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Martes , 23.10.2018 / 15:49 Hoy

Saul Bellow en México

Ensayo.

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I

A comienzos de 1940, Saul Bellow tenía 24 años de edad, una esposa (Anita Goshkin, con la que se había casado el 31 de diciembre de 1937) y unas inmensas ambiciones literarias. "Ingenuamente, había decidido convertirme en escritor" —dice en el esbozo autobiográfico recogido en 1955 por Stanley Kunitz en su diccionario de escritores norteamericanos del siglo XX—. Pero Bellow no tenía nada de ingenuo. Una de las virtudes por las que destacaba en la Universidad de Northwestern, en Chicago, era su talento para escribir. Uno de sus maestros le había dicho que escribía demasiado bien como para dedicarse a la antropología, la carrera que había cursado. Él mismo cuenta que cuando estaba redactando su tesis tendía una y otra vez a convertirla en un relato.

Lo que no tenía era dinero. Tampoco una idea de por dónde empezar. Chicago, la ciudad en la que vivía desde los nueve años, cuando llegó de Canadá con su familia, se encontraba paralizada, como el resto de Estados Unidos, por la Depresión económica y no había empleo de ningún tipo, mucho menos algo adecuado para un narrador.

Buscó trabajo como periodista en uno de los diarios de William Randolph Hearst pero el editor con el que se entrevistó le dijo que no tenía aptitudes para escribir. Durante casi un año Anita y él vivieron gracias a los 25 dólares semanales que ella ganaba. En octubre de 1938 encontró por fin un empleo como maestro de letras en una escuela privada donde le pagaban tres dólares por hora. Y ya era para darse de santos.

Aun en circunstancias tan poco favorables, Bellow no cejaba en su empeño. Quería ser, como él mismo lo ha subrayado, no solo un escritor, sino un artista literario. ¿Qué lo movía?

Al leer las obras de Sherwood Anderson, Theodore Dreiser, Edgar Lee Masters y Vachel Lindsay, Bellow encontraba que "ellos soportaban el peso material de la sociedad estadunidense y que, aunque no fuera evidente a simple vista, sus libros demostraban que la vida en los grandes centros fabriles, navieros y financieros, en los mataderos, los barrios bajos, las prisiones, los hospitales y las escuelas tenía un tinte humano. Yo sentía que esto, algo que sabía de manera tan entrañable que no solo mis nervios, mis sentidos y mi mente querían ponerlo por escrito, sino también mis huesos, podía contener elementos que ni siquiera Dreiser, a quien más admiraba, había logrado expresar. Sentía que yo había nacido para ser una criatura interpretativa, que mi destino era formar parte de un juego singular, emocionante".

Al igual que muchos jóvenes intelectuales norteamericanos de la época, Bellow sentía admiración por la revolución rusa, pero no la admiraba de manera incondicional. Tamizaba su visión un grupo de escritores congregados en torno de una revista que, fundada en 1934 en el seno del Partido Comunista de Estados Unidos, después se había convertido en una de las publicaciones más críticas del estalinismo: The Partisan Review. Esta revista influiría en el interés de Bellow por las ideas de Trotsky y en su preferencia por él como héroe revolucionario.

En 1939 Bellow comenzó a escribir su primera novela, Ruben Whitfield, de la que no existe más información que el par de párrafos que le dedica en una carta sin fecha enviada a su amigo Oscar Tarcov en enero o febrero de 1940. En ella dice que calcula terminarla en marzo o abril aunque redactarla se ha vuelto un fastidio y a ratos siente que la aborrece. Es una novela, dice, que no estaba suficientemente preparado para escribir.

Mientras tanto, su situación económica no mejora; la relación con su padre es tensa; su matrimonio con Anita comienza a zozobrar. A ello hay que añadir que los más graves acontecimientos en el escenario político internacional también afectan su vida: el 23 de agosto de 1939 la Unión Soviética y Alemania firman el pacto de no agresión. El 3 de septiembre estalla la Segunda Guerra Mundial. En noviembre la URSS invade Finlandia y Trotsky, en el exilio desde 1929 (en México desde los últimos días de 1936), sostiene que condenar a la URSS es hacerle el juego al imperialismo. Bellow se llena de dudas. Discute y riñe con amigos.

