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Sábado , 18.08.2018 / 21:55 Hoy

“Soy un autor proscrito que vive en estado de poesía”

Aclamado por escritores de clase Nobel, el michoacano lamenta que la mercadotecnia haya reemplazado a la crítica literaria; en 1981 reunió en Morelia a Borges, Grass, Tranströmer y Paz.

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Homero Aridjis (Contepec, 1940) terminó 2015 con 75 años cumplidos y varias certezas a cuestas, de las que habla con ánimo elevado y con resignación sobre aquellas que le son adversas. Antes que pensar en los premios propios se ufana de tener un buen ojo para la poesía, que le permitió reunir en 1981 durante una semana, en Morelia, a nueve poetas que después ganaron el Nobel de Literatura, pero lamenta que en México el éxito no se perdone y que él sea, así lo cree, un escritor "un poco proscrito".

Aridjis pertenece a la generación que Octavio Paz consagró en la selección Poesía en movimiento (FCE, 1966, con 40 reimpresiones), en la que el michoacano no solo figura como autor principal, sino como colaborador en la elección de nombres y obra, junto a Alí Chumacero y José Emilio Pacheco. "Esta obra es hasta la fecha la antología de poesía mexicana más importante, más icónica, y no hay una similar", dice el poeta, quien recuerda que los editores les pidieron actualizarla, pero fue imposible, primero por los desacuerdos con nuevos antólogos y después por las muertes de los coautores originales.

Una de las "envidias" que hoy arrastra el poeta es que desde hace años ha sido testigo de una campaña en el Metro de Nueva York titulada Poetry in Motion, con poemas breves y fragmentos, en la que dan a conocer varios autores y obras en lengua inglesa. Él ha querido convencer, sin éxito, a tres administraciones del Gobierno del Distrito Federal (no a la actual) de hacer una sección así, ha ofrecido colaborar gratis para animar y cultivar a la gente, pero ninguna respondió, porque, asegura, le temen a lo cultural.

"En ningún país de habla española hay una antología como Poesía en movimiento. De hecho, hay una de escritores de Nueva York, como Mark Strand, y ellos envidiaban la nuestra", dice Aridjis, quien acaba de regresar precisamente de la Gran Manzana, donde presentó su novela Carne de Dios (Alfaguara, 2015) en la St. John's University, obra cuyos personajes son escritores, de la chamana María Sabina (a quien considera poeta) a Allen Ginsberg, de Gordon Wasson a Juan Rulfo, ambientada en los años 50.

—Cuando se lee su obra narrativa, maestro, siempre termina imponiéndose la evocación poética, el tono poético.

—Sobre todo en Carne de Dios, porque varios personajes son poetas, comenzando por María Sabina, la sabia de los hongos alucinantes; se consideraba una sacerdotisa y su forma de expresión eran cantos de iniciación al éxtasis, curaba a medida de los cantos y oficiaba con los poetas beats que venían a verla. Esta sacerdotisa mazateca extraordinaria, única en el mundo, se contrapone con esta generación de los beats, que venían de Nueva York y de San Francisco, así que el lenguaje tiene que resultar poético.

—María Sabina no sabía leer ni escribir...

—Me inquieta un poco que alguien como ella, que tuvo gran influencia en la poesía americana por su estilo, que casi anunció la liberación femenina ("yo soy la mujer estrella, la mujer espíritu, la mujer de lo sagrado"), no tenga un sitio en la poesía mexicana. Hablaba nada más mazateco, pero no hemos encontrado en nuestra historia crítica de la literatura un lugar para poetas, para creadoras de otras letras, como María Sabina, una de las más importantes.

"Hijo de dos mitologías"

Aridjis nació en Contepec, Michoacán, de padre griego y madre mexicana, por lo que suele responder sobre sus orígenes que es hijo de dos mitologías, más que de dos razas, y desde niño leía mucho sobre los mitos helénicos y el arte contemporáneo nacional.

