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Jueves , 19.07.2018 / 22:19 Hoy

Schubert: muerte, ópera y estereofonía

A fines de enero de 1818, Franz Schubert terminó de escribir su Sexta Sinfonía, cuya importancia histórica suele ser menospreciada


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Hugo Roca Joglar

La música le debe a Franz Schubert la expresión estereofónica de la muerte.

En el último movimiento de la Novena Sinfonía, “La Grande” (terminada en 1826, a sus 29 años), hay un motivo —el segundo— que, lento, obstinado, comienza a sonar desde distintos lugares. Es la misma melodía que se repite varias veces, pero en cada aparición suena desde una posición distinta. Antes sonó allá, a la derecha y atrás, fúnebre y marcial. Ahora suena recia, espléndida y muy cerca. Luego sonará vaga, distante e irreal, como si fueran voces que alguien soñara.

El efecto es sombrío y desconcertante. A través del hermoso despliegue geográfico de sus colores, la canción de la muerte ha conquistado —gesto a gesto, parámetro a parámetro— el cuerpo entero de la música.

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Franz Schubert era incapaz de una ópera. El problema no radicaba en la parte vocal —fue un precocísimo genio del lied—, sino en el teatro. La representación escénica era un obstáculo insalvable para su pensamiento musical, que siempre sirvió a febriles iluminaciones: recibía una idea y se dedicaba a escribirla de principio a fin sin interrupciones, aunque eso significara no salir de su casa durante semanas. Si por algún motivo —amor, enfermedad o compromiso social— debía dejar esa idea a la mitad, nunca más regresaba a ella y la obra en turno permanecía inconclusa. Pero aun esos fragmentos de algo inacabado —Octava Sinfonía, oratorio Lazarus o Movimiento de cuarteto— suenan completos en sí mismos, como si fueran algo creado.

Ese flujo creativo imparable desaparecía de Franz Schubert cada que intentaba llevar la música a una representación escénica. La realidad física de la ópera le destruía las ideas, y, sin embargo, las óperas, sobre todo las de Rossini, le fascinaban.

Así que Franz Schubert decidió hacer de su Sexta Sinfonía, “La Pequeña” (finalizada en 1818, a sus 21 años), una ópera invisible: sin historia, personajes, diálogos o escenografía. Una ópera abstracta llena de líricas canciones sin palabras.

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El motivo inicial en el cuarto movimiento de la Sexta Sinfonía de Franz Schubert es una melodía rápida, suave y ligera, de aire festivo y cantable, que tras revolotear —lúdica, curiosa— entre un lenguaje armónico de atmósfera transparente, da pie a un crescendo en donde, al ser interpretada por la orquesta en pleno, adquiere una apariencia galante y vigorosa, de triunfal coro bufo —épico y burbujeante—, pero luego disminuye a la suavidad y ligereza del inicio.

Esta dinámica tan rossiniana —que de cierta manera dio forma a la ópera romántica— en Franz Schubert no tiene una función teatral, sino mística: al crecer y disminuir el volumen de la masa orquestal descubre que también puede crecer y disminuir el espacio.

Este hallazgo —que en la Sexta permanece increado, en estado de pasmo—, en la Novena, “La Grande”, es utilizado para dotar a la muerte de una presencia estereofónica.

En el último movimiento los crescendos y diminuendos tienen la única función de ampliar el espacio y, una vez que el espacio es inmenso, la muerte —identificada en una melodía cuyo comienzo son cuatro notas articuladas en staccato (signo que dicta justamente el espacio)— comienza a filtrarse —imponente, penetrante— en cada grieta hasta que, lentamente, sin explosiones ni acrobacias, cubre totalmente a la música con la trágica certeza de una destrucción inexorable.

P. D: Franz Schubert murió a los 31 años a causa de una enfermedad venérea.

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