Siberia

Gasté todo en el viaje creyendo que al ver la celda de Dostoievski me daría un poco de su temple. Pagué para que fabricaran unos grilletes para mis tobillos, para que fueran mi única compañía.
Paso el dedo por el borde superior, la palabra ‘Border Crossing’ se borra.
Paso el dedo por el borde superior, la palabra ‘Border Crossing’ se borra. (Ilustración: Luis M. Morales)

México

Las luces de las lámparas brillaban como ojos de gatos muertos, casi apagadas, centellas mortecinas que han perdido la razón de existir. El dolor es una mueca que ya no se repite en aquellos rostros que apenas recuerdo, mi sufrimiento a nadie le importa porque las múltiples máscaras me han sepultado en una vida que no pedí. De los hombres nace la religiosidad, de la tierra nacen las uvas, el vino es un pretexto místico para resurgir de nuestros escombros pestilentes. Me siento destrozada, en este sitio encontré un refugio, un lugar para fingir que no escribo, paso la hoja de un libro muerto de tantas decepciones; ese libro antes me regaló alegría, ahora solo paso las hojas como si pasara el tiempo encima de todos los sucesos inconclusos. Se trataba de música en la infancia, esa lejana pedacería triste que vendí en la calle de Tabaqueros. Se trataba de encontrar un sitio dentro de mí para escribir. Se trata de no hablar para no matarme. Abro la cartera otra vez, pongo mis dedos encima de la mica blanca de la visa: “Writer, journalist”, el boleto roto de un viaje en tren por escarpados, acantilado agrietado, la sombra verde, Velouria. El sur de la costa de California: zafiro ciego. Recuerdo que en aquel viaje, sujeté con fuerza mi maleta, el miedo hacia los enormes hombres blancos, algo nazis, con facha de motociclistas del infierno. Soy una chica hermosa, débil, podrían robarme. Despinté mis labios porque es la única forma de llegar a tiempo a mi muerte, evitando todo contacto con los peligros que enfrenta una mujer sola. Hace tanto que no escribo, a veces creo que necesito hacerlo o podría morir. Quisiera correr a la Plaza Tolsá, no lo haré, probablemente me están siguiendo. Deslizo el dedo anular sobre la mica.

Reviso en mi cartera, un boleto jamás usado en idioma ruso del transiberiano, comprado en una ciudad rusa meses atrás, otro más de San Petersburgo, solo entiendo los números y la letra “T”, tras el boleto, 4 mil 993 pesos en efectivo, apenas para una parte de la renta. En días perversos apenas alimento mi fe en los otros, en los que existen a través de mis pensamientos más sufrientes.  En los que mueren poco a poco mientras el tiempo transcurre, en los que están sentados a mi alrededor en cualquier Starfuck’s estúpido. Porque la vida no la elegimos, porque alguien nos sacó del hueco de la nada. Igual que Dostoievski también quiero encontrar a alguien, el boleto de la ciudad rusa enmarca mis dolencias. Me conmueven las personas que atesoran sucesos pasados, ella guarda boletos y besos entre decepciones atroces, ¿un momento engañoso de felicidad no es suficiente para soportar la asquerosa vida?  Lo es, estoy segura. Nosotros teníamos tal vez algo de suerte, no de agallas, porque la vida en algún momento dejó de significar algo, nos quita los órganos respiratorios que sirven a los animales acuáticos para afrontar la mar. Ya te lo he dicho, la mar es aquella mujer que no se suicidó en verano, porque en el invierno podría suicidarse un personaje de novela rusa, abre tu viejo libro de Hemingway, vuelve a besarme aunque un día me apartes otra vez  de ti con asco. Entiendes desde hace mucho tiempo que la vida jamás nos regresa nada, que nos va quitando las pequeñas e insolentes caretas de fierro que se doblan ante la ausencia. Porque es inútil despejar el miedo de la frente cuando tocamos los hilos de la noche. Si alguien me escuchara, por piedad, dejaría olvidado su café para compartir algo. Tuve miedo de hacerme de piedra, ya no. Nunca me he querido, soy capaz de hincarme para que no me dejen. No te confundas, solo quiero compañía para después desecharla.

