[Semáforo] El miedo al cuerpo

Los atenienses de hace 25 siglos despreciaban el sobrepeso; en los soldados la exigencia estética tenía razón y origen en la supervivencia.
Otras épocas han sido benevolentes con la abundancia corporal.
Otras épocas han sido benevolentes con la abundancia corporal. (Reuters)

Ciudad de México

Cada época descubre e inventa sus fantasías acerca del cuerpo; su belleza, su función, sus usos privados y públicos. También las críticas y hasta la segregación de quienes no encarnan el prejuicio estético. Hoy relegamos a los gordos.

Los atenienses de hace 25 siglos también despreciaban el sobrepeso. No conocieron los grados de obesidad que puede producir la cultura de grasas nitrogenadas, azúcares y harinas refinadas, pero despreciaban un cuerpo flojo porque lo suponían producto de la molicie. Admiraban la musculatura, pero no era solo un apego estético. Platón señala varias veces que un hombre (las mujeres contaban poco y de modo raro entre los atenienses) que descuida su cuerpo no es solo culpable de su personal dejadez, sino que muestra no preocuparse por los demás. Parece el colmo de la estética superflua. Pero hay otra razón: los atenienses no tenían ejército profesional; los ciudadanos —alfareros, marinos, comerciantes— formaban el ejército cuando era necesario y, en tiempos de paz, volvían a sus oficios.

En batalla, los soldados trababan los escudos y formaban una pared casi invulnerable, pero requerían una fuerza notable y agilidad para no arriesgar la concatenación con eslabones débiles. Es decir, tenían la obligación de "estar en forma" porque su debilidad ponía en riesgo no solo al de junto sino a la ciudad y las familias. La exigencia estética tenía razón y origen en la supervivencia.

Otras épocas han sido benevolentes con la abundancia corporal. No sabemos bien cómo juzgar esas esculturas paleolíticas llamadas "Venus", pero parece ser que la obesidad era un rasgo de seres superiores. En la era moderna, las lonjitas son el elogio de la comodidad, la acumulación de bienes, el valor del ocio. Desde el siglo XVII y hasta bien entrado el siglo XX, la grasa sobrante era signo no solo de solvencia económica (los flacos tenían "cuerpo de pobre") sino de salud.

Unas veces se admira la prestancia física de las formas marciales: las musculaturas y los logros atléticos de los cuerpos esbeltos; otras, el regalo del bienestar material y la vida sin esfuerzos, con todo y sus lonjitas. Y pueden convivir los gustos divergentes: marciales para varones, venusinos para mujeres, por ejemplo. Pero casi todas las épocas y culturas han tenido sus ideales de belleza más o menos claros.

Hasta hoy, que (excepto por la obesidad) nadie sabe ya qué hacer ni qué buscar en términos de canon. Y no estaría nada mal que se rompieran los cartabones, si eso diera en más belleza y más variada; ese mundo sería mejor que el de los estereotipos. Pero es lo contrario: nadie parece hallarse a gusto en su propio cuerpo. Recuerdo a Bruce Jenner como atleta admirable. Hoy se llama Caitlyn. La gente aplaude su melancólica metamorfosis. Cito a Chesterton: "He dicho que [el hombre moderno] sirve al cuerpo; pero muchos hombres, en muchas épocas, han servido a sus cuerpos. Dudo, sin embargo, que muchos hombres, en muchas épocas, hayan temido tanto a sus cuerpos. Podríamos representar, en un drama simbólico, a un hombre que huye por la calle, perseguido por su propio cuerpo".