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Son como las nalgas: inseparables

Crónica

Los gemelos crecieron y abandonaron la escuela. El maldoso español les fincó apodos: Siniestro a Hugo por su mirada esquiva y rencorosa; Carcamán a Beto, porque a pesar de su obesidad tiene piel ceniza y como de elefante, rugosa.
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El microbús se detiene, dos personas pugnan por bajar al mismo tiempo, pero no caben, se atoran en el estribo, los demás pasajeros protestan: ya, comadres, dense un besito y a la shin… Se destraban, sobre la banqueta alisan los pantalones, acomodan el raído saco y el sombrero, entrecruzan duras miradas, maldicen por lo bajo. Apenas se soportan, aunque siempre andan juntos Siniestro y Carcamán, como los rebautizó la vox pópuli, vox Dei.

—Son como las nalgas, se golpean una a la otra, pero son inseparables —dice Valeria, su hermana la mayor, y suelta la carcajada—. ¡Ay, estos hombres: no tienen remedio! ¿Cuánto le debo? Hágame la cuenta que me voy, porque llegó este par y seguro vienen insoportables —apura a la tendera, coge su bolsa, se adelanta, abre el zaguán y desaparece; tras ella entran Siniestro y Carcamán. Cuelgan sacos y sombreros en el perchero y escenifican el rutinario sainete de empujarse para ocupar el lavabo y lavarse las manos. Siniestro gana esta vez.

—Siéntese a ver la tele un rato mientras está la cena —ordena Valeria. La papada de Carcamán se inflama: Siniestro se hizo del control y refleja maldad el incesante sube y baja de su manzana de Adán, producto de la agitación al saberse dueño de la programación que tanto molesta a su gemelo, quien se resigna, coge el periódico y se sienta al lado de su hermano: enteco, de largas y huesudas manos que nadan en las albas camisas blancas, almidonadas por Valeria, a cuyo cargo quedaron los gemelos cuando la madre falleció, disminuida por la depresión que le causó la ausencia de Leoncio el cartero, su marido, que un buen día salió para no volver.

—Mejor. Le daba muy mala vida a mi mamá Adelaida. Borrachote empedernido, y golpeador don Leoncio, cómo no: al menor pretexto le atizaba sus catorrazos a mi santa mamacita, aunque estuviera embarazada. Pa’ mí que por eso estos dos salieron raros, como a disgusto con el mundo.

La tristeza y el cansancio vencieron a doña Adelaida. Leoncio jamás hizo nada para mejorar los dos cuartuchos de tres por tres metros, y la minúscula cocina techada con láminas de zinc: en verano eran comal achicharrante, y con las lluvias cedazo empeñado en inundar la estancia.

En el patio las gallinas revoloteaban su espanto al abrir Leoncio la descuajaringada puerta: se tambaleaba, la melena alborotada, y se lanzaba tras las aves girando la mochila de las cartas sobre su cabeza, como un gaucho con sus boleadoras para manear al que se le atravesara. Enloquecidas, las aves cacareaban, sus aletazos levantaban polvareda y se guarecían en el rústico gallinero.

Solo un gallo lo enfrentaba a espolonazos: el abado aleteaba con furia, hasta que un mal día el morral cartero se enredó en su cuello; el tirón le tronchó el pescuezo y desguanguilado el animal corría con la cresta entre sus patas, hasta que se derrumbó. El hombre le puso un pie encima y pegó sonoro grito: ¡Ayjajayjay, cabroncete, ¿no que muy gallito?

Adelaida emergió de la oscuridad de la cocina y levantó el gallo, lo puso en el lavadero y fue por una olla con agua hirviente; metió al abado y lo despojó de las plumas blancas y negras que le dieron nombre. Destazó al animal y de soslayo miraba a Leoncio festejar sentado sobre una piedra, a medio patio.

En la recámara de los niños, Valeria acurrucaba a los gemelos; temblaban temerosos: a Leoncio, bebido, le daba por revisar tareas escolares y repartía cachetadas y manazos. Hugo, el gordito de los gemelos, intentaba meterse bajo la cama solo para que el padre estallara en carcajadas, mira nomás: como si fueras varita de nardo, barrigón éste: no cabes, ¡si serás idiotota! A ver tú, arrímate p’acá, indicaba a Beto, aterrorizado. ¡Ya déjelos, apá, está usté tomado!, lo enfrentó Valeria. Leoncio erró una bofetada: se quedó tirado y ahí durmió hasta la madrugada.

