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Lunes , 18.06.2018 / 20:26 Hoy

[Semáforo] Bondades tóxicas

La reacción internacional por la caza del león 'Cecil' es inconcebible hasta hace unos pocos años.

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Julio Hubard

La polémica de los animales salvajes puestos en cautiverio y servicio del espectáculo debería recurrir a Black Fish (2013) como fuente de datos y argumentos (el documental se halla tanto en YouTube como en Netflix). Pero también como analogía, porque ahí queda expuesto un mecanismo perverso: la bondad, la generosidad, el devoto cuidado y la compasión mantienen funcionando un sistema perverso y un teatro de la crueldad en el que nadie querría estar (pero está) y todos saben que no debiera ser (pero continúa).

Por supuesto, en poco tiempo —salvo los balleneros japoneses— el mundo entero habrá cambiado su relación con las especies animales e irán desapareciendo los espectáculos, zoológicos y cosos taurinos. La reacción internacional por la caza del león Cecil es inconcebible hasta hace unos pocos años; el odio que recayó sobre el desgraciado cazador parece columbrar las formas de sacrificio con que se anuncian los cambios en las creencias y las mentalidades de los pueblos, según el planteamiento de René Girard (por ejemplo, El chivo expiatorio, Anagrama). Como muestra, una pregunta: ¿qué reacción se hubiera dado si el cazador de Cecil fuera un nativo de Zimbabue? Probablemente ninguna.

El odio irrumpe con dos cosas: una causa o suposición noble (la cacería es un recurso de supervivencia, no un deporte) y un sujeto prototípico en quien de pronto encarnan el mal y la perversidad (y el hombre blanco del capitalismo es un buen demonio: un idiota dentista gringo, un decrépito rey de España). Algo irracional, profundo y peligroso le mueve las tripas por dentro a la idea clara y correcta de la ecología y la conservación de las especies, donde el ser humano pueda dejar de ser polución y asesinato.

Y esto es lo notable de Black Fish: muestra cómo el mal se sigue dando dentro de una cadena de bondades; legítimamente buenos, cada uno de los involucrados tiene puesto el corazón en sus orcas, las cuida y sufre con ellas. Desde el pescador contratado para capturar un cachorro —un hombre tozudo, de piel curtida por las aventuras, que rompe en llanto recordando el descubrimiento de la inteligencia, solidaridad, emotividad de las orcas durante la captura— que confiesa nunca haberse sentido más vil, hasta los barrenderos del parque acuático y, por supuesto los entrenadores, que permanecen ahí porque desarrollan fuertes vínculos afectivos con las orcas y eligen quedarse a cuidar a su ser querido, a su víctima.

No hay modo de suponer maldad en sus intenciones; aman y cuidan a sus orcas mucho más allá de lo que su contrato estipula, se conduelen de las restricciones y el hacinamiento en que viven sus animales. A su vez, las orcas parecen ofrecer afectos y simpatías verdaderos para sus entrenadores y cuidadores.

El resultado es miserable: animales destruidos, humillados, personas buenas deprimidas y un público que aplaude como focas (y se apercibe cada vez más de que algo muy triste hilvana todo aquel show). Pero dije que era analogía: esa gran cadena de bondad que al fin perpetúa abuso y maldad, ¿no es lo mismo que llamamos filantropía, ayuda internacional, y muchos otros mecanismos de compasión entre humanos?

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