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Viernes , 22.06.2018 / 20:04 Hoy

[Semáforo] Democracias peludas e imperios lampiños

Christopher Oldstone-Moore dice que Alejandro Magno terminó para siempre con el prestigio de las barbas.

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Julio Hubard

Las imágenes griegas de los guerreros muestran siempre a individuos, cada uno distinto del otro; unos barbados, otros lampiños. Cada uno su imagen y lo importante es que no se confunda a Áyax con Aquiles, a Heracles con Jasón. En cambio, las estelas y relieves sumerios, o persas, representan soldados con barbas; queda claro que son un ejército, porque los relieves de las estelas muestran a un mismo tipo repetido: el mismo largo de las barbas, atuendo, iguales arco y flechas. No es elección individual, como entre los guerreros griegos, o los godos, o los britanos, los grupos y tribus que carecen de ejército profesional y en su vida diaria son labradores, alfareros, comerciantes, y se arman como ejército solamente cuando resulta necesario. Pueden ser guerreros orgullosos, como Esquilo, que era dramaturgo, pero indicó que en su lápida solo debía mencionarse su participación en la guerra contra los persas, o Sócrates, de quien sus discípulos elogian su bravura en la batalla. Pero no viven como soldados sino como paisanos. Hombres barbudos que no permitirían el dominio y la igualación que impone un gobierno estatal.

Esto de relacionar pelos con la democracia (o al menos con el desprecio al Estado) es una ocurrencia peculiar, pero muy interesante, de Christopher Oldstone-Moore (Of Beards and Men. The Revealing History of Facial Hair): “Los rostros afeitados de hoy han venido a significar al hombre virtuoso y sociable, mientras que las barbas indican un sujeto independiente y no convencional”. Hay que precaverse contra las generalizaciones, pero el libro (largo y ambicioso) aporta una perspectiva curiosa.

Oldstone-Moore dice que, el 30 de septiembre de 331 aC, Alejandro Magno terminó para siempre con el prestigio de las barbas (y con la posibilidad de la democracia, hay que añadir). Alistaba sus fuerzas para enfrentarse con el emperador persa por el control de Asia y, ese día, ordenó que todos sus hombres se rasuraran. Caso raro, porque tradicionalmente los griegos juzgaban que un rostro afeitado, en un hombre adulto, era un signo de afeminamiento o degeneración. ¿Por qué ordenó Alejandro tal cosa? Según Plutarco, ante el cuestionamiento del comandante Parmenio, Alejandro respondió: “¿No saben que en las batallas no hay nada más práctico que jalar una barba?”. Pero Oldstone-Moore encuentra muy dudosa la explicación, y propone otra: que Alejandro se atrevió a hacer lo que nunca antes: afeitarse la cara para imitar a Heracles, según se representaba en pinturas y esculturas, con “el esplendor inmortal de la juvenil desnudez”. Quiso que todos sus soldados “se sintieran heroicos e inmortales”.

Alejandro quiso imbuir de perplejidad mitológica al enemigo: Heracles por todos lados. El caso es que dejó un legado espeluznante: mismo uniforme todos, mismo equipo, rostros indistinguibles, formaciones simétricas: una máquina. Los guerreros se transformaron en soldados. Ejércitos no formados por hombres sino por partes. La inmortalidad no es atributo de hombres sino alucinación de imperios. Quizá no esté mal que, hoy por hoy, los jóvenes elijan un cierto desaliño.

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