Lobo del hombre

Semáforo.
Lobo del hombre
Lobo del hombre (Universal Pictures)

Ciudad de México

Cosa curiosa: durante esta última semana, mientras preparaba algunas lecturas para un seminario sobre ciudadanía, me hallé cuatro veces la misma cita: homo homini lupus (“el hombre es lobo del hombre”), que no tiene nada de particular; es famosa. Pero me extraña que, además de las cuatro ocasiones, en Wikipedia también aparezca la misma fuente: el libro Leviatán de Thomas Hobbes. Digo que es raro porque son trabajos serios los que tengo enfrente, y cada vez es más raro hallar dislates en Wikipedia, pero citan algo que no está donde dicen que está: en ningún lado de Leviatán cita Hobbes esa frase latina (que aparece por primera vez en una obra de Plauto, la comedia Asinaria, con una variación: lupus est homo homini: “lobo es el hombre para los hombres”).

En efecto, Hobbes escribió al respecto y citó el latinajo, pero en un contexto muy distinto, e incluso contrario al que suele suponerse. Está en la epístola dedicatoria al Conde de Devonshire, que precede al De Cive (“Sobre el ciudadano”), donde dice: “para hablar imparcialmente, estos dos dichos son muy verdaderos: que el hombre es una especie de Dios para el hombre y que el hombre es un auténtico lobo para el hombre”. Lo sorprendente es la aplicación y distinta pertinencia que asigna a cada una de sus afirmaciones contrarias: “Lo primero es verdad si comparamos unos ciudadanos con otros; y lo segundo, si comparamos ciudades”.

Es falsa la idea de que Hobbes veía al individuo como un ser irreparablemente malo y ruin. Todo lo contrario: afirma que, en el ciudadano “hay una cierta analogía de semejanza con la Deidad”. En cambio, de la ciudad dice: “¡Qué animal de presa no fue el pueblo romano cuando con sus águilas conquistadoras erigió sus orgullosos trofeos a lo largo y a lo ancho del mundo, sometiendo en disfrazada esclavitud a africanos, asiáticos, macedonios y aqueos, con el pretexto de hacerlos ciudadanos de Roma!”.

Y la verdad es que no le falta razón. El ciudadano, en tanto individuo libre, es no solamente una abstracción jurídica sino un principio básico de convivencia pacífica: ningún ciudadano cuenta, ni vale, ni pesa más que ningún otro y, de suyo, la ciudadanía debiera ser motor suficiente para la igualdad ante la ley. Las sociedades que no saben valer su ciudadanía, como este México nuestro, son aquéllas que permiten que las jerarquías prevalezcan, que la verticalidad rompa con la sociedad horizontal; en suma, que el poder pueda más que la justicia. Y es entonces cuando, además de la justicia, la libertad queda sometida a una paradoja: para ejercerse, se ve obligada a transformarse en poder. Y lo explico glosando a Edmund Burke: la libertad no se suma. Un grupo de mil individuos libres no tienen mil veces más libertad que uno solo; tienen mil veces más poder. Cuando se trata de la confrontación entre el ciudadano y su ciudad, una y otra vez, hemos visto cómo el individuo cuenta una pura nada y que, para ser escuchado requiere sumar una cantidad importante de personas e irrumpir en la cosa pública por la fuerza sumada, no por la razón. La ciudad (es decir, el Estado) es lobo del hombre.