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Jueves , 18.10.2018 / 11:55 Hoy

[Semáforo] Hecho y verdad

La ideología puede borrar los hechos, los puntos de vista pueden ser contradictorios, y el recuerdo puede ser falso.

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Hacemos trampa cuando nos contamos la historia. No solo la propia, sino cualquier narrativa que nos sitúe entre hechos. Atajos, reescrituras, reinterpretaciones, versiones adaptadas según gusto o necesidad del usuario. Y pienso en tres ejemplos, como método.

El primero es el de la verdad incompleta y simplificada. Habría que traducir el estupendo libro de Franz Funck-Brentano, La Bastille et ses Secrets, del que entresaco un botón. El preso Tavernier estuvo implicado en un complot para asesinar al rey, y fue uno de los siete presos puestos en libertad el 14 de julio. Sus “liberadores” lo hallaron loco en su celda y lo irguieron como mártir de la causa del pueblo. Lo pasearon triunfalmente por las calles de París y terminó encerrado en Charenton, donde pasó una vida miserable. Funck-Brentano rescata los menús de su estancia en la Bastilla. En noviembre: tabaco, cuatro botellas de coñac, 60 botellas de vino, 30 botellas de cerveza, dos libras de café, tres libras de azúcar, un pavo, las ostras, las castañas, manzanas y peras; en marzo: tabaco, cuatro botellas de coñac, 44 botellas de vino, 60 botellas de cerveza, café, azúcar, aves, queso; en mayo: tabaco, cuatro botellas de coñac, 62 botellas de vino, 31 botellas de cerveza, pichones, café, azúcar, queso, etc. También quedaron los menús del Marqués de Sade —una de las cursilerías revolucionarias de los surrealistas en adelante— para enero de 1789: crema de chocolate, un pollo grande, relleno de castañas, pollitos con trufas, jamón estofado, mermelada de albaricoque, etc.

También existe el Efecto Rashomon (hay artículo de Wikipedia), salido de la genial película de Kurosawa, que contrasta los puntos de vista y los relatos de cuatro involucrados en un asesinato (o suicidio). Al final, queda el hecho crudo de un cadáver y cuatro versiones que se excluyen unas a otras, de modo que la verdad se vuelve imposible de dirimir.

La tercera forma de extrañamiento con la narración de los hechos es mucho más personal y mucho menos racional: Elias Canetti decidió escribir su autobiografía, cuatro estupendos libros, a partir de que se dio cuenta de que su primer recuerdo nítido, personal, era una falsedad redonda. Canetti recuerda a un gitano, armado con una navaja, que despoja del dinero a la sirvienta que lo lleva en brazos, y lo amenaza poniéndole la navaja en la lengua: si hablas, te la corto. La lengua absuelta se llama el primer tomo de la autobiografía. Años después, su madre le contó la historia real: la sirvienta y el gitano eran novios y urdieron el plan para quedarse con el dinero de los encargos. Nunca hubo asalto alguno.

Son tres ejemplos de cómo la narración de la historia relaciona de modo precario la verdad (que es discursiva, narrativa) y la realidad (fáctica, muda). La ideología puede borrar los hechos, los puntos de vista pueden ser contradictorios, y el recuerdo puede ser falso. Todo esto sucede en la búsqueda de la verdad. Pero, a veces, se trata de lo contrario. Desde luego, estoy pensando en los 43 de Iguala y en la estupidez del Estado mexicano.

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