• Regístrate
Estás leyendo: Si solo quieres divertirte…
Comparte esta noticia
Martes , 13.11.2018 / 18:15 Hoy

Si solo quieres divertirte…

A fuego lento

Publicidad
Publicidad

¿Es posible novelar el mundillo de la televisión dedicada al espectáculo y el de la prensa que trafica con la vida escandalosa de los cantantes de pop, las conductoras de programas de sana diversión y autoayuda, y la fauna adicta al rating? ¿Es posible hacerlo sin ser víctima de la misma frivolidad con la que se conduce ese mundillo? No, a menos que se tenga la ironía endémica de Enrique Serna o, digamos, la gracia parnasiana de Gore Vidal. Sin tales dones, resulta inútil, y hasta suicida, intentar una novela que al mismo tiempo que rccicle con asombro la estupidez televisiva, y a todos sus hijos legítimos y bastardos, pueda ponerse por encima de ella. Asómense, si no, al libro de Fernando Lobo, cualitativamente análogo a la industria que mira con igual ambición a un tratante de blancas que a un niño prodigio.

Friquis (Almadía, México, 2016) cree demasiado en el delirio como estrategia narrativa; es más, no cree en otra cosa que en el delirio. Trata, en términos estrictos, de las penurias y las furias de una diva de la televisión —Tania Monroy— que ha perdido literalmente la nariz después de someterse a otra cirugía reconstructiva. Su nariz, o, mejor dicho, el agujero que ha suplantado a su nariz, se vuelve objeto del deseo de reporteros, editores, productores, paparazzis, magnates del chisme. Tanto cree Friquis en el delirio que escenifica, en horario triple A, la transfiguración de la diva a manos de un especialista en reproducción celular, un pillo desterrado de la academia por urdir una red de tráfico de embriones humanos. El delirio con el que se envuelve la caída de Tania Monroy se extiende a los demás personajes, entregados a gozar su propia vulgaridad: el amante y guardaespaldas de una joven cantante de pop, quien se graduó como oficial de elite en el combate a la guerrilla y ahora vende armas, protagoniza una masacre de periodistas en una lujosa torre de Cancún; Macario Cervantes, el almidonado director de la revista Farándula, intercambia información en un depósito vehicular cercano a Cabeza de Juárez (con todo su tufo a instinto de supervivencia); un enano “impecablemente vestido” conduce un elegante burdel al que solo acuden las luminarias; un conductor que algún día fue una vergüenza para el boxeo se lía a golpes con un simio de 120 kilos para elevar los pobres niveles de audiencia… No hay momento ni intervención que no se distingan de la parafernalia.

Friquis ha conseguido fundirse en la insulsez baladí de un reality: todo ocurre a cuenta del entretenimiento. Se supone que debemos reír hasta las lágrimas, aplaudir frente a la valentía con que se denuncian los excesos de “la pantalla chica”, balbucear salmódicamente “No mames, güey”, “Esta cabrón”; y, claro, llenarnos de entusiasmo porque, gracias a dios, lo nuestro es la distancia crítica. Los lectores quieren divertirse. Bien. Pero, por favor, no les hagan creer que los libros que solo devuelven un yo gratificado son literatura.

Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.