¡Son novios, son novios!

Selena y Espiri se conocieron y después de un rato decicieron entablar una relación. De los tres hijos que tuvo con su ex marido, ninguno vive con ella.
Los chiquillos los observan, mirada extraviada, alguno aún grita: —¡Son novios, son novios.
Los chiquillos los observan, mirada extraviada, alguno aún grita: —¡Son novios, son novios. (Ilustración: Juan Carlos Fleicer)

México

¡Son novios, son novios! —gritan, los rodean y propinan violentos empujones, en un frenético brincoteo que se quiere danza—. ¡Son novios, son novios!— gritan sin descuidar la estopa empapada en solvente; casi caen, se defienden. Él tira puñetazos, puntapiés; ella, bolsazos que logran romper el círculo. Él se empina y recoge su sombrero, siente patadas en el fondillo y ella recoge piedras, con certera puntería las arroja. Ambos se toman de la mano y corren. Los chiquillos los observan, mirada extraviada, alguno aún grita: —¡Son novios, son novios.

Las lámparas del alumbrado alargan sus figuras, delgadas y vestidas con andrajos; desvaídas cachuchas coronan las rapadas testas.

—Qué locos —dice Serena cuando detiene su tortuosa carrera y sacude la ropa del terregal cenizo, graso–; vamos al cafecito de la Moni, ahí nos aplacamos.

—Vamos —acepta Espiri, jalando aire una y otra vez–. Vamos, a ver si no nos da un inflaharto.

Se detienen frente a la escalera que da a la calle y suben. Aún agitados, todavía sorprendidos porque lograron escapar. La robusta Moni sale detrás del mostrador, seca sus manos y las tiende, cálida, afectuosa.

—Siéntense. Qué milagro que se acuerdan de los pobres. Hacía rato que no venían...

—Ay. Deja que agarre aire, apenas puedo resollar. Nos pegaron buen susto los vagos de la estopa...

—¿Pues qué les pasó, quiénes fueron, dónde andaban; por qué atraviesan el baldío, si ya saben que es peligroso? Mejor den la vuelta a la manzana... ¡Como serás, Espiri: para qué expones a la Serena, esos vagos no piensan, hasta los pueden matar!

—Pues si no nos matan, nos morimos de la carrera que pegamos. ¡Si de tanto empujón caemos, nos matan a patadas! Estaban bien pasados y nos traían como costal de box, nomás rebotábamos de aquí p´allá —le dice a Moni, que ya volvía del mostrador con sendos vasos de agua.

—Tengan, y ahorita les preparo unos bolillos para el susto, capaz que hasta el azúcar se les sube y se me hacen diabéticos, ni Dios lo quiera...

Lluvia de abril; cuando estaba en casa, Serena acercaba una silla a la ventana y se perdía mirándola caer. Con su casa limpia, impecable, arropándola. Sus tres hijos crecieron. Uno se fue a Estados Unidos y allá hizo su vida, cada Navidad le llama y le pasa y cada uno de los tres nietos, a lo que jamás ha visto, para que la saluden y deseen ¡happy new year, mom! Otro se estableció en Matamoros y las malas lenguas dicen que se enroló con los mafiosos. Lo da por muerto y cada noche le reza un Padre Nuestro y un Avemaría. El mayor se enojó con ella cuando comenzó a salir con Espiri.

—¿Ya te olvidaste de mi papá? —reclamó.

—Él se olvidó de nosotros desde que decidió largarse —devolvió Serena. El muchacho hizo una maleta y se fue. Le llama cada cumpleaños, se hizo panadero y radica en Chihuahua.

Espiri se enamoró de Serena apenas comenzó a tratarla. Mati, su vecina, le dijo que en la pozolería donde ella come necesitan afanadora:

—Vamos, te presento con la dueña y quien quita y se arreglan, ¿qué haces aquí sola, nomás secándote? Ni canarios tienes para atender, como yo, y ya ves: desde que el Palomo se fue con la Pichona yo dije: ámonos, qué chingados hago aquí, nomás derramando lágrimas de en balde. Sesentonas y todo, algo podemos conocer o cuando menos nos distraemos en el camino, porque la casa mata, no es cosa buena la soledad.

Dos, tres horas hace de camino hasta la pozolería. Nunca había trabajado fuera de casa. Lavaba, planchaba, limpiaba la casa y hacia la comida hasta que sus chamacos llegaban. Sotero comenzó a faltar, alegaba trabajo y más trabajo, hasta que de plano no volvió. Halló el recado sobre el buró: “Tengo una familia que me necesita”.