"Es más difícil la mitología mexicana porque hay códices, hay que leerla, no es como una escultura griega, que está humanizada. Uno puede darle la vuelta y la ve como un cuerpo, perfecta de todos los ángulos, y la mexicana no, uno la ve de frente y es arquitectónica; el calendario azteca hay que leerlo, descifrarlo. Cuando era niño no la entendía, pero en mi madurez ya la aprecio porque tiene un concepto cósmico, tiene todo".

En la obra de Aridjis abundan el azul, sueños, caballos, muslos, hechicería, pero como en otros poetas, también figura el ajedrez, que juega desde niño y que lo llevó a conocer a los 19 años a Juan José Arreola, quien lo invitaba a su casa a participar en partidas con Juan Rulfo. El autor de Pedro Páramo intentaba sin éxito persuadir al joven de acompañarlo a la cantina, que le parecía "más divertida", tragos de tequila de por medio, que "estar ahí sentado con el vago de Arreola".

y la reina
sufre en el espacio
no más grande que una llama
del deseo
que la busca viva
en los ojos del otro

Su vida, desde temprana edad, estuvo vinculada a literatos, sumada a una trayectoria diplomática que le dio un escaparate inmejorable y relaciones de grandes ligas. El poeta irlandés Seamus Heaney decía que la obra del mexicano es "una puerta a la luz", y Octavio Paz veía en sus versos "movimiento, extensión, propagación y originalidad". Jean-Marie Gustave Le Clézio, otro Nobel, tampoco ha escatimado elogios para el michoacano.

—Esta valoración de escritores tan prestigiados, su convivencia cotidiana con ellos, con la élite, su presidencia del PEN Internacional, ¿lo han llevado en algún momento a pensar en el Premio Nobel?

—Esas cosas llegan naturalmente o no llegan, es mejor no pensar. A mí me tocó tener un muy buen ojo para la poesía. En los años 70 estaba de consejero cultural en Holanda y ahí conocí, en el Festival de Rotterdam, a Tomas Tranströmer, Le Clézio, Günter Grass y Pablo Neruda. Después organicé un encuentro en Morelia, en 1981, el festival de poesía internacional de mayor calidad en todo el mundo, porque vinieron Borges, Grass, Tranströmer, Heaney y Paz; es más, había nueve escritores que años más tarde ganaron el Premio Nobel, además de Ginsberg, Vasko Popa, Andréi Voznesenski.

"Por unos días convertimos Morelia en la capital mundial de la poesía y eso después me valió muchas envidias y rencores, porque en México el éxito no se perdona, nada más por el mérito de haber hecho algo la gente no te lo perdona. Mi esposa me dijo que siguiera a Heaney y a Tranströmer, que eran jóvenes, pero ya percibíamos su calidad poética. Y sí, todos esos han escrito sobre mí, pero en México estoy un poco proscrito".

—¿Por qué?

—No sé, es un país muy extraño. La cultura oficialista a veces es muy negativa, porque hay un control, quieren controlar el talento y no respetan la independencia.

Las letras y la pintura

Aridjis escribe seis horas diarias y tiene una biblioteca personal calculada en 10 mil libros. No es posible verla, porque la entrevista es en la casa de su hija, la cineasta Eva Aridjis, quien promueve estos días su documental Chuy, el hombre lobo. De las paredes de la sala penden máscaras coras y huicholas, en el pasillo cuadros de Goya y de Toledo, en una mesa de centro una de ocho esculturas base de El cocodrilo, de Leonora Carrington, y una maceta con nochebuenas. Cuenta divertido que Cuauhtémoc Cárdenas, entonces gobernador de Michoacán, le reclamaba por gastar tanto dinero en esas máscaras de papel maché. "¡Estás loco!", le decía.

—Escribe en algún verso que "el hombre en su más alto vuelo es poesía", maestro, pero el poeta en algún momento se cruza con algún pintor, y me atrevo a sugerir que usted lo hizo con Matisse, con el azul Matisse.

