria.

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