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Sábado , 26.05.2018 / 00:02 Hoy

Sobre un fantasma

Vibraciones


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Hugo Roca Joglar

Ni siquiera en la definición hay consenso. ¿Pierre Schaeffer fue compositor, teórico musical, escritor u hombre de radio? Estamos ante un tipo evasivo y extraño que exploró los bordes, que existió en las fronteras. Mucho tuvo de fantasma. Se le intentó ignorar pero inquietaba su presencia, siempre ilegible, siempre ―aún sin quererlo― polémica.

Fue un niño que creció envuelto por sonidos tradicionales. Su padre tocaba el violín y su madre era maestra de canto. Y él, adolescente, quiso algo intermedio: ni tan agudo ni tan humano; escogió el violonchelo, que estudió en el Conservatorio de Nancy, pero la música que le enseñaban ―arias de óperas sueltas, sinfonías románticas― lo aburría al grado del tedio.

Su verdadera fascinación era el sonido. Escucharlo, desmenuzarlo, comprenderlo y transmitirlo. Se graduó como ingeniero (1934) y durante la Segunda Guerra Mundial, trabajó como lugarteniente de transmisiones en el este de Francia; se ocupaba, en gran medida, de asuntos clandestinos. Por ejemplo, difundir el llamado a la liberación de París (1944).

Desde su laboratorio del Club d’Essai ―estudio radial que fundó en 1942 con el objeto de formar técnicos y producir programas― utilizó, por primera vez en la historia, la tecnología ―la posibilidad de grabar sonidos― con fines musicales. Sus investigaciones revolucionaron la relación entre el sonido musical y la composición e hicieron posible el surgimiento de la electroacústica, en donde ―a través de la manipulación tecnológica― el compositor convierte el sonido en materia (al transformar sus parámetros) y lo moldea a su antojo, en tiempo real, en relación directa con lo que escucha, como si esculpiera.

Y, sin embargo, Pierre Schaeffer solo grabó locomotoras y torniquetes; nunca quiso ir más lejos. Se asustó de la puerta que había abierto. Compuso muy poco (Variaciones sobre una flauta mexicana y Suite para 14 instrumentos son tal vez sus obras más importantes) y en sus composiciones ―de una sobriedad tan radical que a veces suenan inconclusas― quiso mantener el control sobre sus procesos y objetos sonoros.

Sintió la necesidad de crear un procedimiento sistematizado que rigiera metodológicamente la manera en que los compositores utilizaban la tecnología y trataban los sonidos pero era demasiado tarde: sin quererlo, se había convertido en el padre musical de la indeterminación y el azar.

Pierre Schaeffer dejó de componer hacia 1967, a los 57 años, y dedicó el resto de su vida a escribir al lado de Jacqueline, su segunda esposa (Elisabeth, la primera, murió durante la guerra).

De su obra literaria destacan las novelas Prélude, choral et fugue (1983) y Le gardieu de volcán (1969), sobre un joven francés, Simón Vanderer, que es enviado a México para ofrecer una conferencia sobre vulcanología en Uruapan. En uno de los pasajes sobre el primer acercamiento de Simón con el Paricutín, se lee: “lo mira, lo interroga, lo escucha; mi humo no le interese a usted, es un volcán activo pero moderado; funciona sin perjudicar a nadie y a satisfacción de la clientela; respira, respire, […] no es contagioso mientras no se acerque demasiado”.

Pierre Schaeffer murió a los 85 años (1995) en Aix, muy cerca de París. Jacqueline lo recordó como “un ser por descubrir constantemente, en movimiento perpetuo. […] ¡Dijo haberse enamorado de mis rodillas! […] Su exigencia interior lo torturaba. […] Se despidió un día soleado de verano, regresando a visitar los árboles que había plantado, diciéndonos adiós sin que nosotros lo supiéramos, con toda elegancia: disculpe usted, muero. La escritura era su oxígeno, su ejercicio cotidiano, su fuente de energía, […] decía: nunca me niego a una experiencia de comunicación”.

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