Cayó en depresión, se sobrepuso. Pero quedó escamada para relacionarse con hombres que la pretendían. Su hijo el panadero dejó de enviarle dinero, justo cuando Mati le ofreció se fuera a solicitar trabajo.

—Las güevonas no caben en ningún lugar. Haz lo que te toca y todos contentos; aquí hay cloro, jergas, trampeadores, cubeta, escobas... Por la buena soy cuata, pero a la mala soy pior —advirtió Leonarda, la robusta y bonachona patrona.

—Hace un año que llegaste y nos merecemos un café con la Moni —le dijo Espiri a la hora de la comida—. Y le agregamos un pay de queso.

Acordaron. Leona los dejó salir una hora antes, para que él la acompañará hasta su casa. Ambos lograron vencer mutuas desconfianzas y la primera vez dejó que la acompañará hasta Los Reyes: ella continuaría hasta su casa, en las profundidades de Chalco–Solidaridad.

Un domingo lo invito a almorzar. Supo que era viudo, huérfano, sin más familia que Guandajón, su perro, mezcla de criollo y corriente. Al tercer domingo almorzaron, se fueron al café de Moni y a casa de Sere retornaron bajo el solazo, levantando nubecillas a cada paso.

—¡Métete a bañar! Vienes cenizo —le dijo.

Enjabonado, escuchó a Serena abrir la puerta; te traje toalla, dijo. Gracias, respondió Espiri. Se enjuagó bajo la regadera y al abrir los ojos la vio, plena a sus sesenta años. Corrieron la cortina y se bañaron. Mientras se secaban uno al otro, la escucho apenado: “¿Ya viste que si se puede? Flojito y cooperando, ¿pa´ qué las prisas?”

–Nos arriesgamos mucho cruzando el baldío, Espiri. Mejor hay que dar la vuelta la manzana. Cómele a tu pay, y éntrale al café, que ya frío no sabe bueno.

–Esos recabrestos viciosos: si no me muero del susto, me infarto por tanto correr... Sentía que el corazón se me desbocaba.

–En mi bolsa cargo una piedra de río; por eso se abrieron, que si no, nos dan una golpiza y nos quitan lo poco que llevamos.

–Ya te imagino rodando, Espiri. Ya bájale al consumo de tortillas, que está buena mujer te necesita enterito; está para que la atiendas, no para que cuide enfermos.

–Pinches chamacos, sí me espantaron. Parecen zombis: ni los fregadazos sienten. y por donde quiera andan con su estopa. Tendré que cargar la pistola para acompañarte, Sere, te arriesgas mucho tú sola y llegando tan noche.

—Por eso cargo mi piedrotota de río. Porque hasta los perros te echan montón, los canijos. L’otra vez le atine a uno que nomás se fue aullando y creo que hasta con los colmillos colgando –rió Serena al acordarse—. Pero igual que con los chamacos con su activo: te caes y te devoran; los ves vagando por el cerro, o bajan a las colonias a perseguir hembras, en filas de más de más de veinte. ¿Qué comen? Igualitos a los chamacos: ve tú a saber, por eso andan trasijados, entecos, Sí, hay que cuidarse: de perros, patrullas y activos.

—¡Ah qué ustedes y sus panchoaventuras! Ya debieran arrejuntarse, para que se vean uno al otro. Si se animan, les hago aquí su moliza. Invitamos a sus compas de la pozolería y a la patrona. Nos traemos al trío norteño que toca en la cervecería y a la banda de oaxaquitos que viene cada jueves de tianguis.

—Pues... Eso le digo aquí a la Serena, pero como que lo piensa mucho –dijo Espiridión y agachó la cabeza.

—¡Hablador, nunca me habías dicho nada! —respingó Serena, sorprendida.

—¡Pues ya dijo y ora a rajarse a su tierra! —dijo Moni, se levantó y regresó con tres latas de cerveza—. Vamos a decir salú y ya dije; a rajarse a su tierra. Y si se echa p’atrás ya sabe: azuzó a perros y zombis. Usté dice.

—Piénsalo bien —dijo Serena—: no luego te vayas ir al cerro... ¡Salú manita, nomás andas encaminando almas! Pero si no es por ti, éste ni siquiera abre la boca...

Escritor, cronista de "Neza".