Doña Adelaida se ayudaba en los gastos planchando ropa ajena. Las vecinas la compadecían, aconsejaban que buscara un trabajo de entrada por salida, Valeria ya puede encargarse de los gemelos; no se cruce de brazos, porque el briagales de su marido no tiene remedio, un día le dará un mal golpe a usted o a los chiquillos, ¡y que Dios guarde la hora!

Valeria logró emplearse. Platicaba con don Lauro el carnicero cuando llegó el arqui, locatario con un despacho donde elaboraba planos, preparaba pagos de predial, altas de nuevas construcciones, regularización de lotes ante la Receptoría de Rentas. Necesito alguien que atienda el teléfono o entretenga a los clientes mientras yo ando fuera… ¡Yo, yo!, dijo Valeria: estudié mecanografía en la secun y no tengo tan mala ortografía: aquí don Lauro me conoce, soy cumplidora, ¿verdad que sí? Ándele. Lauro hizo un gesto de aprobación, pero avísale a tu mamá, pa’ que no se preocupe.

Adelaida esbozó una sonrisa, le sirvió la comida y la acompañó al mercado: No peleen, voy y vuelvo, dijo a los gemelos. Ai se la encargo, es buena muchacha, y muy trabajadora, arqui; muchas gracias por la oportunidad a m’hija, no se arrepentirá. El larguirucho y barbado arqui aceptó.

Leoncio desapareció, Ade supo por las vecinas que era cliente frecuente de la pulquería “Aquí me quedo”; que ahí se la pasa abrazado a briagas como él, se dan quicos mientras usted lava ajeno: no es justo, si vuelve no le dé entrada o hasta otros chamacos le enjareta. ¡Ay, cómo creen: ¿a mis años?! ¡Ni loca! Nunca diga “de esta agua no beberé” y póngase viva: la carne es débil, ai tiene a Taide la Guaxaca: ¡cincuenteando y criando!

Los gemelos crecieron, abandonaron la escuela y en una colonia vecina se emplearon como cobradores de una mueblería que efectuaba ventas en cómodos abonos. El maldoso español pecoso fue quien les fincó apodos: Siniestro a Hugo, por su mirada esquiva y rencorosa; Carcamán a Beto, porque a pesar de su obesidad tiene piel ceniza y como de elefante, rugosa: “Naciste viejo, gordo antidiluviano”.

A Siniestro y Carcamán les dio por vestir igual: con trajes adquiridos en los tianguis, lustrosos, como grasientos. Hallaron un par de viejos sombreros Tardán para atenuar los efectos del sol durante sus recorridos. Con los años, los portazos y descolones que brindaban las deudoras les agrió el carácter. Salían con su paquete de tarjetas donde anotaban los abonos y cogían rumbo. Volvían juntos a la casa, donde Valeria, luego de su chamba, se daba tiempo para hacer la despensa y preparar la comida. “Cuida de ese par”, encomendó Ade antes de morir. Los escasos galanes cejaron al topar con la más plena indiferencia de Valeria.

Vale desistió de quitarles lo huraño a los gemelos. Se conformó con ver que trabajaban y no tenían vicios. Se peleaban el control del televisor, su lucha era sorda, entre pujidos. El perdedor cogía el diario y lo extendía sobre su gemelo, quien manoteaba ensimismado ante la pantalla. Valeria asomaba y pedía que bajaran las patotas de la mesa de centro, ¿qué educación es esa? Si mamá Ade los viera, volvía a morir de pura decepción. ¿Van a cenar o no? Ya está servido, lávense las manos y luego se lavan los dientotes: los tienen amarillos como mazorca, ¿oyeron?

Los tres cenan en silencio. Al concluir, los gemelos corren: a ver quién gana el lavado. Carcamán gana. Siniestro gruñe. 

* Escritor. Cronista de Neza.

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