Inesperadamente, en medio de este complejo panorama, recibe la noticia de que su madre, muerta en febrero de 1933, lo había nombrado beneficiario de un seguro de vida que había comprado a plazos, pagando 25 centavos cada semana, que se volvía cobrable siete años después del fallecimiento de la persona asegurada. Pronto sería dueño de 500 dólares. Su padre quiere que le ceda la herencia. Bellow se niega. Se irá a México. Se lo anuncia a Oscar Tarcov (uno de esos amigos con los que se pelea) en una carta escrita el 5 de diciembre de 1939: "Supongo que Isaac [Rosenfeld, uno de los más queridos amigos de Bellow en esa época] te habrá contado que es probable que vaya a México el próximo febrero". Es decir, en cuanto cobre la póliza. Bellow quería salir de Chicago. Cambiar su circunstancia. Seguramente las cosas no se dieron con la rapidez que había imaginado. El viaje no se realizará sino hasta principios de junio, tan pronto como Bellow concluye los cursos que da y él y Anita renuncian a sus empleos.

II

El 7 de junio abordan un autobús de la compañía Greyhound con destino a Nueva York. "No puedo recordar por qué no nos fuimos directamente a Texas —le cuenta Bellow a Joseph Roth— pero debe haber habido alguna razón poderosa para ir a Nueva York". La razón era visitar al tío Willie, un hermano de su padre que era la oveja negra de la familia por haberse convertido en un trabajador manual (los Bellow no trabajaban con las manos, algo humillante, según su padre) y con quien sin duda el joven Saul se identificaba. Esa visita decidió un itinerario a lo largo de la costa Este que los llevó después a Augusta, Georgia, luego a Nueva Orleáns, y enseguida a Galveston, Texas. Cruzaron la frontera con México por Brownsville y entraron por Matamoros, quince días después de comenzar el viaje. Dos días después llegaron a la Ciudad de México y buscaron alojamiento en el centro, en el Hotel Montecarlo, ubicado en el número 69 de la calle de Uruguay. ¿El porqué de esa preferencia? Allí se había alojado D. H. Lawrence cuando vino a la capital, en 1924. Hacía poco que Bellow había leído Mañanas en México:

México en aquellos años era todo lo que D. H. Lawrence había dicho que era y mucho más aún. Aquí no había tíos ni vínculos familiares. Estaba asustado hasta cierto punto, debo admitirlo, pero en realidad no me sentía intimidado. Ahora pienso que estaba decidido a no dejarme moldear por mi padre en Chicago ni por mis hermanos mayores. El tío Willie era un ejemplo de lo que podía pasarle a un Bellow que se rebelaba. Se le excluía por completo. En Georgia el tío Max era un alegre ganapán que vivía al día. Y ahora yo estaba en México para quedarme hasta donde me rindieran mis cuatrocientos cincuenta dólares. Después de algunas semanas de andar de aquí para allá por lugares como Michoacán, nos atrajo Taxco, que tenía una colonia extranjera considerable, compuesta en su mayor parte por norteamericanos, pero también por japoneses, holandeses y británicos.

Se me había educado para que me preocupara, pero al parecer yo no había aprovechado lección alguna. Ninguna de las personas a las que conocí en Taxco tenía en realidad un control firme sobre su vida. Y yo jamás me detuve a pensar en qué pasaría después de que el dinero se me acabara. Por diez dólares a la semana rentamos una casa muy bonita que incluía los servicios de dos mujeres indígenas que se encargaban de las compras, cocinaban y lavaban nuestra ropa. Debo decir también que rara vez pensé en mi padre. Estaba feliz de someterme a la influencia de gente a la que consideraba mejor que yo. Me intrigaba lo que yo asumía como capacidad imaginativa de la gente a la que conocía. Ahora veo con toda claridad cuán limitados eran, pero todo mundo sigue una suerte de patrón para liberarse y mi liberación adoptó la forma de un escape de la ansiedad. Mi humor entonces era investigativo. Quería ver por mí mismo qué tenían en mente los personajes con los que pasaba el tiempo.

