El miedo y la calle

[SEMÁFORO]
La escena en que aparece por primera vez la abominable figura de Mr. Hyde es un caso tan noctívago como victoriano
La escena en que aparece por primera vez la abominable figura de Mr. Hyde es un caso tan noctívago como victoriano (Joshua Hoffine)

Las noches victorianas son burguesas y monótonas, dice Michel Foucault. ¿Y qué hacemos con el proletariado, el lumpenproletariado, la pululación de crímenes, prostitución, Jack the Ripper, Dickens, Drácula, William Morris y sus lámparas, los arbotantes de diseñador, el pulular nocturno en las calles, los grabados de Doré? Porque resulta que la noche habitable, la vida nocturna de las calles —no dentro de casa, ni en las tabernas— es precisamente un invento victoriano y un edicto de la reina Victoria: el alumbrado público. Foucault generaliza, aunque él hablaba de la historia de la sexualidad. A mí me ocupa el origen de nuestro miedo a las calles y la noche.

La escena en que aparece por primera vez la abominable figura de Mr. Hyde es un caso tan noctívago como victoriano: un burgués que atropella con su carro a una niña pobre y salda su deuda con un cheque escrito ahí, en plena calle. O la intuición de Bram Stoker: la persecución del monstruo es distinta, según sea en Londres o en los Cárpatos. Mientras sucede en Londres, Drácula está en desventaja; en los Cárpatos, quienes lo persiguen llevan por fuerza una antorcha en la mano y quedan reducidos en su capacidad de acción y de desplazamiento porque ni ven bien, ni pueden pasar desapercibidos: la noche rural no es navegable como la urbana. Para ponerlo en francés: entre Victor Hugo y Baudelaire, el alumbrado público. A Jean Valjean lo persiguen con antorchas; puede huir porque quien lleva lumbre en la mano se delata desde lejos en la noche. En cambio, el dandy y el flâneur baudelerianos coinciden por las noches como almas gemelas, nocturnas, desamparadas bajo la parda luz del alumbrado de gas. Valjean se ve obligado a refugiarse, hallar cobijo, ya sea en una iglesia o en los desagües, no puede permanecer a cielo abierto; el flâneur deambulaba por calles y bulevares y dormía bajo los puentes, mientras su hipócrita hermano burgués iba a su casa, ya con la luz del alba, a la hora en que los obreros se alzan a repetir su tediosa faena. En Londres, el alumbrado incluía las callejuelas de las peores zonas. El joven burgués podía irse de picos pardos, o buscar opio, donde la noche iluminada daba otra vida económica a los despojos de la industrialización. Así es como Dorian Gray conoce, a la vez, el amor y el mal, juntos. La noche urbana se volvió navegable. Sherlock Holmes puede seguir pistas y rastros por las calles. Del otro lado del Canal, Proust cuenta cómo, en la noche de París, su personaje Swann alquila un coche para perseguir por las calles los indicios de Odette, su infiel amante. Por entre el humo del gas y los primeros arcos voltaicos, en medio del smog, perseguidor y perseguido están en las mismas circunstancias. Quedaron en el pasado todas esas fieras terribles y animalescas, desde el tigre de Píramo y Tisbe, hasta la fiera de Gavaudon, aquellos seres no humanos, peludos, que, a diferencia de los hombres, podían ver en las tinieblas y medraban por las afueras del pueblo. Con el alumbrado público nació un nuevo miedo, un monstruo moderno, habitante de las calles y semejante en todo a su víctima.