Paso el dedo por el borde superior, la palabra Border Crossing se borra. Todo es ilusión y olvido. Aquellos muebles se quedaron en el departamento que abandoné. Sí, tiré la llave, me negué a pagar la renta. Salí tan solo con una maleta, una vecina me vio salir, cruzamos miradas. Jamás volví a verla. La existencia posee una obsesión de la que no es posible salir. La civilización es un edificio con daños estructurales, me gustaría demoler. Los animales acuáticos más pequeños necesitan de la superficie. Recuerdos como peces óseos. Reacciono como un pez Achanturus cada vez que alguien cruza palabras conmigo, ¿es necesaria la palabra pronunciada? ¿No basta con escribir?, otra vez: una pobre lerda contradictoria que enmudece ante sus mentiras. Ya no escribo. Gasté todo en el viaje a Siberia, creyendo que al ver la celda de Dostoievski me daría un poco de su temple. Pagué para que fabricaran unos grilletes para mis tobillos, de hierro, seis kilogramos cada uno, para que ellos fueran mi única compañía durante los 17 días de viaje en trineo por Siberia. No se viaja sobre la nieve, si no has estado ahí, debo decirte que es un viaje bajo la espesa capa helada que no es más blanca que la soledad. Solo conseguí una fase dos de neumonía que derivó en una fibrinosa expectoración vergonzosa.  El ruso con el que cogí de pie en un baño de un bar de San Petersburgo, me llevó por la carretera de Chuiski, por ese motivo, jamás usé el boleto. Ese hombre del que ni siquiera recuerdo el nombre, conocía a un herrero, en algún pequeño pueblo se forjaron los grilletes que laceraron la piel de mis tobillos. Siberia: la estepa más genuina. Siberia: la mujer que llora leyendo El Idiota. Siberia: la mujer-estepa que llora porque los arrieros abrieron la piel de los animales que arrastraron su tumba-trineo hasta la nada. Porque ella juega a vivir. Nada más.

Deslizo la mano en las enormes bolsas del abrigo, un cargador de computadora. Guardo la cartera, ¿qué puedo comprar con 4 mil 993 pesos? Estoy noqueada de realidad. Salgo de las vitrinas adornadas, me gustaría robar un termo, son horribles, tienen mensajes de paz en forma de estrellas, diamantes falsos y pendejos de Swarovski, ¿por qué no? Después de todo no soy más que una farsante que se conforma con la imitación. Cuatro días atrás, la apacible costa californiana. La insolente careta de fierro que se dobla deberían llevarla todas las personas en los tobillos. Reviso una vez más los bolsillos, una pequeña grabadora lujosa. Reproduzco las entrevistas de los días anteriores: “No, cuando maté a mi madre…sí sufrí, llevo 14 años aquí, es un error, debes creerme, me gustaría que llevaras un mensaje a mi hermano que está allá afuera”, presiono el botón. Repaso el nombre de la visa, “Writer, journalist”, ¿te hacen favores especiales en los aeropuertos?, ¿por qué no puedo obtener una que diga “Siberia: bastarda de Dostoievski”, robo algunos sobres de azúcar. En 1997 podía escribir durante más de 20 horas casi sin detenerme. Alguna pausa para orinar en una cubeta que tenía al lado de mi improvisado escritorio: una silla vieja, yo de rodillas ante ella. Libretas. Algún instante perdido para tomar agua, de esa forma, engañar al estómago con alguna galleta, como me dijo Yolanda, para evitar “el sufrimiento pendejo” como dijo Ana, para elegir con qué atormentarme, las palabras de Leo. Aquí están los ojos vidriosos de la chica que me contó sobre las personas que desaparecen, la que desea saber quién, por qué. Aunque dude por momentos, sé que fracasé, no tengo remedio, me jodí. Hasta los caballos tropiezan entre montones de nieve, hasta ellos doblan sus patas ante la dureza de la muerte. No me queda más que esperar sentada en el Starfuck’s de avenida 5 de Mayo, esperaré a otra pendeja con visa de escritora, un cargador de computadora, cartera Hermès de piel de cocodrilo, efectivo, una grabadora con entrevistas que no me servirán porque no soy escritora. Podré llenarme las manos de la vida que jamás tendré.

* Escritora. Autora de la novela ‘Señorita Vodka’ (Tusquets).