Bellow se adaptó rápidamente a Taxco—según cuenta James Atlas, su primer biógrafo—; no tardó en aprender algo de español y andaba por las calles del pueblo con sarape y sombrero. Anita y él se integraron a la palomilla que había convertido una de las cantinas del centro en su sitio de reunión. Por lo menos dos de sus integrantes estaban relacionados también con las letras: D'arcy Lyndon Champion, escritor de novelas policiales, y Joseph Hylton Smith, editor de la Saturday Review of Literature. También formaba parte del grupo una pareja de amigos muy cercanos: Herb y Cora Passin. Herb había sido condiscípulo de Bellow en la carrera de antropología pero él sí la había abrazado profesionalmente. (Él y Cora habían llegado desde Chicago en su coche y entre los propósitos de su viaje estaba el de ir a la Sierra Tarahumara para vivir allí una temporada.)

Bellow no era un bebedor consuetudinario, pero en aquella época tomaba tequila despreocupadamente. En una entrevista con Atlas, Herb Passin le contó que a veces él y Bellow se ponían tan borrachos que tenían que subir a gatas la cuesta hasta la casa de éste.

En Taxco, Bellow conoció a una europea que tenía cierta cercanía con Leon Trotsky. A través de ella y de un viejo conocido de Chicago, Albert Glotzer, el principal dirigente de los trotskistas en Estados Unidos, lograron concertar una cita para visitar al fundador del Ejército Rojo en su refugio, en Coyoacán. Él y Passin viajaron a la Ciudad de México para encontrarse con Trotsky de acuerdo con lo planeado. Trotsky había aceptado recibirlos la tarde del miércoles 21 de agosto. Al llegar a su casa se enteraron de que el viejo dirigente había sufrido un grave atentado la tarde del martes 20 y que había sido llevado al puesto central de socorro de la Cruz Verde en el centro de la ciudad.

Bellow y Passin corrieron al hospital, en la calle de Victoria. Trotsky había muerto poco antes de que llegaran, quince minutos después de las siete de la noche. El cadáver ya había sido trasladado a la morgue, en el número 4 la calle de Tacuba, muy cerca del hospital. En la morgue los policías creyeron que eran periodistas y les permitieron pasar. Bellow y Passin se encontraron con una nube de periodistas que tomaba fotografías del cuerpo, con la cabeza parcialmente cubierta de vendas ensangrentadas.

Llama la atención que Bellow no haya escrito una crónica o un ensayo sobre un acontecimiento tan importante, aunque sí escribió un cuento en el que lo aborda de manera indirecta: "The Mexican General", publicado en el número de The Partisan Review correspondiente al bimestre mayo–junio de 1942. Más que dar testimonio de la dramática muerte de Trotsky, el cuento, cuya acción transcurre mayormente en Pátzcuaro, parece una crítica al oportunismo político de un militar al que conoció en ese poblado: el coronel Leandro Sánchez Salazar, jefe del servicio secreto, quien intentó capitalizar en su favor las investigaciones que encabezó en torno del asesinato. (En 1955 Sánchez Salazar publicó un libro, Así asesinaron a Trotsky, en colaboración con el escritor español Julián Sánchez, bajo el sello editorial Populibros La Prensa.)

También hay un eco de su intento de acercarse a Trotsky en el capítulo 20 de Las aventuras de Augie March, la novela que publicó en 1953 y le dio fama y fortuna.

Después de asistir al funeral de Trotsky, Bellow y Passin fueron a Acapulco a encontrarse con Anita y Cora y pocos días después decidieron volver a Chicago.

