Más allá del beneficio de la duda

Semáforo.
Semáforo
(Archivo)

Ciudad de México

Llamamos “beneficio de la duda” a la suspensión de la certeza del error o falta del otro: “No te creo, pero voy a hacer como si lo que dices fuera verdadero”. El principio de caridad (que así lo llamó Donald Davidson, uno de los grandes filósofos del siglo XX) es el anverso: “Asumo que usamos las palabras en el mismo sentido; que dices la verdad la mayoría de las veces y que tus argumentos buscan ser válidos”. En el principio de caridad, la metáfora esencial reside en que tú y yo somos semejantes; en el beneficio de la duda, te hago saber que la semejanza es una actitud adoptada, una posición, una estrategia honesta para hallar la verdad. Uno es una suposición; el otro, una proposición. El principio de caridad posibilita las relaciones humanas, la concordia; el beneficio de la duda es indispensable para la política, los negocios... aquellas relaciones donde el desacuerdo es presencia constante, pero depende del acuerdo semántico o lingüístico.

Una charla de amigos, la confesión de un ser querido y atribulado, el modo en que explicamos cosas a los hijos y escuchamos sus explicaciones, la conversación de los enamorados o el modo en que leemos una gran novela son ejemplos perfectos del principio de caridad. El regateo en el mercado, la negociación, el debate político y el diálogo sobre las cosas públicas no pueden dejarse a la candidez. Es indispensable precaverse contra el abuso, el engaño, las mentiras, los despojos.

Pero la actitud del “beneficio de la duda” exige al menos la capacidad de escuchar y someter a un escrutinio razonable los argumentos del otro. Y eso implica dos cosas: una, presuponer verdad y buena fe en lo que escucho; dos, desarticular, criticar y refutar lo que no sea aceptable. Es una danza del intelecto —tomar y dejar, dar y pedir—con argumentos. ¿Y si la analogía principal, esa suposición de semejanza, no se puede establecer? El lenguaje todo pierde sentido. Nadie quiere discutir con una hiena.

Por nuestro uso y escucha de las palabras y los argumentos, pienso en dos cosas; primero, en lo inverosímil que nos resultan los histriónicos intentos de los políticos y funcionarios para demostrar su honestidad (ojalá entendieran que es imposible demostrar tal cosa, aunque fuera verdad), al tiempo que la ciudadanía ya ni siquiera está dispuesta a suponer que aquellos argumentos tengan valor alguno de verdad. Segundo, me llama aún más la atención que los mayores petardos lingüísticos, los highlights del régimen sean dos frases que trascendieron por azar: Murillo soltó un muy humano “ya me cansé” y lo convertimos en un reclamo de nosotros contra ellos; el Presidente dice un cómico “ya sé que no aplauden” y lo festejamos con una lluvia de ladrillos. Entre la clase política y nosotros no media ya ni siquiera el beneficio de la duda.

Cuenta Tucídides que la guerra civil de Corcira no se inició con la violencia sino cuando “se modificó incluso, en relación con los hechos, el significado habitual de las palabras, con tal de dar una justificación” porque “en efecto, los más prefieren que se les llame ‘hábiles’ (sin ser más que canallas), a que se les considere tontos siendo honestos: de esto se avergüenzan, de lo otro se enorgullecen”.