Ex soldados alemanes regresan a los tanques con negocio

Los hermanos Heyse eran conductores de blindados en Alemana Oriental; desde la caída del muro de Berlín pensaron cómo podían volver a manejarlos.

Steinhöfel, Alemania

Los hermanos Heyse habían sido conductores de tanques durante su instrucción militar en la República Democrática Alemana, pero tras la caída del muro de Berlín, pese a que ambos habían encontrado empleo, seguía dándoles vueltas en la cabeza cómo volver a ponerse a los mandos de esos vehículos blindados.

“Queríamos volver a conducir un tanque. Y eso no era posible en Alemania. Entonces no se podía en ningún lugar del mundo, a menos de que volvieses al servicio militar”, recordó Axel Heyse, responsable del negocio junto con su hermano Jörg.

El hallazgo

La solución a su nostalgia por manejar esos vehículos militares llegó por casualidad, durante una escapada de fin de semana a Praga en 2002.

“Íbamos con nuestras mujeres en el coche y, al pasar por un descampado, vimos los restos de un tanque, un BMP-1. Era una chatarra, pero lo reconocimos inmediatamente. Paramos y fuimos a hablar con el dueño. Con un poco de alemán y un poco de ruso nos dijo que estaba a la venta y lo compramos”, narró Axel.

A continuación, los hermanos tuvieron que afrontar una odisea burocrática, ya que, a fin de cuentas, lo que querían era exportar material armamentístico: desmilitarizaron el carro de combate, encontraron transporte, consiguieron los pertinentes permisos checos y alemanes y se lo llevaron a casa.

Que el tanque volviese a funcionar les llevó dos años de intenso trabajo manual y de concienzudas búsquedas por todo el mundo de las piezas y herramientas que les hacían falta.

Entonces, el alcalde de su localidad les ofreció participar en una fiesta con el vehículo, dar un par de vueltas para mostrarlo a los asistentes.

“Había cientos de personas esperando para ver el tanque. Todos se querían subir. Estuvimos de 10 de la mañana a 10 de la noche”, remembró.

Desde entonces, “el teléfono no paraba de sonar” y los dos hermanos decidieron dejar sus trabajos para dedicarse a tiempo completo a fundar la escuela de tanques.

La escuela

El menú que ofrece la escuela para manejar tanques como actividad recreativa incluye desde el paseo básico de media hora por 145 euros (alrededor de 2 mil 600 pesos), hasta el paquete completo con noche en un cercano hotel de cuatro estrellas y cena romántica para dos personas por 293 euros (5 mil 200 pesos).

Además, por 260 euros adicionales (4 mil 600 pesos) se puede embestir un vehículo chatarra hasta destrozarlo que después los empresarios se encargan de enviar al deshuesadero de automóviles.

Es la única escuela de grandes tanques del mundo que permite a los civiles manejar esos vehículos y arrollar coches aplastándolos con las orugas.

“Tenemos una clientela muy internacional. Muchos vienen de América, de Escandinavia, del sur de Europa... de todas partes. De media recibimos 30 mil visitantes al año aproximadamente. Estamos totalmente al completo”, aseguró Axel, tras destacar que 40 por ciento de los interesados son mujeres.

La experiencia

Los 300 caballos del BMP-1 rugen desatados devorando combustible cuando Norbert Bastner engrana con dificultad la primera marcha y pisa el acelerador para echar a andar, con algún trompicón, por la pista esta bestia de acero de factura rusa y casi 14 toneladas.

Durante más de 20 minutos, este alemán de unos 60 años circula por entre las dunas del circuito —rectificando a veces de forma precipitada, empleando en otras a fondo la potencia del blindado— mientras sigue por unos auriculares las directrices de su instructor y copiloto.

La polvareda se eleva sobre la pista de este negocio, enclavado en un rincón rural del este de Alemania a 50 kilómetros de Berlín y dotado de 13 empleados (en su mayoría mecánicos y conductores) y con 14 carros de combate rehabilitados, en su mayoría BMP-1 y T-55, dos modelos rusos con mucha aceptación entre los miembros del Pacto de Varsovia entre los años 50 y 70 del siglo pasado.

“¡Toda una experiencia!”, asegura satisfecho Bastner, al que sus ex compañeros del trabajo le regalaron un vale para conducir un blindado cuando cambió de empleo.

“No soy aficionado a las armas ni nada, si me hubiesen invitado a conducir un deportivo lo hubiese disfrutado igual. Pero reconozco que ha sido muy interesante poder ver la técnica desde dentro”, asegura tras compartir el paseo con su mujer y sus dos hijos.

Además de Bastner y su familia, había un grupo de jubilados alemanes y, un poco más atrás, un hombre en sus 30 acompañado de su mujer y su hijo pequeño, todos con la expectativa de manejar un tanque.