En el párrafo final del mencionado capítulo, Bellow pone en boca de Augie, el protagonista de la novela, una breve reflexión que probablemente se acerca a lo que pensó cuando concluía el verano de 1940: "Sentí ahora que algo había en cuanto al efecto de México sobre mí: ya no podía resistirlo más y sentía apropiado mi regreso a la patria".

III

Las aventuras de Augie March, tercera novela de Saul Bellow, es el único libro en el que México tiene una presencia relevante en su obra, y el único en el que puede entreverse la importancia que esa estadía tuvo para Bellow en su proceso de crecimiento como escritor. Necesitaba ensanchar su mundo. Ver otro mundo. Eso fue lo que le dio México, bajo cuyo cielo aun el sol le parecía distinto del sol que había visto siempre en Chicago. ("En el montañoso México el sol brillaba de una manera tan dramática, tan explícita, que no era posible olvidarse nunca de la muerte.")

¿Qué habría pasado si hubiese tenido que quedarse en Chicago?

Como el propio Bellow lo dice en otro momento, Europa en los años cuarenta, despedazada por la guerra, ni siquiera figuraba como una posibilidad en su horizonte.

El cambio de aires, la libertad que el joven Bellow encontró en el México de 1940 eran inimaginables en ese entonces en la ciudad en la que había pasado casi dos tercios de su vida.

Bellow se mantuvo siempre fiel a Chicago —después de haber obtenido el Premio Nobel de Literatura en 1976 podría haber pasado los últimos 30 años de su vida en cualquier otra ciudad de Estados Unidos— pero también mantuvo una especie de perpetuo duelo en su contra. En El legado de Humboldt, Bellow hace decir a uno de sus personajes, a propósito de su ciudad: "Without O'Hare/ It'd be sheer despair" ("Sin el aeropuerto de O'Hare/ todo sería desesperación"). Tampoco vamos a suponer que México fue un remanso o un paraíso para el joven escritor —para Bellow el Paraíso está más cerca de Europa que de América Latina, sin duda—, pero fue un punto de inflexión decisivo en su vida y creo que sus biógrafos (James Atlas y, ahora, Zachary Leader) no han sabido valorarlo así.

Pasarían 28 años para que México volviera a figurar de manera prominente en una historia suya.

Esa historia nació en marzo de 1968, cuando Bellow viajó a Oaxaca con Margaret Staats, una novia suya en los años sesenta a la que quiso mucho. ("Contigo tengo una sensación que nunca había tenido, la de estar plenamente satisfecho con otra persona y, aunque no te conozco, creo que cualquiera que fuera la distancia y en cualquier dirección, contigo no encontraría nada que me decepcione. Confío en amarte ocurra lo que ocurra.") En octubre de ese año apareció como parte de una serie de cuentos que se agrupan bajo su título: Mosby's Memoirs (que en España se publicó como Memorias de Mosby). Willard Mosby es un encumbrado intelectual norteamericano que viene a México para escribir su autobiografía con el respaldo de la Fundación Guggenheim. Se halla alojado en un hotel que se alza en alguna de las montañas alrededor. Mientras espera a que llegue un transporte turístico que ha de llevarlo a Mitla, bebe un poco de mezcal, contempla el Valle de Oaxaca y pasa revista a lo que ha hecho con su vida, que se trenza con la vida del siglo XX. Es un cuento de una gran densidad intelectual en el que el protagonista experimenta a fondo, acaso por primera vez, su propia mortalidad, y ante ella duda del valor de lo que ha hecho. Una vez más, la luz de México es vista como un recordatorio de la muerte, y la exuberancia de la naturaleza le parece amenazante al personaje central, que guarda más de un parecido con su autor. A la vez, los detalles que conforman el escenario dejan ver que Bellow tiene mucho más que una idea superficial de lo que es México.

Es una lástima no poder precisar qué sabía y qué pensaba Bellow de México, no haber hecho un viaje ex profeso a Chicago para entrevistarlo al respecto. Es uno de los más grandes narradores del siglo XX. No solo los norteamericanos tienen casa en sus libros.

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