El día que cambió la noche

Crónica sobre la ciudad de México antes del sismo del 85.
Princesa Lea.
Princesa Lea. (Cortesía María José Cuevas)

Ciudad de México

El 19 de septiembre de 1985, la noche de la Ciudad de México cambió súbitamente; en su lugar quedaron los recuerdos, la nostalgia, el cascajo de insospechados deseos.

Ese día, sin saberlo, me despedí de ella con una larga peregrinación por sus santuarios.

¿Por qué nunca quise escribir de esas últimas horas de una ciudad luminosa, divertida, no exenta de peligros y contrastes pero tampoco de emociones?

No lo sé. O tal vez sí: en un principio porque la tragedia ocasionada por el sismo de las 7:19 llenaba todas las páginas de los periódicos y revistas, todos los espacios noticiosos de la radio y la televisión.

Porque nadie hablaba ni pensaba en otra cosa que en los muertos, las casas y escuelas destruidas, los edificios convertidos en polvo, las calles llenas de escombros, el dolor de quienes habían perdido o buscaban desesperados a sus familiares o amigos.

Todo eso lo vi, todo eso lo viví a las pocas horas de ocurrido. Pasaba en mi Volkswagen azul por calles irreconocibles; escuchaba gritos y llantos, veía a los primeros voluntarios mover piedras, improvisar campamentos, ayudar a los damnificados. Y entonces lo supe: nada volvería a ser igual.


El día 18 —a las ocho de la mañana— estuve en Radio Fórmula, en Dr. Río de la Loza 300, entrevistando a Sergio Rod y Gustavo Armando “El Conde” Calderón, conductores del programa Batas, pijamas y pantuflas, el más popular de la época.

Después de desayunar y leer los periódicos en el Café La Habana, me fui a la revista erótica donde trabajaba, en la que me inicié en el periodismo y en la cual, bajo la guía de su director, Vicente Ortega Colunga, se acrecentó mi gusto por la noche.

Su Otro Yo se llamaba la revista, era mensual y competía —muchas veces con éxito— con Caballero, la versión mexicana de Playboy. Lo hacía mediante un recurso sencillo y eficaz: mientras Caballero publicaba modelos extranjeras, sobre todo norteamericanas, Su Otro Yo abría sus páginas a las vedettes cuyos nombres engalanaban las marquesinas de los más lujosos cabarets de la Ciudad de México, esa ciudad que —como diría David Toscana— el diablo se llevó.

En esas páginas de papel couché brillaron la Princesa Lea, la Princesa Yamal, Rossy Mendoza, Mora Escudero, Gloriella, Lyn May, Gioconda, Thelma Tixou, Angélica Chain, Sasha Montenegro, Isela Vega, Olga Breeskin…

Era una nómina grande de mujeres famosas por sus cuerpos contundentes y sinuosos, por el arte inefable con que muchas de ellas se despojaban poco a poco de su ropa llena de holanes, plumas, chaquira y lentejuelas. Un bongocero sonriente les marcaba el ritmo con sus tambores y ellas se desnudaban frente a su público devoto y expectante.


Recuerdo la primera vez que Ortega Colunga me invitó a acompañarlo en sus andanzas nocturnas. “Vamos a trabajar”, me dijo, como si en la redacción no hiciéramos sino perder el tiempo.

Saliendo de la oficina, en Bucareli 18, fuimos a cenar. Alrededor de las once nos dirigimos al Can-Can, un cabaret de la Zona Rosa donde la estrella era la canadiense Princesa Lea. En el clímax de su actuación, se metía en una enorme copa llena de champagne —cuando menos así decían los anuncios— para el baño más erótico y sensual de aquellas noches.

Ortega Colunga era conocido y respetado en esos ambientes; su revista representaba una importante publicidad para las modelos que aparecían en ella y era además un cliente que disfrutaba gastar el dinero a manos llenas.

Cuando llamó al capitán para pedirle que al terminar su actuación invitara a la Princesa Lea a nuestra mesa, yo no lo podía creer.

Treinta minutos después, con un vestido de noche, radiante, con el cabello dorado sobre los hombros descubiertos, la Princesa estaba con nosotros, o más bien con don Vicente, a quien saludó con un beso en la mejilla —a mí, a la distancia, me dijo “Hola”—. Se tomaron una botella de champagne mientras él le hablaba literalmente al oído y yo veía a otras mujeres hermosas pasar por el escenario.

Salimos en la madrugada. Don Vicente estaba feliz, la había convencido de posar para la revista.