—Mi color favorito es el azul, porque era el color del cielo mexicano de mi pueblo. Era de un azul espléndido, azul adorable, como decían los poetas. Lo amaba tanto que todas las portadas de mis libros eran azules y mi editor Joaquín Mortiz se quejaba. "Ya usted me agotó todos los azules y hay colegas suyos que también escogen ese color, porque ven sus libros muy bellos y no sé qué hacer", me decía, y yo le respondía: "Busque más tonos de azul, don Joaquín", y los hallaba, como Matisse. Tengo esa debilidad.

Este hombre, traducido a 15 lenguas y multipremiado en cinco países, hablante también del inglés y el francés, confiesa que de no ser poeta, le hubiera gustado ser pintor, y se declara devoto de Tiziano, El Bosco, Rembrandt y Vermeer. De este último tomó un cuadro como inspiración para escribir un poema, incluido en un libro que, lamenta, en México pasó inadvertido.

—¿Escritor favorito, maestro?

—Tengo muchos escritores favoritos y van cambiando con la edad. Soy un lector maniático de poesía. Leo lo mismo a un alemán como Novalis que a un italiano como Dante, que a un francés como Baudelaire, que a un mexicano como López Velarde o Nezahualcóyotl, un códice o un libro de mitología, poetas griegos, un poco de todo. A Neruda lo leía mucho, a García Lorca, poesía china y japonesa.

—¿Avizora un poeta contemporáneo mexicano o extranjero que pudiera ser su sucesor?

—No lo sé, porque la poesía es difícil, un ejercicio de todos los días. En España me preguntaban hace poco cómo me sentía y les decía que muy contento porque, como dicen de un santo que vive en estado de gracia, mi inspiración es vivir en estado de poesía, es la percepción de la vida a través de los ojos de la poesía.

—Pero, entonces, ¿hoy no ve un poeta...?

—No los puedo ver, a los jóvenes uno no los conoce. Hay mala distribución de libros de poesía y hay poetas de habla española en todos lados: Morelia, Buenos Aires, Santiago, Sevilla, Estados Unidos. Además, falta mucha crítica. En general los libros de poesía, incluso los míos, pasan sin crítica, sin registro de crítica.

—¿Sí hay poesía y no hay crítica?

—No hay crítica, hay mercadotecnia. La mercadotecnia ha reemplazado a la crítica.

Porque el hombre en su más alto vuelo es poesía, floración de tener y adivinar la vida al fondo de los niños y la luz del reino circundante, de lo que germina y hace germinar. Escribo porque soy efímero, y la vida es breve y dura y sorprendente. Y me siento en armonía conmigo y con los hombres.

Antes de terminar la entrevista, en esta casa en el noroeste de la Ciudad de México, se asoma una colaboradora del poeta en compañía de un pastor alemán, de nombre Lincoln y pelaje oscuro, que ladra a los visitantes. "Es el trabajo de los perros, ladrar, como el de los policías usar el silbato", dice Aridjis, y ríe mientras tranquiliza a su guardián. Se impone el fin de la charla, pero antes, también, una última pregunta.

—¿Qué verso envidia, maestro? ¿Qué verso dice usted: "me hubiera gustado escribirlo"?

—Uno de los versos que más me gustan, por su profundidad, es de Dante, cuando termina la Divina comedia: "El amor ardiente mueve al Sol y a las demás estrellas". Dice que el amor está moviendo el universo, es un verso muy bello.

Claves
Grupo de los 100

  • Homero Aridjis es presidente del Grupo de los 100, organización ambientalista internacional, y es como lo identifica su tarjeta de presentación.
  • Estudió filosofía y periodismo. Es autor de 47 libros y ha ganado múltiples premios, como el Xavier Villaurrutia, el Roger Caillois y el Grinzane Cavour.
  • En Michoacán creó bibliotecas públicas en pequeños pueblos y el Museo de Máscaras Mexicanas, además de ser defensor de la mariposa monarca.
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