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Martes , 16.10.2018 / 08:15 Hoy

Sismos de septiembre

La autora pinta el sombrío panorama que viven las comunidades oaxaqueñas y describe las acciones que deberán tomarse después del terremoto del 7 de septiembre


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Vivo en Oaxaca pero el terremoto del 7 de septiembre me sacudió en la Ciudad de México. Era casi la medianoche. Volvió el fantasma de aquel otro movimiento, terrible, de 1985. Murió entonces el abuelo de mis hijos, cuyo cuerpo sería encontrado muchos días después, bajo los escombros del Hotel Regis. Fueron días de tremendo pesar y zozobra; a la vez, de asombrosa solidaridad. De ese tiempo perdura en la memoria la energía de un poder ciudadano pocas veces visto. Su determinación sostuvo a miles de personas que quedaron en la calle, mutiladas física y emocionalmente.

De alguna manera, restos del dolor causado por el sismo de 1985 impulsaron mi decisión para establecerme, poco después, en Oaxaca, tierra de parte de mi familia paterna. Aquí estoy ahora, en la capital del estado, tratando de seguir la marea de acciones que se organizan ante la catástrofe reciente; de contribuir en lo que se pueda.

La región del Istmo de Tehuantepec quedó devastada. La información llega veloz, sobre todo desde las ciudades y lugares de mayor población, que quedaron en ruinas o gravemente afectados: Juchitán de Zaragoza, Asunción Ixtaltepec, Matías Romero, los más notorios. Pero pasan los días y la cifra de muertos y heridos aumenta; asoman detalles desoladores de la destrucción. Vamos sabiendo de numerosas comunidades pequeñas, alejadas, que quedaron incomunicadas por los derrumbes; sin energía eléctrica, sin agua ni teléfono.

Desde microrregiones que tradicionalmente han estado fuera de la atención pública, llegan solicitudes de auxilio. El Mixe bajo, el distrito de Choápam, los Chimalapas, la zona Ikoots o huave, la Sierra Norte, la Costa Chica y la Sierra Sur muestran la cara del desastre que se les vino encima, en agencias y rancherías. Si la intrincada orografía de Oaxaca ha sido excusa para un abandono injustificable; si se ha dejado en manos de los pobladores, y de su trabajo colectivo gratuito (el generoso tequio), la solución a los problemas de cientos de localidades, la situación actual ha rebasado esa capacidad. Y hablamos de una extensión territorial enorme.

Atentos y preocupados, amigos y conocidos, y conocidos de los conocidos, transmiten a través de las redes sociales el estado de la gente, de sus viviendas, de las escuelas, de los edificios públicos, de las iglesias y plazas, de los hospitales, clínicas y mercados; de los lugares donde se hace la vida. Cantidad de mensajes circulan pidiendo localizar a los familiares de personas sin identificar, solicitando víveres, ropa, enseres y medicamentos para sitios desatendidos, anunciando centros de acopio y distribución.

Por lo pronto, es lo que urge. Pero hay más. Se trata de mucha gente que quedó en la calle, literalmente. Que lo perdió todo. Que duerme y pasa los días como puede. Apremian las evaluaciones arquitectónicas, dice alguien cercano que ha visto destruidos los blocks de los ferrocarrileros, donde viven cerca de 25 familias, en Matías Romero; pero es así por donde se voltee a mirar. En muchos casos no se puede volver. Son tan graves los daños en las casas y edificios, aun los que permanecen en pie en ciudades como San Francisco Ixhuatán, Ixtepec, Unión Hidalgo y San Blas Atempa, que pasarán meses antes de poder reconstruirlos. ¿Y con qué medios? Mientras un mensaje oficial invita a solicitar crédito al INFONAVIT, alguien ha conseguido 200 tiendas de campaña y pide el apoyo de un camión para transportarlas. Otro grupo construye viviendas provisionales, circulares, llamadas yurtas, y da asesoría para aprender a hacerlas.

Desde la propia región del Istmo, la ciudad de Oaxaca, la Ciudad de México, y otras más que se van sumando, un ejército anónimo de personas sencillas, de toda edad y procedencia, se encuentra en este instante dando sus manos, sus recursos, sus capacidades, sean del tamaño que sean, para apoyar a los damnificados: organizaciones de artesanos, clubes de servicio, librerías, ópticas, empresas de mensajería, galerías de arte y cafés culturales, asociaciones de eco-cultura, mezcalerías, restaurantes, grupos terapéuticos, médicos locales y extranjeros, instituciones educativas y un sinfín de colectivos de artistas, donde caben músicos, cantantes, escritores y artistas plásticos, concretan su apoyo. Reconozco en ellos a varias amigas y amigos entrañables. Incluso, los vulnerables inmigrantes centroamericanos, viajantes de la Bestia, salen de los albergues y aportan su esfuerzo.

Vista desde otros medios, la ayuda se muestra a través de imágenes de gobernantes e instituciones que anuncian medidas inmediatas. Son los primeros días después del siniestro y es lo usual. No se olvidan las críticas que recibió en 1985 el presidente De la Madrid por su reacción fría y retardada frente a los acontecimientos. En contraste, se recuerda que en medio del olor a gas y muerte, del polvo y la angustia de aquellos días, en todo el antiguo Distrito Federal se abrían cocinas comunitarias donde se daba de comer y beber a quien lo pidiera, que en la casa del vecino se albergaba y buscaba consuelo a las personas. Tal muestra de fortaleza y resistencia dejaría huella.

Una fuerza similar sostiene en estos días a Oaxaca, al orgulloso y digno Istmo de Tehuantepec. Las espléndidas casas de la cultura de Tehuantepec y Juchitán de Zaragoza, esta última emblema de una época de lucha y resistencia cultural y política en la región, iniciada en la década de 1970, están destrozadas, pero no lo que simbolizan. El artista de origen juchiteco Francisco Toledo fue uno de sus impulsores hace 45 años. Su influencia sería decisiva para su fundación. Haría lo mismo a mediados de la década de 1980 al crear numerosos centros culturales en el estado, generando así un movimiento artístico sin precedente, reproducido hoy en día en multitud de iniciativas personales y de grupos colectivos independientes. Por medio suyo se están abriendo en este momento importantes canales de ayuda y su figura es un referente moral que nos inspira a muchos. Con todo, se vislumbra un camino difícil.

El segundo comunicado de la red Binniyoó o La casa de la gente que surgió de forma espontánea a raíz del terremoto advierte que después de las acciones iniciales toca pasar a la planeación a mediano y largo plazo para atender otro tipo de necesidades, como la remoción de escombros y la reconstrucción, en la que tendrán que intervenir más organismos e instituciones, con proyectos formales. Se entiende que las acciones por venir deberán estar debidamente enfocadas en el tiempo. Para salir bien librados, parece, habrá que estar dispuestos a estar, sentir y comprender. “Porque si entendemos algo somos capaz de amarlo. Si no lo entendemos, no tenemos posibilidad de hacer nada”, dice el cineasta mexicano Alejandro González Iñárritu a propósito del sentido de su instalación Carne y arena, que aborda la dolorosa situación de los migrantes en el mundo.

Pienso que lo mismo ocurre ante el sufrimiento provocado por el terremoto en Oaxaca. El reto es y seguirá siendo comprenderlo para amarlo; para poder actuar en consecuencia, con acierto y honestidad, desde todos los frentes.

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