Desde entonces me hice su acompañante. Yo tenía veinticuatro años y estaba dispuesto a cualquier sacrificio, a todos los desvelos para ganarme el título de noctámbulo y convertirme —como él— en cazador de estrellas.


Cada vedette tenía un lema que la identificaba, una parroquia y un lugar.

Mora Escudero era anunciada como “Las piernas del millón”, porque decían que las había asegurado por un millón de pesos en caso de que sufrieran algún rasguño. Era la estrella del Capri, en la esquina de Juárez y Balderas, en el Hotel Regis.

Rossy Mendoza era conocida como “La cintura más breve de México” y su lugar era El Quid, en la calle de Puebla, en la colonia Roma.

A Gioconda la llamaban “La muñequita de San Ángel”, trabajaba en el Montparnasse y durante un tiempo —no mucho, realmente— me robó el corazón. Fue mi primer descubrimiento, la primera estrella que conduje a las páginas de Su Otro Yo.

La vedette más cotizada en esos años era Olga Breeskin, “La chica del violín”, que protagonizaba largas, esperadas y suntuosas temporadas en el salón Belvedere del Hotel Continental, en Paseo de la Reforma.


En 1985 yo atravesaba el precipicio de los 30 años. Dos o tres veces a la semana buscaba nuevos talentos en las pistas de los cabarets. Me esforzaba en hacerlo a pesar de que no era una exigencia de la revista y de que los logros eran cada vez menos glamorosos.

Ortega Colunga murió el 21 de febrero y su hijo Roberto Diego se hizo cargo de la editorial. En sus últimos meses lo vi muy poco, no porque alguien me lo impidiera sino porque nunca me atreví a ser testigo de su paulatino deterioro.

Prefería recordarlo —sonriente, bromista, audaz— en los días que tomábamos café en el Habana o bebíamos unos tragos en el Nicté–Ha o el Bar Montenegro en el Hotel Del Prado, sobre Avenida Juárez; cuando era mi guía en la noche pródiga de la Ciudad de México.


El 18 de septiembre de 1985, después de mi entrevista matutina y de escribir y corregir algunos textos en la revista, me fui con dos amigos fotógrafos —Arturo Sampedro y David Ricardo Quintero— “a trabajar”, como decía don Vicente. Comimos en la cantina La Reforma, en Bucareli, más tarde nos dirigimos al legendario centro nocturno El Patio, donde conversé con José José, quien preparaba una nueva temporada. Fuimos a una discoteca gay en la calle de Niza, llamada Infinity, y luego al Capri para conversar con la ventrílocua Alicia Pagoda (“Alicia Pagoda y sus muñecos”, decía la publicidad). Nos seguimos al Estudio 54, frente a la estación de trenes de Buenavista para convencer a Mayra Rey —una vedette joven, sin fama ni fortuna— para que fuera mi nuevo lanzamiento. Luego no sé dónde más estuvimos. Fue una noche larga, lluviosa, de muchas risas y muchos tragos.

Fui a dejar a Sampedro a su casa y con David llegué a la mía, en la periferia de la ciudad, casi a las seis de la mañana. Él se estaba bañando cuando comenzó a temblar; yo estaba todavía acostado. Me levantaron los gritos de mi madre pidiéndome que bajara de la planta alta, donde estaba mi recámara.

No había luz ni teléfono (ni quién soñara entonces con los celulares). No podía comunicarme con mis parientes ni amigos, como se acostumbra en estos casos, para preguntar si estaban bien. David salió del baño, desayunamos y nos fuimos a buscar un teléfono público; ninguno servía. En el camino escuchamos los primeros reportes de la tragedia. David, alto, flaco, con el pelo largo y bigote a la Frank Zappa, se detuvo intempestivamente cuando en el recuento de daños se mencionó la devastación en Tlatelolco; ahí vivían sus hijos.

Volvimos a mi casa, nos subimos al carro, fuimos por Sampedro y, casi en silencio, emprendimos el camino de regreso. En la radio las noticias eran alarmantes y a la vez inciertas. En el trayecto comenzamos a darnos cuenta de la magnitud de lo que había sucedido. De repente lanzábamos maldiciones y volvíamos al insufrible mutismo.

David, milagrosamente, encontró muy pronto a sus hijos. Lo dejamos con ellos y Sampedro y yo nos dirigimos a la oficina, en ese entonces en Reforma 27. Estacioné el carro en una calle de la colonia Tabacalera y caminamos entre los escombros y el polvo de los lugares donde habíamos estado unas horas antes. Más tarde sabría que Sergio Rod y Gustavo Armando Calderón habían muerto al derrumbarse el edificio de Radio Fórmula. La ciudad era un espanto. La noche nunca volvió a brillar como antes.