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Sábado , 23.06.2018 / 21:24 Hoy

Sucedáneos para evitar la pérdida

'Lo que queda de nosotros' condensa los miedos y penurias que, a veces, son el precio que se paga por la compañía.

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Alegría Martínez

Quien mantenga diálogos en silencio con su perro seguirá muy de cerca las emociones que rigen a Toto, el perro que vive con Nata, una joven que averigua en qué consiste la fragilidad humana.

Alejandro Ricaño y Sara Pinet son autores de Lo que queda de nosotros, en la que el rechazo a crear un vínculo como precaución para evitar la pérdida es parte del planteamiento esencial, y entre cuyas bondades se encuentra la de integrar un lenguaje ágil y actual, franco y con humor que seduce a espectadores de cualquier edad.

La obra ha sido escrita para una actriz y un actor que interpretan a Nata y a Toto, e intercala breves narraciones que dan cuenta de lo que hacen otros personajes que inciden brevemente en la historia. Los autores intercalan las escenas de modo que chica y perro expongan por separado lo que a cada uno le acontece, hasta que la tristeza debido a una segunda gran pérdida lleva a la joven a cometer un error por miedo y rechazo a la dependencia que causa el cariño.

Escuchar lo que podría pensar, sentir y preguntarse nuestro perro, en voz de un actor que utiliza un gorro para simular sus orejas como único elemento externo, fuera de un atuendo común que le permite transformarse mediante la expresión corporal en cuadrúpedo y humano, según se requiera, conquista enseguida a una audiencia que reconoce y festeja lo que el personaje comparte desde una ingenuidad que resguarda la esperanza.

El acontecimiento que hace transitar a Toto de una existencia tranquila al miedo, el hambre y el sobresalto, sin contar la pérdida de una de sus patas, hace que se escuche un coro de sollozos en el patio de butacas de un teatro lleno de espectadores conmovidos ante la penuria de este personaje que, como la mayoría de su especie, es incapaz de guardar rencor, como lo reconoce su ama.

Nata, por su parte, es también un personaje entrañable, encriptado en dolor y rabia que explotan inesperadamente ante un suceso escolar que vulnera su aparente dureza. Esta adolescente que quisiera ser inmortal se pregunta desde su orfandad por la justicia divina ante una realidad como la de 9 millones de niños que mueren anualmente, mientras toma su vida sin transformarla en tragedia, más bien en algo que sirve para retomar el camino mientras se pueda.

Sara Pinet, dramaturga junto con Ricaño, además de actriz, y Raúl Villegas, narran, interpretan, asumen el rol que les corresponde en escenas con naturalidad y sentido común. Ellos son Nata y Toto y a nadie le cabe duda cuando los miran comunicados o distanciados, extraviados y temerosos.

Actriz y actor trepan y descienden de una alargada escalera banca y un tablón de madera que pisan en calidad de parque, calle, apartamento, perrera, aula; cada 30 centímetros el mismo mueble es un lugar nuevo. Los laterales del escenario son custodiados por David Ortiz y Ricardo Estrada, músicos que extraen de pie, y sin salir de escena, notas de guitarra, yaybahar y loopers: sonidos que envuelven la acción externa asidos a la marea interna de los dos nobles personajes.

Ricaño dirige un montaje que desborda palabras como en cascada cual gotas raudas que se suceden en caída libre, plena de imágenes y emociones. Palabras que se eslabonan coherentemente por más descabellados que puedan ser sus planteamientos.

Músicos en escena y actores crean una ficción irrompible al plantarse dentro del acontecimiento que la dramaturgia propone, sin necesidad de gestos grandilocuentes, ni estridencias atonales, sino más bien como parte de algo que afecta a los personajes intensa y directamente.

No obstante su continuo entrar y salir de un personaje a otro, de un viejo recuerdo a un asombroso y revelador presente, Pinet y Villegas cumplen por separado un recorrido por la incertidumbre del que está solo. Camino que el perro transita con esperanza y la joven con armadura de indiferencia, hasta que otro perro le enseña la gratitud como último gesto.

Lo que queda de nosotros se traduce en una experiencia que dialoga directamente con el espectador, cuya presencia devuelve al escenario lo que éste le da mediante el trabajo de una actriz dramaturga, un actor y un autor comprometidos con forma y fondo.

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